El reparto original, basado en personajes de la escritora Lauren Weisbergerde, protagoniza un regreso tan esperado como espléndido y muy coherente, veinte años después. La secuela (estreno 30 de abril) deja algunos apuntes estimulantes sobre el mundo de las revistas de papel en los tiempos amenazantes de la IA.
Por Maica Rivera
3 mayo, 2026
Ya están aquí de nuevo: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci en sus icónicos papeles de Miranda, Andy, Emily y Nigel, bajo la dirección de David Frankel y con guion de Aline Brosh McKenna. Esta es la crónica de un éxito que venía anunciado desde aquel primer tráiler del pasado otoño, el mejor de todos, de El diablo viste de Prada 2. Confirmaba lo que jamás hubiéramos dudado quienes disfrutamos en 2006 de la primera película: sigue funcionando en pantalla el famoso taconeo rojo de la más terrible de las jefas, la intimidante Miranda Priestly. Al ritmo del Vogue de Madonna, vimos cómo los stilettos seguían haciendo de las suyas por la redacción y toda la plantilla continuaba apartándose instintivamente, toda una declaración de intenciones. Es así cómo apenas unos segundos de avanzadilla tuvieron potencial suficiente para hacer el debido recordatorio del fenómeno y revolucionar el gallinero generacional, y quedó bastante claro que para Meryl Streep, veinte años, efectivamente, no eran nada. Ahora, meses después, al término del esperado fin de semana del estreno y pasada la divertida parafernalia con la que se han dado los merecidos honores, no debiera decepcionar en justicia el resultado final del filme como tal, ni a los venidos de 2006 ni a los recién llegados, que, por cierto tienen la oportunidad de calentar motores con el libro El diablo se viste de Prada de Lauren Weisbergerde, oportunamente relanzado por Stefano Books. En resumen, donde hubo chispas, continúa la química. Era casi imposible que no sucediera así con este plantel hollywoodiense, que no irradia exactamente la misma energía de antaño sino otra nueva, matizada, más serena, que actualiza el relato. Tanto el guion como el tono dignifican naturalmente el trabajo de todos. Respecto a las incorporaciones al elenco, no hay nada destacable, los nuevos personajes apenas aportan un poco de atrezzo.
Es posible que la editora de la revista de moda Runway, Miranda Priestly, no parezca tan terrible como lo era hace dos décadas. Pero las pullas que no le salen por la boca se le acaban saliendo por los ojos y atraviesan las gafas de sol. No en vano Meryl Streep es la intérprete más nominada en la Historia de los Oscars, con tres estatuillas en su poder: la fiereza contenida le atraviesa la mítica montura chic en El diablo viste de Prada 2. Ni siquiera haría falta la famosa mirada glacial de Miranda por encima de las lentes porque a través de los cristales oscuros también la actriz es capaz de hacernos sentir esa electricidad que nos coloca rápidamente en nuestro sitio. Caminamos por las elegantes calles de Nueva York, llegamos a las sofisticadas oficinas de Runway y, en cuestión de segundos, renovamos afectos por la historia original y nos rendimos a los encantos del viejo imperio de Miranda que sigue en pie con nuevos retos, no pocos ni pequeños, por delante. Aquí nos congratulamos de que se nos inocule la dosis justa de nostalgia. Sí que han cambiado muchas cosas necesariamente: los diseños de moda, la conversación social y, sobre todo, el mundo que habitamos los periodistas, basta tener en cuenta que el primer iPhone no salió al mercado hasta un año después del estreno de la primera película, como recuerda el propio Frankel, y aquello indicaría un final y muchos comienzos, y así podemos analizarlo en la retrospectiva que genera este filme. Sobre la mesa, El diablo viste de Prada 2 expone, dentro de sus posibilidades de comedia complaciente y glamurosa e incluso un poquito más allá de lo esperado, algunos temas candentes como los cambios que ha traído el entorno digital, la precariedad, las servidumbres y las amenazas que se han producido en las publicaciones impresas. Puede sobreentenderse una crítica velada de fondo, más que la evidente parodia, a la voraz globalización que tensiona lo artístico y deja vía libre para que las grandes corporaciones campen salvajes a sus anchas, fagociten y vomiten todo a su paso en dinámicas que tal vez sean justo lo que nos están dejando intuir: no hay nadie pensante ni tampoco nadie al volante.
Una visionaria con actitud
La parodia de la cinta afila el comillo en perfiles especialmente odiosos, y sumamente reconocibles, como el del joven heredero, rico de cuna, con capacidades innatas para arruinar el legado de sus mayores en tiempo récord. No solo esto nos suena y nos resuena a tantos. A los profesionales del periodismo y la edición de varias generaciones, del mundo de las revistas y los soportes impresos, esta película nos verbaliza lo que no pocas veces pasa por nuestra mente, nuestros corazones y no pocas sobremesas entre colegas últimamente: ¿Cuánto tiempo resistiremos? ¿Qué concesiones hemos de hacer en el negocio para hacerlo viable? ¿Cuál es el pacto legítimo de lo impreso con el digital? ¿A cuántas presiones de los líderes de los grandes grupos se les puede plantar cara? ¿Quiénes son los mecenas genuinos del siglo XXI? ¿Qué podemos hacer para que los medios de papel sigan siendo relevantes? ¿Acaso sabremos cuándo ha llegado el momento de irnos? Los méritos de El diablo viste de Prada 2 son muchos a la hora de dejarnos pensando sobre todo esto. Miranda Priestly, algo dulcificada, pudiera estar invitándonos a apostar por el talento y la vocación para mantener el barco a flote en tiempos difíciles. Trabajar (mucho) en lo que somos buenos y nos gusta, para construir el mundo que queremos y en el que creemos, debiera ser la clave del futuro. No parece que El diablo viste de Prada 2 lo descarte.









