PETER PAN SIGUE BUSCANDO A SU MADRE

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Aún no existe ninguna de biografía del escocés James Matthew Barrie (1860-1937), padre de Peter Pan, en lengua castellana. Se suma al agravio que hace ya casi diez años de una de las pocas y más grandes alegrías tangenciales, la publicación de Mi madre, Margaret Ogilvy por Erasmus, que vino para mitigar la desolación que causa tan insólito vacío editorial. Lo recordamos, lo recomendamos y ¡a ver si reanimamos el cotarro peterpaniano!

Maica Rivera


 

Era 1896 cuando J.M.Barrie publicaría con éxito la biograría de su madre. Fue en 2012 cuando llegó a nuestras manos con la editorial Erasmus: Mi madre, Margaret Ogilvy. Hoy podemos reafirmar que se trata de una obra imprescindible para comprender, desde sus raíces profundas, el perfil literario del autor y las claves del universo peterpaniano que alumbró. Y, lo más importante: constituye un valioso acercamiento intuitivo a los graves conflictos internos de Barrie, con origen en su niñez, que dieron sentido primero y último a su escritura y a las fantasías compensatorias que proyectó sobre la ficción a lo largo de su vida.

Sin embargo, estas páginas dejan patente que no hay necesidad de recrearse en el morbo de la fácil interpretación edípica de sus textos. Porque propician una aproximación humana al entorno del escritor que se aleja de gratuitos desvaríos psicoanalíticos para los que siempre fue la víctima perfecta (por méritos propios, ciertamente) y que han degenerado incluso en calumnias (infundadas y siempre desmentidas por sus hijos adoptivos, los Llewelyn Davies).

Por tanto, es en Mi madre, Margaret Ogilvy donde mejor puede vislumbrarse la limpia sombra de Peter Pan.

Su epifanía se esconde entre líneas, pero también nítidamente en el constante regreso a la añorada infancia que se apuntala con cada reflexión y que más adelante tomaría forma maravillosa bajo el sobrenombre de “País de Nunca Jamás”.

También existen en este título incipientes indicios de identificación de la infancia con la muerte, el inicio de ese gran lamento de impotencia por estar condenados, como adultos, tan sólo a soñarla (bien se sabe tras la lectura de Peter Pan y Wendy, que hemos perdido, acaso olvidado, la capacidad de volar).

No es baladí que, prácticamente, el libro abra y cierre con el estremecedor recuerdo del drama familiar que alteró para siempre la vida del que era, por aquel entonces, el pequeño James: el fallecimiento de su hermano mayor David a los 13 años de edad (la mitad de los suyos) en un accidente de patinaje. Como se narra detalladamente en el libro, el terrible suceso sumió a la progenitora en una profunda depresión que puedo hacer desatender a sus otros hijos y provocó que Barrie intentara desde entonces suplir patológicamente la personalidad del malogrado.

Llegó incluso a imitar su silbido canalla “con las piernas separadas y las manos en los bolsillos de los pantalones”. Era, sin duda, el origen del mito de Peter Pan. Y ésta, la historia traumática de cómo las terribles circunstancias convirtieron a David en ese niño idealizado por todos que ya nunca podría crecer ya que la muerte prematura le habría estancado en la preadolescencia para siempre. Fue ahí, y queda muy bien reflejado, donde dio comienzo el duelo interior que el escritor arrastraría toda la vida, el despuntar de un obsesivo penar por la complacencia y el beneplácito de su madre que, al parecer, nunca superó el óbito del predilecto.

Como cabía esperarse, Margaret Ogilvy queda inmortalizada en términos de dama enérgica, de viva inteligencia natural y espíritu brillante. Gran aficionada a las novelas de aventuras con un fervor incontenible que el propio Barrie heredó, fue siempre la primera y última lectora de todos los escritos de su hijo hasta su deceso. De manera que, según la propia confesión de éste, el resto de los textos que los ojos maternales ya no verían, le nacerían huérfanos y así quedarían para siempre.


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