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Hijos del Nuevo Terror de los 70

De la mano de Cult Books, recuperamos ‘Shock Value’ del periodista del ‘New York Times’, Jason Zinoman. Es una crónica con sello personal de una época dorada del cine de terror norteamericano, el Nuevo Terror que arranca en los años 70 y que hoy sigue vibrando, sangrante e influyente. Para calentar motores de cara al estreno de ‘Scream 7’ (27 de febrero) por el 30 aniversario de la saga.

Por Maica Rivera 

25 enero, 2026


Se cumplió una década del fallecimiento de Wes Craven el pasado verano pero continúa adelante su legado, las salas de cine ya se preparan para recibir la nueva entrega de Scream. Habrá de nuevo enfrentamiento del serial killer Ghostface con Sidney Prescott como hace 30 años gracias al esperado regreso de la actriz Neve Campbell, crecen las expectativas y nos preguntamos si asistiremos a una genuina recuperación de lo que queda del espíritu del slasher de los 90 para el siglo XXI. No sorprende comprobar la pervivencia elástica de la serie tanto como lo haría, en cambio, descubrir que alguna propuesta actual es capaz de acercarse un poquito a la originalidad rupturista de aquella promoción de cineastas estadounidenses a la que perteneció Craven.

Nihilismo y ambigüedad

Comprometidos con el terror, estos directores revolucionaron el género en los años 70, dentro y fuera de Hollywood, para crear escuela hasta la fecha. Se suman a la nómina nombres como los de John Carpenter, Tobe Hooper y Brian de Palma, este libro habla de todos ellos. También de los precursores. De cómo el terror clásico de monstruos da el relevo al zombi moderno y antropófago de George Romero en la película La noche de los muertos vivientes (1968), que marca el despertar de una era. Ha quedado, sin duda, bien arraigada a nuestro imaginario colectivo su historia post-apocalíptica de supervivencia al estilo de Soy leyenda de Richard Matheson con el montaje austero al estilo de Orson Welles y los toques de gore extremo. Se apunta a que Roman Polanski habría testimoniado un fin de ciclo con la paródica El baile de los vampiros (1967) para estrenar seguidamente La semilla del diablo (1968), su primer largometraje en EEUU. Los pasajes más interesantes de Shock Value están dedicados a esta película, protagonizada por una insuperable Mia Farrow que, sin embargo, no encajaba a priori en el perfil del personaje de Rosemary Woodhouse tal y como había sido imaginado por el novelista Ira Levin. Esa es una de tantas anécdotas sustanciosas que cuenta Jason Zinoman. También recuerda otras como, por ejemplo, que la primera idea de adaptación, a cuenta del director William Castle, contaba con Vicent Price en el reparto, como vecino siniestro, para atraer al público aficionado al terror. Y que Ray Bradbury llegó a escribir una historia en Los Ángeles Times con un final alternativo en el que Mia Farrow entraba corriendo a rezar a una iglesia.

Dignidad al género

Pero el golpe de efecto del final del filme, que protagoniza la madre, Rosemary (Mia Farrow), delante del cochecito de recién nacido diabólico, y que tanto tuvo que defender Polanski, supone algo que se le escapó a muchos críticos, a juicio de Zinoman: que la ambigüedad cuidadosamente sostenida de la película es una ruptura con el pasado, hasta el punto de que, en esa última secuencia, “al no mostrar al diablo de tebeo de Levin, Polanski elimina los últimos restos de comedia infantil” en el género. También observa claudicación en La noche de los muertos vivientes, en la medida en que el combate contra las hordas de zombis acaba en derrota nihilista. A su vez, la ambigüedad moral, que la última escena expresa enfáticamente, es lo que conectará el terror de ambas películas, La semilla del diablo y La noche de los muertos vivientes, con el terror de La última casa a la izquierda (1972), cuya historia de venganza está diseñada para repugnar ya que la locura de la familia criminal no será tan distinta de la que acabamos encontrando en la locura de la familia normal. “¿Quién sabe lo que les pasa a los supervivientes del ataque de los zombis o a Rosemary cuando termina la película?”, se pregunta Zinoman. Lo que ve claro es que hay menos certidumbres que en los filmes de ciencia ficción de los años 50.

A mitad del libro Shock Value, la película estrella es El exorcista (1973) de William Friedkin, que recibe un tratamiento digno, de rigor y profundidad. Es, sin duda, la más valiosa aportación de Zinoman, que explica muy bien cómo este clásico cambió la vida de muchas personas, y hasta qué punto lo hizo, incluida la del propio Friedkin. La emergencia del terror moderno en la cultura del gran público empezaba con La semilla del diablo pero, matiza Zinoman, explotaba con El exorcista, que “demostró que las películas de sustos podían ser lo bastante respetables como para ganar Oscars y obtener el respaldo de la Iglesia”. Estrenada al año siguiente, La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper se anunciaba “como una exploitation pura y dura, concebida para impactar”. Ambos filmes, El exorcista y La matanza de Texas, sentencia el autor, fueron igual de importantes a la hora de convertir el terror en cine de entretenimiento de masas. Es mismo año, “John Carpenter tendría con Dark Star (1974) la misma intuición que Robert Evans con La semilla del diablo, tomar un género popular y reelaborarla con un giro contracultural”.

En Carrie (1976), subraya Jason Zinoman que, efectivamente, Brian de Palma dialoga con Alfred Hitchcock, pero lo hace entendiendo su sombra alargada como la de ese padrino del género con el que también se ha de discrepar. Es más, Zinoman explica que la relación del veterano Hitchcock con los jóvenes colegas era más tensa y compleja de lo que pensamos, y no fue menos importante en ellos, por otra parte, la influencia de los cómics, las revistas de cine de monstruos y los relatos de H. P. Lovecraft.

Clásicos para siempre

Las últimas páginas de Shock Value destacan La noche de Halloween (1978) de John Carpenter, que “está plagada de errores, grandes y pequeños, típicos de la exploitation de facturas rápida” como sombras proyectadas por la cámara y humo de tabaco que se cuela en la pantalla, pero a la que no se le arrebata el mérito de ser “una de las películas más perdurables e innovadoras que se han hecho nunca”. Carpenter compuso personalmente una melodía de piano para la banda sonora, y, al contarlo y citar la música como uno de los elementos más brillantes de la cinta, Zinoman nos deja otra de sus frases lapidarias: “La música de Tiburón nos decía que se acercaba algo. La de La noche de Halloween deja claro que ese algo no se va a marchar nunca”.

El volumen Shock value cuenta la sorprendente génesis de todas estas películas y algunas más, teniendo en cuenta que hoy en día siguen siendo incomprendidas (a pesar de que sean celebrados aspectos como su crudo aire documental e incluso se acepte que algunas han acuñado mitos modernos). A juicio de Zinoman, en los 80 llegarían otros filmes de presupuestos más holgados que convocarían más público que nunca pero ninguno de esos nuevos éxitos populares alcanzaría la intensidad y el impacto cultural de los citados anteriormente. De Wes Craven, ensalza, al final, su “autoconciencia” del género, y argumenta que, de entre todos aquellos que reinventaron el terror moderno en el curso de una docena de años, es el que ha logrado un éxito más duradero dentro del género, hasta convertirse en el director de mayor éxito comercial del terror, algo que volveremos a constatar de alguna manera conmemorativa en el plazo de un mes. No pierde fuelle, como puede comprobarse, este libro vio la luz por primera vez en 2011 (apenas hay un leve apunte coyuntural a la cartelera del momento y cómo la industria editorial formaba parte entonces del negocio del terror) y que ahora podemos volver a disfrutar. Son doscientas páginas que se leen con placer y la misma pasión con la que se intuye que han sido escritas.


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