Rosa y Negro

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LEE Y RÍE

En casi todas las culturas lloramos por lo mismo, lo que da facilidades y prestigio a la tragedia. El sufrimiento toca en nosotros no sé qué llave ancestral que hace que lloremos empáticamente cuando alguien padece frente a nosotros. ¡Lo he padecido en época de exámenes! Solo los psicópatas, incapaces de empatizar con los otros permanecen, indiferentes… Y así nos va.

Joaquín M. Aguirre. Imagen: fotograma de El nombre de la rosa (1986).


Pero ocurre lo contrario con el humor. Si el llanto es universal, el humor está lleno de componentes particulares que hacen que unos nos quedemos fuera y otros dentro. Los psicólogos y neurocientíficos nos hablan hoy sobre la importancia esencial de las emociones para casi todo. Pero la risa a veces tiene mucho que ver más con los factores culturales y con la crítica que con las emociones. La expresión “reírse por cualquier cosa” implica que no le concedemos mucha inteligencia al que se ríe. Pero hace falta inteligencia para una buena risa.

Hay un humor bueno, redentor, que nos saca del dolor humano y del drama de nuestra imperfección. Es el humor que lava nuestras heridas y enjuga nuestras lágrimas; muy humano y presente en muchos escritores llenos de bondad. Es lo que podemos apreciar en Cervantes, su humanismo, su mirada buena sobre nuestras miserias.

Hay también un humor muy vinculado al presente, que necesita de la conexión con la actualidad; por eso es tan peligroso en el presente y tan inofensivo en el futuro. Los humoristas viven de aquello que más nos afecta hoy. Por eso les amamos y les odiamos… y en muchos sitios les encarcelan.

Si el llanto nos bloquea y nos deja en manos de las emociones incontroladas, la risa inteligente nos estimula a pensar más allá del chiste, de la broma o de la situación divertida. Nos lleva a la comprensión lúcida. Por eso el humor y su efecto, la risa, han tenido tantos enemigos a lo largo de la historia.

El gran maestro ruso Mijaíl Bajtín lo vio perfectamente al definir el carácter carnavalesco de la novela moderna y su enfrentamiento con el poder. El carnaval es el poder invertido, del revés, con su Rey de los Locos, como supo ver Víctor Hugo en Nuestra Señora de París, con un Quasimodo coronado y vejado frente a la hoy dolorida catedral parisina, víctima de las llamas.

El verdadero humor suele ir contra las reglas, juega con el lenguaje (que también tiene sus reglas), nos muestra lo que no nos gusta ver. El humor es algo más que reírse de los otros y por eso sobrepasa lo obsceno de la burla, la que realiza el prepotente que se piensa superior a otros.

No, el humor precisamente nos pone en nuestro lugar. Y eso no está todo el mundo dispuesto a soportarlo… o permitirlo. La risa y el poder siempre han sido enemigos, quizá por su capacidad de romper el miedo al ver lo ridículo de muchas cosas sobre las que el poder se cimenta.

La explicación más exitosa del peligro de la risa nos la dio Umberto Eco en su El nombre de la rosa, la ficción detectivesca medieval sobre una conjura para evitar que salga a la luz un libro de Aristóteles sobre la risa, algo que los poderes “serios” temen. Allí podemos encontrar las discusiones de la época sobre sus peligros y bondades:

—Los baños son buenos, y el propio Aquinate los aconseja para quitar la tristeza, que puede ser una pasión mala cuando no corresponde a un mal susceptible de eliminarse a través de la audacia. Los baños restablecen el equilibrio de los humores. La risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono.

—Los monos no ríen, la risa es propia del hombre, es signo de su racionalidad.

—También la palabra es signo de la racionalidad humana, y con la palabra puede insultarse a Dios. No todo lo que es propio del hombre es necesariamente bueno. La risa es signo de estulticia. El que ríe no cree en aquello de lo que ríe, pero tampoco lo odia. Por tanto, reírse del mal significa no estar dispuesto a combatirlo, y reírse del bien significa desconocer la fuerza del bien, que se difunde por sí solo. Por eso la Regla dice: «Decimus humilitatis gradus est si non sit facilis ac promptus in risu, quia scriptum est: stultus in risu exaltat vocem suam» [«El décimo grado de la humildad es que el monje no sea fácil ni pronto a la risa, porque está escrito: el estólido al reír levanta la voz.» Regla de san Benito, Cap. VII, De la humildad].

—Quintiliano —interrumpió mi maestro— dice que la risa debe reprimirse en el caso del panegírico, por dignidad, pero que en muchas otras circunstancias hay que estimularla. Tácito alaba la ironía de Calpurnio Pisón. Plinio el Joven escribió: «Aliquando praeterea rideo, jocor, ludo, homo sum» [«Alguna vez además río, bromeo, juego, soy hombre.»]*

Sí, la risa es humana cuando es inteligente y es inteligente cuando es humana. Se critica con buen criterio lo que llamamos “risa tonta”, mecánica, incontrolable, sin justificar; la risa verdaderamente humana puede ser inteligente, crítica, reveladora de lo incongruente y absurdo del mundo humano. Como la ironía romántica y el humorismo pirandelliano, revela una distancia entre lo que pretendemos ser y lo que somos realmente.

RISAS LEGENDARIAS

La desesperación del devoto Salieri en Amadeus, la obra teatral de Peter Shaffer —con certero antecedente en la obrita de Pushkin y en la ópera de Rimski-Korsakov—, ante la risa tonta de Mozart, una broma de Dios, que dio el talento a un necio. La risa tonta de Mozart fue legendaria y no un invento de los autores citados. Harry Haller la escuchó en El lobo estepario. Muchos amantes de la música celestial de Mozart se enfadaron con la película de Milos Forman porque consideraron ofensivo el tratamiento dado al mayor genio musical. Ninguna mala intención había en ello, pero la seriedad blinda lo que cree importante contra la risa.

Creo que pocos países han comprendido tan bien el papel del humor como el castigado pueblo ruso, siempre víctima de crueles tiranos. No es extraño que Bajtín reflexionara sobre ello bajo Stalin.

A otro Mijaíl, esta vez Bulgakov, le tocó vivirlo de lleno en su natal Kiev, entonces perteneciente a Rusia, uno de los grandes maestros del humor, sin duda. Lee Los huevos fatales o la Novela teatral, además de la considerada su obra más grande, El maestro y Margarita. En ellas está concentrado el prodigio del humorismo, de la ironía, de la risa como respuesta a un mundo autoritario y presuntuoso.

A veces convertimos en serios a autores que no lo son por parecernos más “dignos”. Es un absurdo, una herencia de los viejos tiempos y su prejuicios contra la risa. Kafka se explotaba de risa leyendo pasajes de sus obras que los sesudos profesores y críticos convierten en serios. Lo cuenta Max Brod.

El humor inteligente necesita de personas capaces de percibir lo que hay dicho en los silencios y encontrar todo lo que se esconde tras las palabras. Si no, un gran humorista queda muchas veces reducido a un chistoso. Peor, un mero chistoso es elevado a gran humorista con la ayuda de risas enlatadas. ¡Menos mal que los libros no las llevan! ¡Sería horrible!

¡Lee y ríe! A ser posible, en ese orden.


LO

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