Rosa y Negro

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La vida que Frances O´Connor habría querido para ‘Emily’ (Brönte)

Esta película es un homenaje al espíritu rebelde e inadaptado de la mediana de los Brontë, apenas inspirada en un puñadito de anécdotas verídicas. Niega la mayor: que Emily Brontë fuera capaz de escribir Cumbres borrascosas sin más experiencia amorosa que la familiar. Lo cierto es que le bastó observar el enamoramiento trágico de sus hermanos Charlotte, Anne y Branwell para alumbrar intuitivamente este clásico incontestable de las letras anglosajonas. Aclarado que Emily (estreno 13 de enero) es ficción particular y no biografía basada en hechos reales, puede disfrutarse este filme que destila pasión por un paisaje agreste y anhelo libertad. Para poner todo en su sitio después, se impone leer Emily Brönte de Winifred Gérin (Atalanta) y la edición de Cumbres borrascosas de Paz Kindelán (Cátedra).

Por Maica Rivera

Fotografía: Vértigo Films

13 enero, 2023


La actriz Frances O´Connor debuta como directora con una Emily Brönte que ha diseñado a la medida de sus sueños. De nuestros sueños, hoy. Arrebatada por la erótica propia del artista adelantado a su tiempo como tema en sí mismo, esboza una fantasía que toma como punto de partida una serie de aspectos biográficos de poderoso gancho con los que arriesga poco pero deleita mucho, con los que confiesa identificarse, como posiblemente lo haga cualquier mujer de nuestro tiempo.

Desde ahí, inventa, elucubra alegremente sobre los orígenes de Cumbres borrascosas (1847), sobre esa tormenta perfecta en la cotidianidad de la autora que le desencadenaría la aparición fantasmal de Cathy Earnshaw, alma en pena y personaje de la literatura universal para la eternidad, sollozando al otro lado de la ventana del dormitorio. Las situaciones que la cinta evoca responden a una narrativa cercana, en las propias palabras de O´Connor, al “cuento de hadas”, con una fotografía y un vestuario a la altura de la ocasión; son estampas sentimentales con el páramo inglés de fondo, ese páramo omnipresente que Emily Brontë amó durante toda su corta vida, con toda la fuerza de su alma hasta enfermar. 

Dice la biógrafa británica Winifred Gérin en las primeras páginas de su obra que, muy específicamente, es la imagen de Emily en la madurez, la poeta mística, la mujer desconcertante, la “Esfinge de la literatura” como la han llamado sus fervientes admiradores, la que está arraigada en la mente de los lectores. 

También, ahora, en la de los espectadores. O´Connor parece tenerlo igualmente claro. Y sí, respeta ese canon básico. Pero, por otro lado, cuidado, no deja de caer en la tentación de dibujarnos como una heroína trágica, finalmente estoica, muy del gusto del siglo XXI, a la autora que rompió los moldes del contexto victoriano con más mordacidad y desdén que romanticismo al uso. En su descargo, dice la directora que el personaje la ha obsesionado durante la última década, y, al parecer, no le habría cabido en su ópera prima otra imagen que no fuera la de esta mujer “feroz, rebelde, sensible, creativa y mágica” que nos brinda Emma Mackey, cuya elección para el papel principal es un acierto. Sin Emily Brontë (1818-1848), “no habría Cathy ni Heathcliff, esas icónicas y emotivas escenas en los páramos de Yorkshire barridos por el viento que quedaron grabadas en la Historia de la Literatura y formarán parte para siempre de la cultura popular, por no mencionar un clásico de la cantante Kate Bush”, sentencia la cineasta. Tiene razón, y aquí no hablamos de tópicos sino de un poderoso imaginario arquetípico del que siempre podremos seguir bebiendo, que continuará conmoviendo generación tras generación.

Extraña, provocativa y gótica

De entre los detalles que recoge más fielmente la película, se disfruta mucho, por ejemplo, cómo vemos que, desde temprana edad, las hermanas Brontë estuvieron entregadas a la vocación de la escritura, y fueron confidentes de un mundo imaginario que compartieron secretamente. También destaca la adecuada representación de motivos cotidianos tan variopintos como el amor de la familia por la música, el carácter antisocial de Emily en las reuniones así como la bondad que derrocha en el acompañamiento de su hermano Branwell (Fionn Whitehead), depresivo, alcohólico y adicto al opio, en un sombrío proceso de degradación y envilecimiento. 

Respecto al personaje que da réplica a la protagonista en el largometraje, el del reverendo William Weightman, efectivamente, existió en la vida de Emily Brontë pero la relación de ambos se desarrolló muy alejada de los términos románticos, de romance, que recrea O´Connor con fruición. Es más, fue su hermana menor, Anne Brontë, quien lo amó, y Branwell quien ejerció de gran amigo. Gérin lo documenta bien. Para Emily, lo que representó la figura Weightman fue la primera oportunidad de conocer a un joven que no fuera su hermano; al principio, le pareció un hombre vano y voluble, especialmente en términos amorosos (eso lo plasma bien el filme) pero acabará tolerándole y, de hecho, será el único coadjutor de la rectoría al que dispensará un trato de cortesía; y hasta ahí, no más, la deferencia.

Pero si tenemos que escoger una sola de entre las razones que hacen que las más de dos horas de metraje merezcan, y mucho, la pena, se encuentra una secuencia soberbia, la mejor, sin duda, de toda la película. Es la que muestra, al poco del comienzo, una suerte de juego o performance macabra con una aterradora máscara que, por cierto, también tuvo su sitio verdadero en el hogar de las Brontë (el padre hacía que se la pusieran de niñas cuando deseaba que hablaran, en pie, con franqueza sobre sus sentimientos). Rodada con guion, escenografía, ritmo in crescendo y pulso perfectos, hace gala del puntito de morbo justo para el desarrollo de una sensibilidad gótica tan exquisita y poética como, a todas luces, espeluznante. 

Tampoco debemos dejar pasar desapercibido en la película el flash dedicado al nombre de Lord Byron, lectura imprescindible en la adolescencia de Emily que con él forjó su mirada para siempre: todo lo que estuviera por debajo de una pasión byroniana, explica la biógrafa Winifred Gérin, le parecería absolutamente vulgar y despreciable.


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