Rosa y Negro

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El posmodernismo militante de ‘Scream’

Es el slasher que estábamos esperando. No debería decepcionar al fandom, tampoco a los que se cuelan de recién llegados a la fiesta simpar de las puñaladas jamoneras. Esta vuelta de tuerca más a la saga de Scream, apenas en el plazo de un año, para una sexta entrega (estreno: 10 de marzo) nos corrobora la elasticidad infinita de Ghostface, el serial killer burlón que renueva trono de honor entre los iconos del pop y del horror contemporáneos, en ese orden. 

Por Maica Rivera

Fotos: Paramount Pictures


 

La nueva de Scream funciona. Lejos de agotarse, cuanto más avanza la saga, de más madera se (pre)dispone para el relato de terror satírico y la autoparodia. Parece que los laberintos de lo autorreferencial son inacabables. Nosotros lo vemos bastante claro (aunque, a veces, nos perdemos un poco); ellos, más, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett (Radio Silence), que repiten en la dirección. No tenemos a Neve Campbell (Sidney Prescott, nunca hasta ahora nos había fallado) pero sí a Courteney Cox (Gale Weathers, las penas, con pan, son menos).

Y volvemos a entrar con alegría bizarra en el enigma de la habitación cerrada, en su versión sangrienta, no el que nos enseñó Agatha Christie sino en el que nos inició el inolvidable Wes Craven para revitalizar, y no solo comercialmente, el género en los 90.

Tras los últimos asesinatos de Ghostface, los cuatro supervivientes dejan atrás Woodsboro para dar comienzo a un nuevo capítulo entre los callejones recónditos, los patios oscuros, los apartamentos estudiantiles de alquiler compartido (siempre con escalera de incendios) y los atestados vagones de metro de Nueva York. Primer acierto, este cambio de escenario. Y tiene lugar porque ahora estamos en “la secuela de la recuela”, y se imponen explícitamente “las nuevas reglas de la franquicia, entre las que están que todo tiene que ser más grande y que ni siquiera los personajes clásicos están a salvo de ser liquidados. 

En este entorno urbano más hostil, con reglamento de juego inédito, se impone la nueva generación de Scream: “the core four”, las Carpenter, Sam y Tara  (Melissa Barrera, Jenna Ortega); y los Meeks-Martin, Mindy y Chad (Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding). 

Son hermanos de sangre a dobles que juntos conforman una joven familia de cuatro, hecha a sí misma, estigmatizada, traumatizada pero fuerte, aunque habría que cuestionar los riesgos añadidos de algún que otro pasaje de resiliencia o esa llamada del lado oscuro, en el caso de la sobreprotectora Sam Carpenter.

En Scream VI, también retoma su papel Hnayden Panettiere como Kirby Reed, convertida en agente del FBI, dando réplica a un estupendo Dermot Mulroney en su doble faceta de policía y padre, todo un fichaje estrella; junto a Jack Champion, Henry Czerny, Liana Liberato, Devyn Nekoda, Tony Revolori, Josh Segarra y Samara Weaving.

BRINDIS POR EL PRIMER ‘SCREAM’

Los que fuimos, en 1996, al estreno en pantalla grande del primer Scream de Wes Craven y no hemos querido desengancharnos del género de entonces, gustamos de volver una y otra vez al escenario del crimen. Y que salpique. Literalmente. Mientras comemos palomitas. Nos gusta el metaterror divertido, desprejuiciado y en constante evolución. Nos gusta reencontrarnos con Ghostface, saber que tenemos Ghostface para rato, comprobar que la máscara no deja de darnos muy mal rollo. 

Nos encanta ser partícipes, en estas novedosas coordenadas, de un diálogo intergeneracional que mezcla el giallo de los 70 con el true crime de nuestro tiempo. Y no, a estas alturas, no nos rasgaríamos las vestiduras por culpa de la sensación, si acaso la hubiere, de estar a ratos contándonos chistes a nosotros mismos, asumimos que la nostalgia, aunque sea en su justa medida, es un arma de doble filo, a la que, si embargo, no tenemos ninguna intención de renunciar (y la veteranía es un grado: el que llegue detrás, que se suba al carro o que no moleste).

Lo mejor de la saga Scream sigue siendo su posmodernidad militante, su nivel de autoconsciencia que depara los momentos más irónicos. La plasticidad guiñolesca que alcanza Ghostface es un plus. Se disfruta tanto que no miras ni una sola vez al reloj.


LO

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