Rosa y Negro

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TERRORVISIÓN CON JESÚS PALACIOS

Un valor preciado de la Feria del Libro de Madrid es poder charlar con los escritores, un lujo cuando se trata de Jesús Palacios. Especializado en el Lado Oscuro, es referente del género fantástico, negro y terror. Actualmente trabaja en un libro sobre folk-horror para la Semana de Cine Fantástico de San Sebastián. Firmará TerrorVisión el 13 de junio en la caseta de Valdemar.

Frank G. Rubio. Foto: Roberto García


FGR: Como bien expone en el Prólogo a esta antología de relatos de terror, que inspiraron cine del mismo nombre, es imposible entender el terror fílmico desde sus orígenes sin referencia a su raíces literarias.

JP: El cine, a lo largo de la primera mitad del siglo pasado, se convirtió en el heredero, para bien y para mal, de la literatura de ficción en general y de la novela en particular. La función que habían cumplido folletines, novelas, obras teatrales y relatos, tanto populares como digamos que “elevados”, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, se trasladó a la narrativa cinematográfica, muy especialmente aquella de géneros dirigidos a las masas como el melodrama, el misterio, el crimen o el terror. Por lo tanto, el cinematógrafo recurrió desde sus inicios a todo el trabajo que ya tenía hecho, adaptando no sólo obras concretas, sino aprovechando también el tirón de personajes, historias, mitos y arquetipos procedentes de la literatura en sus más variadas formas.

El terror no iba a ser menos y, más bien al contrario, desde los tiempos de los primitivos cineastas hasta la sofisticación del cine mudo alemán de Entreguerras, echó mano de todos los clásicos: Mary Shelley, Poe, Stoker, Stevenson, Leroux, Rohmer… y de personajes popularizados por la literatura como el vampiro, el licántropo, los fantasmas, el doble, las momias, los asesinos 

 deformes, los supervillanos orientales y demás caracteres del bestiario fantástico y folletinesco literario. Muchas veces no fueron tanto adaptaciones fieles como reinterpretaciones e incluso, si se quiere, traiciones y perversiones de los originales, como ocurre a todo lo largo de la Historia del Cine en prácticamente todos los géneros, pero de una forma u otra la presencia de la literatura imprimió su peso en un terror cinematográfico que, por otro lado y salvo excepciones, raramente se pudo permitir el lujo de llegar tan lejos en la expresión de lo terrible, lo erótico y lo morboso como era habitual en las obras que le servían de inspiración, debido a las presiones de la censura –el infame Código Hays en Hollywood– y a su naturaleza de industria  popular. No obstante, ciclos como los representados por el mal llamado cine expresionista alemán o el del cine gótico de la Universal, honraron a los clásicos literarios con una serie de títulos fantásticos que son parte fundamental de la Historia del Cine.

LOS 60: ¿LITERATOS A LA ZAGA?

FGR: Sin embargo, a partir de los años 60 se produce una mutación sustantiva en el cine de terror y, claro está, en el germen literario de sus influencias…

JP: En efecto, a partir de la segunda mitad de los años 60 se produce un terremoto en Hollywood cuando el Código Hays comienza a ser ignorado por muchos cineastas y productores, que desean seguir el ejemplo más libre de los autores europeos, quienes desde mucho tiempo atrás gozaban de mayor libertad creativa y menos control sobre su obra a la hora de mostrar sexo, violencia, desnudos, personajes ambiguos y situaciones tan complejas como siniestras, enfermizas o, simplemente, adultas.

Cuando en 1966 un film como ¿Quién teme a Virginia Woolf? –a su manera también una película de terror–, protagonizado por estrellas como Richard Burton, Elizabeth Taylor y George Segal, se estrena sin el beneplácito del Código y triunfa tanto entre la crítica como entre el público, queda claro que se ha terminado una era. Esto, en el cine de horror, que llevaba décadas peleándose con la censura y manteniéndose a veces al margen de la industria tradicional –pensemos en las películas gore de Gordon Lewis, exhibidas en los carnivals y los drive-ins de pueblo en pueblo–, dio como resultado que se cambiaran las tornas con respecto a la literatura del género. Si hasta entonces los escritores siempre habían ido por delante de los cineastas en cuanto a la representación del horror, la violencia, el sexo y lo monstruoso, ahora el cine tomaba la delantera y marcaba el derrotero del género hacia la expresión gráfica del terror, dejando atrás a la mayoría de escritores coetáneos, con las excepciones de rigor, por supuesto.

TerrorVisión muestra que hay claras raíces literarias y narrativas en los títulos seminales del Terror Moderno, cómo en el corazón del cine de horror de los años 60 que llega a nuestros días la inspiración literaria sigue desempeñando un papel fundamental”

Por eso da la impresión de que, a partir de los 60 y hasta los primeros 80, la época que podríamos denominar del Terror Moderno cinematográfico, las adaptaciones y los temas literarios escasean en comparación con el cine anterior. El primer síntoma de este cambio lo sitúo en mi libro en la fecha fetiche de 1960, con el estreno prácticamente simultáneo de tres películas que fueron incomprendidas en su momento, pero que marcaron época y se adelantaron a su tiempo: Psicosis de Hitchcock, Los ojos sin rostro de Georges Franju y El fotógrafo del pánico de Michael Powell… A las que yo sumo, como un guiño, la mejicana El esqueleto de la señora Morales de Rogelio A. González. Las cuatro presentan historias de horror, con tratamientos distintos, pero que coinciden en un aspecto fundamental y fundacional: su horror no procede de criaturas ni de eventos sobrenaturales o fantásticos, sino del propio ser humano y sus comportamientos perversos, fantasmas libidinales y tendencias mórbidas. En ellas, los terrores del alma –característicos de la tradición gótica anterior: ser convertido en vampiro, perder el alma inmortal, ser poseído por el doble bestial que nos habita, no encontrar el descanso eterno tras la muerte…– son sustituidos por los terrores del cuerpo –la mutilación, el asesinato brutal, la violencia irracional, la deformidad, el abuso psicológico y sexual…–, y los monstruos dejan de ser “el otro”, “el extraño” que viene del Más Allá o incluso del espacio exterior, para convertirse en nosotros mismos y nuestros seres más próximos e incluso queridos. Gran parte de su impacto procede del hecho de que su inspiración se encuentra no en el mundo fantástico de la leyenda, el mito o la religión, como ocurre con vampiros, momias, licántropos, espectros y demonios, sino en las páginas de sucesos plagadas de crímenes monstruosos y monstruosamente cotidianos, llenas de psicópatas sexuales, necrófilos y sádicos, accidentes espantosos, asesinatos pasionales…

Si dejamos por un momento de lado el filme mejicano, ninguna de las tres grandes pioneras citadas, Psicosis, Los ojos sin rostro y El fotógrafo del pánico, fue bien recibida por la crítica en su momento. Todas se vieron como ejercicios vacíos de pura violencia gratuita, mal gusto, explotación comercial y sexismo (lo que quizá no sea del todo erróneo, pero visto todo ello como elementos positivos y no a la inversa, al menos en mi caso), y con la excepción de Psicosis, que fue un éxito de público y dio grandes beneficios a su director, las otras dos representaron desastres irreparables para las carreras de sus hasta entonces prestigiosos realizadores, Franju y Powell. Hoy, son todas grandes clásicos del cine, por desgracia, porque eso les resta un poco de gracia… Precisamente, al evocar en mi libro su impacto original, así como el desagrado que causaran entre la crítica y parte del público, he intentado rescatar su poder primigenio y recordar al lector y el espectador actuales que algunos grandes clásicos del cine hoy fueron ayer impura explotación comercial, mal gusto y exceso gratuito.

Los nuevos formatos mediáticos, series de televisión, videojuegos y salas de escape necesitan constantemente ideas, personajes, argumentos y mitos que reutilizar, y la literatura fantástica y de terror, incluso la más añeja y gótica, vuelve de forma cíclica”

En cualquier caso, volviendo a la literatura y el cine, da la impresión de que lo literario va desapareciendo del cine de terror moderno en los años 60 y 70, pero, en cierto modo, se trata de una impresión errónea. Cuando miramos de cerca los cuatro títulos de 1960 citados nos encontramos con que en tres de ellos –Psicosis, Los ojos sin rostro y El esqueleto de la señora Morales– hay sendos textos literarios detrás a los que, por demás, permanecen bastante fieles: la novela de Robert Bloch, la novela de Jean Redon y el relato El misterio de Islington de Arthur Machen (incluido en TerrorVisión, por cierto, y adaptado a la pantalla por Luis Alcoriza, el guionista español habitual de Buñuel en Méjico), y en cuanto a El fotógrafo del pánico su guionista, el escritor, criptógrafo y poeta Leo Marks, mucho podríamos decir de él que algún día contaremos en otra parte. En definitiva, en los títulos seminales del Terror Moderno hay claras raíces literarias y narrativas. Y eso es lo que pretendo mostrar en TerrorVisión: cómo en el corazón del cine de horror que surge en los años 60 y llega, de una forma u otra, hasta nuestros días, la inspiración literaria sigue desempeñando un papel fundamental.

FGR: Lo digital, la Red, las series… y las nuevas actitudes hacia lo alfabético que se están asentando con el uso de nuevas tecnologías, dan la impresión que arrojan como lastre lo literario con relación a los materiales que hoy se han hecho hegemónicos en el ámbito de que hablamos… “los contenidos”.

JP: Curiosamente, en el ámbito del género de horror,  quizá este impacto sea algo menor que en otros. Los nuevos formatos mediáticos, como las populares series de televisión, los videojuegos e incluso las salas de escape y otros espectáculos interactivos o inmersivos, necesitan constantemente ideas, personajes, argumentos y mitos que reutilizar y con los que nutrir a sus usuarios, y la literatura fantástica y de terror, incluso la más añeja y gótica, vuelve de forma cíclica a la actualidad, aunque sea revisada, actualizada e incluso desnaturalizada.

El género de terror en 2050 será muy parecido al de siempre, aunque probablemente la literatura y el cine como los conocemos ya no cuenten entre los medios hegemónicos sino que serán productos retro y vintage, para los hípsters, listos y gafapasta”

Lo que, por otra parte y como ya vimos, ocurría también con el cine desde sus inicios. Pensemos que algunas de las series de mayor éxito dentro o en las proximidades del género proceden de adaptaciones literarias de escritores como George R. R. Martin, Dan Simmons, Charlaine Harris o Stephen King, y que otras como Penny Dreadful se nutren de todo el imaginario mítico del terror victoriano y la luz de gas. Personajes como Hannibal Lecter, Jack el Destripador o Norman Bates conocen nuevos avatares televisivos, y arquetipos como el vampiro, el licántropo o la femme fatal campan por sus respetos en las plataformas digitales y canales de pago, por no hablar de los videojuegos.

LA ALARGADA SOMBRA LITERARIA

Otro mundo maravilloso aparte donde el género se manifiesta, también a menudo nutriéndose de sus raíces literarias, es el de la música pop y el arte y la industria del videoclip: los vídeos de divas como Katy Perry, Beyoncé, Lana Del Rey, Nelly Furtado, Taylor Swift y tantas otras, o de DJs como David Guetta, Avicii o Calvin Harris, están llenos de imágenes, personajes e ideas procedentes del fantástico… Y, por supuesto, el universo de la música Gothic, desde el Metal hasta la electrónica e industrial o el Synth Pop nostálgico de los 80, están plagados de vampiros, castillos, brujas y demonios. Lovecraft tiene más canciones rock que películas, y los musicales pop basados en Drácula, El Fantasma de la Ópera o Frankenstein están a la orden del día. Quizá el cine esté perdiendo en este sentido la partida, pero es natural: ya no es a día de hoy, en pleno siglo XXI, el medio narrativo artístico y popular de su tiempo. Tal y como sustituyera antes a la novela, el folletín y el teatro como artes y entretenimientos reyes de su época, hoy ha sido sustituido por nuevas plataformas, medios, formatos y pantallas.

FGR: Al final estos desarrollos van a resultar mucho más perjudiciales que el Código Hays… Sin olvidar la impudicia, mala fe y capacidad de distorsión de los materiales cognitivos y estéticos de “lo políticamente correcto”. Curiosamente las películas de género más interesantes hoy muchas veces vienen de países que no asumen estas restricciones y donde incluso hay escasa o nula libertad de expresión en el ámbito político…

JP: Esto es algo muy relativo: son los sistemas decadentes y hasta degradados, como la socialdemocracia occidental actual, los que más y mejor permiten el desarrollo de narrativas radicales y contraculturales, como las implícitas en cierta medida en el género de horror (aunque no hay que olvidar nunca su componente reaccionario y conservador, explícito en muchos casos). De hecho, aunque en efecto muchas de las muestras del género más potentes proceden en las últimas décadas de países como Japón, Rusia, Corea del Sur, Polonia, China o Tailandia, hay que tener en cuenta que la sociedad actual en estos mismos países, con todas las distancias y salvedades posibles, es mucho más libre, abierta, democrática y débil o decadente –si se quiere expresar así– de lo que venía siendo bajo sistemas totalitarios, policiales, imperialistas o fuertemente conservadores.

Es, precisamente, de lo que se quejan los sectores reaccionarios en ellos: de que existan películas de horror y fantasía, pornografía, cómics y, en general, cultura pop. A menudo, los directores, escritores y creadores de estos géneros en tales países acaban siendo censurados en mayor o menor medida, tropiezan con todo tipo de problemas y terminan huyendo a Hollywood… Aunque sea a veces para volver más cabreados y decepcionados a su país de origen. La “corrección política” y sus censuras siniestras son un arma de doble filo: si por un lado intentan prohibir, coartar y eliminar expresiones lícitas y necesarias de la perversidad, la perversión y, en general, lo que me gusta llamar el Lado Oscuro, por otro su propia filosofía y su dependencia del sistema de producción capitalista les obliga a permitirlas y hasta a veces defenderlas. Su lucha por “hacernos buenos a la fuerza” es una causa perdida, porque cada vez que prohíbe o crucifica una obra que le disgusta por machista, falocéntrica, heteropatriarcal o fascista, reaccionaria, racista y xenófoba, le salen por detrás diez vídeos de reguetón, veinte cómics perversos, una novela de Houellebeq, un par de películas off Hollywood y una serie de televisión de HBO que desafían tales prohibiciones, triunfan y se tienen que tragar mal que les pese.

Las series de mayor éxito dentro o en proximidades del género proceden de adaptaciones de escritores como George R. R. Martin, Dan Simmons, Charlaine Harris o Stephen King, y otras como Penny Dreadful se nutren del imaginario del terror victoriano y la luz de gas”

Pensemos que también Francia nos dio a comienzos de 2000 algunas de las mejores y más violentas, feroces, eróticas e inteligentes películas de horror extremo, y Francia está, en cierto sentido, en las antípodas de Rusia o Corea del Sur… No quiero decir con ello que el actual estado de cosas, en el que nos debatimos entre una izquierda censora, puritana, criminalmente roussoniana y manipuladora, agotada por su impostura, y un retorno de la derecha tradicionalista, religiosa, moralizante y nacionalista, sea fantástico y maravilloso… Pero sí tengo claro que hay horrores mucho peores que pueden amenazarnos en la sombra.

EL FUTURO ES RETRO

FGR: ¿Se atreve a mirar hacia adelante y pensar, aunque sea desde lo conjetural bizarro, como podría ser el género de terror en 2050?

JP: Pues muy parecido a como ha sido siempre, aunque probablemente la literatura y el cine, tal y como los conocemos, ya no se cuenten entre los medios hegemónicos sino más bien sean espectáculos y productos retro y vintage, para los hípsters, listos y gafapasta del nuevo milenio. Si es que no ha estallado la Tercera…

FGR: Hay en camino un libro nuevo que pronto verá la luz sobre los últimos seísmos que han agitado Hollywood…

JP: Pues sí, como no estaré contento hasta ser excomulgado por la nueva corrección política y el feminismo milenarista, puritano y conservador, estoy preparando un libro sobre los escándalos sexuales en Hollywood, a favor de los escándalos sexuales y en demostración de que a cada supuesto avance en sanear moralmente la industria y el arte cinematográficos ha sucedido un retroceso en su calidad y un triunfo de la mediocridad, como ocurre actualmente gracias al Weinsteingate y el #MeToo.


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