Rosa y Negro

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LA ALUMNA DE MARGARITA XIRGU

Sentado en el asiento 12 de la primera fila, esperaba a que se apagaran las luces de la sala y que aquel 20 de marzo “huido, herido, muerto de amor” continuara después de un confinamiento duro y cruel. Porque estaba programado que el 20 de marzo de 2020 la actriz Nuria Espert se subiera a las tablas del Teatro El Sauzal, en el norte de Tenerife, para interpretar su monólogo en torno al Romancero gitano de Lorca.

Daniel María. Foto: Sergio Parra. Vídeo: Teatro Arriaga Antzokia


 

El anuncio del Estado de Alarma dejó aquel 20 de marzo en un limbo de pesadilla e incertidumbre. Seis meses después, el 18 de septiembre, ocupo el mismo asiento 12 de la primera fila y espero a que la actriz salga a escena. La oscuridad aparece. A la izquierda del escenario tintinea una luz tímida. La actriz espera allí. Lo presiento y juego a pensar que solo yo la intuyo en ese rincón de las bambalinas.

Nuria Espert, con paso decidido, avanza hasta el centro del escenario y se sitúa en el hueco que dista entre dos filas de butacas, único attrezzo de todo el espacio. La actriz se sentará en esas butacas para hablar desde las tablas a las filas que, frente a ella, están marcadas de distanciamiento, pero clavadas en sus ojos rasgados. Siempre he creído que Espert tiene mirada felina y hombros de hiena. Su musculatura en escena es elegante y desafiante. Amenazadora, como la belleza lo es siempre. No existe la belleza plácida. Toda belleza amenaza con un rugido de fascinación.

He disfrutado de Espert en diversos montajes, y este monólogo, ansiado durante los meses de encierro, imagino que se desarrolla solo para mí, porque creo habitar en soledad el patio de butacas, porque ella logra que me olvide de mi entorno. Este monólogo, sobre todo, ha venido a salvarme del miedo.

Siempre he creído que Espert tiene mirada felina y hombros de hiena. Su musculatura en escena es elegante y desafiante. Amenazadora, como la belleza lo es siempre. No existe la belleza plácida. Toda belleza amenaza con un rugido de fascinación

Porque la incertidumbre es el horror que viven los oficios de la cultura, porque las promociones más jóvenes de artistas y profesionales de la gestión cultural masticamos los trozos de la preocupación, que se arraiga en una pandemia que frustra proyectos y empuja a millares de personas al filo del precipicio.

Por ello, ver a una actriz de 85 años, que lo es todo en la Historia de la escena, ejercer su magisterio y retomar la gira en un pequeño teatro municipal, subraya que todos los teatros y todos los públicos son el mismo teatro y el mismo público, y que esta profesión tiene, como estado natural, la alarma y la adversidad. Nuria Espert vino a decirnos que sobreviviremos.

A lo largo de la función, la intérprete comparte pasajes de su vida profesional y confiesa que se considera la alumna más devota de Margarita Xirgu. La maestra también tiene su referente. Habla de la actriz catalana con verdadera admiración. Sostiene que, pese a no haberla visto actuar, ha ejercido sobre ella una gran influencia. Y hace suyo su exilio y su historia. También destaca que Xirgu fue fundamental para que los jóvenes talentos de Lorca o Casona despegaran en sus carreras como dramaturgos. Ella apostó por sus obras y puso su compañía a disposición de la vanguardia. Incluso alentó a los autores a ampliar escenas, a prolongar “la temperatura trágica” que habían alcanzado en determinadas escenas.

Ver a una actriz de 85 años, que lo es todo en la Historia de la escena, ejercer su magisterio y retomar la gira en un pequeño teatro municipal, subraya que todos los teatros y todos los públicos son el mismo teatro y el mismo público, y que esta profesión tiene, como estado natural, la alarma y la adversidad

El esfuerzo físico de expandir, a pleno pulmón, la poesía de un autor que es icono de la diversidad, fue toda una lección de trabajo y perseverancia; pero fue, sobre todo, la ejecución de cuatro fragmentos seguidos de Mariana Pineda, Yerma, la madre de Bodas de sangre y Doña Rosita la soltera, lo que sentó cátedra sobre aquel silencio. Aquí alcanzó su particular temperatura trágica.

Sentada en una de las butacas, Espert introduce los monólogos con breves pinceladas sobre el inventario de penas que Lorca escribió para sus mujeres, y luego se dispone a interpretarlos desde la estrechez del asiento. Vestida de negro, que es como andar desnuda, la Espert desgrana a secas los parlamentos. Con cada nuevo personaje transforma su mirada, dobla o despliega la espalda, se apoya sobre las rodillas, se encoge en un ovillo de soledad, muta el timbre de su pasión. Una mujer tras otra, en una voz y un cuerpo que son, como el teatro y el público, todas las voces y todos los cuerpos. La actriz nos muestra cómo los personajes se revelan desde el corazón, que es su camerino más preciado.

Obviamente es oficio. Sesenta años de trabajo le permiten lograr este ejercicio de hallazgo inmediato, para que Yerma le salga por los ojos, para que Mariana Pineda se ancle a su garganta, para que la madre de Bodas de sangre ansíe el amanecer para dormir tranquila, para que Doña Rosita la soltera se desahogue como si fuera la primera vez que declama el lenguaje de las flores. Sesenta años de oficio, sí. Y un talento que logra llenar de poesía, y cargar de futuro, la totalidad de un teatro.

“Existe Nuria Espert y luego todas las demás”, me dijo una actriz importantísima de nuestro país. Esta generosa afirmación refleja el inmenso respeto que causa entre sus iguales. Espert es la gran diva de este tiempo. Se ha ganado una mención legendaria como tótem escénico y en su monólogo lorquiano me regaló fuerzas para buscar la aurora. Aunque ella solo se considere la alumna de Margarita Xirgu.


LO

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