Glen Powell reina en la cartelera. Hace doblete con el regreso a cines de ‘Top Gun: Maverick’ (40 aniversario de saga) y el estreno de este filme (15 de mayo), irregular pero divertido y algo provocador, que es capaz de sostener hasta el penúltimo giro (el último, es cosa tuya).
Por Maica Rivera
17 mayo, 2026
No nos cabe ninguna duda de que el traje de nuevo rico le va a sentar como un guante a Glen Powell. Nos hacemos una idea nítida de esto a pesar de que el punto de partida del personaje, Becket Redfellow, está en las antípodas de esa lujosa realidad que cree merecer (y que los espectadores estamos deseando contemplar), ya que su despiadado abuelo (¡Ed Harris!) le ha repudiado desde antes de nacer, alejándole de la fortuna y de la casa familiar. En una primera versión menos picardeada del protagonista, tenemos a un Beckett que sueña despierto con esa vida mejor que le han arrebatado, desde el destierro en un minúsculo apartamento de un humilde barrio de New Jersey. Está al acecho, sabe que algo sucederá, y nosotros también porque resuena como un oráculo la última voluntad de la madre que le insta a no conformarse sino a aspirar al destino superior para el que ella le ha educado. Lo que no está tan claro desde el principio, más allá de la diferencia de clases y de ceros en la cuenta de los personajes, es que Beckett y su primer amor, Julia (Margaret Qualley), hagan buena pareja pero, al final, convencen. Los encantos de Powell pueden con eso y con más. Toda la fuerza de Jugada maestra descansa en su poderío y, claro, en una serie de chantajes emocionales, y topicazos de la narración de esos que nos vienen manipulando desde Cenicienta. Porque ésta no es más que la dramática historia de un potencial, muy potencial -ahí el drama-, ricachón. Es la loca venganza del más frustrado de los posibles pero casi imposibles herederos, que va a pasar a la acción para acortar distancias con la fortuna, entendida ésta en su más amplia acepción (y manga ancha, muy ancha de guion), desde el octavo puesto en la línea de sucesión.
Sueños caros
De los 28 mil millones de dólares le separa a Beckett toda una parentela, ni más ni menos que siete familiares forrados que tendrían que morir antes de que él pudiera hacerse con el botín, sin contar con el abuelo, que desde los albores es el más duro de pelar. La trama negrocriminal se ofrece como anécdota, comulgamos con ruedas de molino porque Powell nos cae simpático. Lo más escandaloso, y ciertamente interesante, es la escalada en la amoralidad de Beckett para salirse con la suya, será tan vertiginosa como el montaje y generará desasosiego negro de verdad por dentro. Insistimos en que las incoherencias internas del desarrollo de la historia nos las saltamos alegremente (casi todas) en la medida en que Powell nos mantiene hipnotizados. Lo importante es saber despegarnos de su sombra lo suficiente, y a tiempo, para ver la sátira en todo su esplendor o, mejor, oscuridad. Si dejamos aparte las frivolidades escénicas, se ponen sobre la mesa un buen puñado de cuestiones peliagudas que nos incomodan durante gran parte del visionado: ¿Puede el dinero comprar realmente la felicidad? ¿Por qué no nos enseñan nunca a soñar “a lo pequeño” igual que se nos empuja a “soñar a lo grande”? ¿Se puede vivir dignamente pensando que el mundo nos debe algo? ¿Realmente, alquien nos lo debe? ¿Es lícita una venganza? ¿A cualquier precio? ¿A partir de qué punto el dinero es una obscenidad en sí mismo? La cosa se pone más seria de lo que parecía.
La última palabra
El debate está servido tras los títulos de crédito. No podemos tragar sin más el discurso de cierre, tanto descaro le exige al espectador tener la última palabra, un veredicto sobre hechos y personajes. Es obligado posicionarse definitivamente en un lado u otro de la historia, aunque cargarse de argumentos tal vez no sea tarea fácil a pesar de todo. No es poco lo que nos deja este segundo largometraje de John Patton Ford, que, además, nos invita a pensar en los límites del género.









