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Si usted es aficionado a aliviarse del mundo que le rodea leyendo, a buen seguro que en el reciente Día del Libro se vio un poco saturado de textos celebrando la literatura. Este engrosa la lista, no va a ser una excepción, pero me temo que voy a ser un poco aguafiestas porque me ha dado por ponerme melancólico al recordar la pasada jornada del 23 de abril en la que nuestro más bien sufrido pero feliz gremio celebró su fiesta.

Alberto Ávila Salazar. Foto portada: Ka de Roberto Calasso (Anagrama). Foto interior: Roberto Calasso (María Teresa Slanzi, Anagrama).


Echemos la vista un poco más atrás. El 28 de julio del año pasado murió Roberto Calasso y apenas se ha cumplido poco más de un mes de la desaparición de Rafael Llopis. Cuando nos convertimos en lectores impenitentes, inventamos genealogías, estirpes y familias, nos encajamos en fantasías y fabricamos vidas paralelas o alternativas. Las biografías de la gente suelen estar trazadas por encuentros y desencuentros, hitos laborales o logros estudiantiles, acaso por festividades, matrimonios y aniversarios. Pero, cuando los libros han entrado en tu sangre, llevas una existencia en la cual los recuerdos no se centran únicamente en el momento en que hiciste la primera comunión, acudiste a un festival de música o evocas la primavera en que te casaste o alquilaste tu primer piso. O tal vez sí… pero hay algo más que lo acompaña. Y ese algo más son los libros que leías o los autores que conociste.

En mi caso, recuerdo la recta final de mis estudios universitarios acompañado de La ruina de Kasch de Roberto Calasso, que aparece extrañamente fusionado con el Derecho Mercantil en un juego memorístico que, probablemente, agradaría al italiano. Aquel fue el flechazo, la locura. Ese libro me transformó y me hizo ser un seguidor algo obsesivo de su obra. Recuerdo cada uno de sus libros unido a mi vida de una manera inextricable, hasta el punto de formar parte de mi vida.

Mi caso con Llopis es similar, pero más hondo. Se retrotrae al lejano siglo XX, cuando era un estudiante y me pasaba con mi amigo Chema, libros de Poe, Kafka o Lovecraft como si fueran droga dura —blanda no, eso seguro—. De entre todos ellos, recuerdo uno que emitía una radiación especial, se trataba de aquel libro de Alianza, Los mitos de Cthulhu, antologado y prologado por Llopis. El resto es historia.

Nunca tuve el menor contacto con Calasso, pero con Rafael Llopis sí tuve el honor de mantener una escueta relación por teléfono que me llevó, por una extraña carambola, a recibir el premio Sheridan le Fanu en su nombre, otorgado durante la Semana Gótica de Madrid en 2017. Ese año también se lo concedieron a Ramsey Campbell y Juan Ramón Biedma. Merecería la pena contar lo que sucedió ese día con más detalle, pero quizás éste no sea el momento.

Decía, en fin, que iba a ser un poco aguafiestas, pero quizás no tanto. Se fueron dos personas a las que no conocía —o apenas conocía—, pero que me han marcado a fuego. Y debo darles las gracias. Lamento su pérdida, pero lo que tienen los libros es que las personas que los que los escriben no llegan a morir del todo.

Fue un feliz día del libro. Y los que vendrán.


LO

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