¿VENCIÓ LA POSVERDAD A LA NOVELA MODERNA?

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La novela moderna hizo una enorme aportación al autoconocimiento del ser humano. El salto de perspectiva se produce con la expansión novelesca a mediados del siglo XVIII y se prolongará a lo largo del XIX para explosionar finalmente en el XX con fórmulas de penetración en la mente nunca vistas mediante la aproximación de los lenguajes novelescos a los lenguajes interiores.

Joaquín Mª Aguirre. Foto portada: Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988)


 

La expansión dieciochesca se produce mediante la introducción de un modelo discursivo, la carta. La novela epistolar maneja un tipo de discurso que mantiene los dos lados, el interior —las personas escriben lo que sienten y lo transmiten a otros— y el exterior, el de las convenciones comunicativas con las que llegar a otros.

La carta es una forma inicial de expresar el interior, una comunicación presumiblemente sincera, a alguien que está al otro lado, un lector, alguien que va del confidente íntimo y el objeto del amor a receptores mucho más formales, institucionales incluso. Se aprovechaba la existencia y conocimiento de los lectores de las convenciones de las cartas —una comunicación frecuente en la época— para este tipo de discurso simulado del que se les hace partícipes culpables, fisgones de las comunicaciones de terceros.

Se ha especulado, en ocasiones, sobre ese carácter de mirón del lector de la novela epistolar, alguien que intercepta las comunicaciones entre dos personajes, quien la escribe y alguien que recibe esa carta con datos, confidencias y sentimientos.

Se acostumbró la novela a este género que pronto planteó —antes que otros— un problema muy presente en los doscientos años siguientes: la inautenticidad de la palabra. El ejemplo más claro lo tenemos en esa inmensa escuela de hipocresía que nos dejó Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas (1782), un prodigio de novela epistolar en la que se permite a los lectores exteriores (nosotros) descubrir que la palabra es una herramienta de dominación, que es máscara y no, como quería Rousseau en Las confesiones, una puerta abierta al corazón sincero.

Es interesante pensar la Historia de la Literatura moderna como una lucha contra la palabra, por expresarlo de esta manera. La lucha contra la palabra es, precisamente, el intento de disolver la tendencia a considerarla como parte del mundo y no como la forma en que los humanos lo estructuramos y controlamos simbólicamente, por un lado, y también la manera en que dominamos a los otros mediante la palabra. Lo que nos mostró Laclos fue precisamente que, tras la apariencia de sinceridad del sujeto, que tras la aparente autenticidad del mundo que se nos describe con ella, se está perpetrando un gigantesco fraude con la palabra como una falsa moneda a la que concedemos un valor que no es real.

POSVERDAD: LA ‘ILUSTRE’ HEREDERA

Es precisamente la metáfora de la moneda la que usará Friedrich Nietzsche en su monumental textito, Sobre verdad y mentira extramoral. El funcionamiento del lenguaje, nos dirá, pasa por el olvido de su creación puramente humana. Otros recogerán en el siglo XX la idea y verán en ese poder del olvido la capacidad de convencernos de la verdad de las palabras. Michel Foucault le dedicará parte de su obra a la descripción de los mecanismos de manipulación de la realidad y de las mentes a través de la acciones sobre el lenguaje.

La vieja retórica se quedará en juego de niños en comparación con el uso de los mecanismos que nos llevan del siglo XVIII a las fake news y la posverdad actuales, ilustres herederas de la capacidad de manipulación. Hemos sustituido las cartas dieciochescas por correos electrónicos, tuits y deep fakes. Todo ello no es más que la explosión de los lenguajes que actúan cubriendo el mundo, una auténtica cebolla en la que, capa tras capa, una ficción es sustituida por otra hasta llegar… a ninguna parte.

Hay mucho de esa reflexión libertina de Laclos en Nietzsche. Las cosas no son en un tiempo en que la metafísica y el esencialismo han quedado desbordados por la importancia de las apariencias. El ser quedó atrás y nos inundó el parecer, toneladas de fingimientos con pretensiones emocionales de vencer la resistencia incrédula. Finalmente, encuentran esa vía al corazón, hoy llamado “emociones” que nos describen los científicos desde las Ciencias Cognitivas¡Adiós a la Razón! Entierro definitivo del ser, de la identidad monolítica, y elevación gozosa, entre neones y fanfarrias, del camaleónico aparente, del transnauta (me permito crear un neologismo y lo libero de derechos). Una apariencia consistente, persistente y convincente tras la que no hay nada es mejor que un ser alicaído, dubitativo y acomplejado reclamando un ser que no llega pendiente de trámite en una interminable lista de espera.

Lo que nos mostró Laclos es la ficción/fingimiento como moneda de intercambio. Están las ficciones de las ficciones y están las ficciones de la vida; las primeras sirven para dar consistencia a las segundas.

Es la moneda nietzscheana, en su famosa descripción de la “verdad” como un ejército de metáforas y operaciones retóricas en marcha, luchando por convencernos de su realidad.

El siglo XIX fue abandonando las cartas como formas de engaño o de autoengaño. Pero fue buscando el discurso interior, la manera de acceder a esa esfera de la intimidad estableciendo también la debilidad de esa verdad que también es creencia propia y no necesariamente realidad exterior objetiva. ¡Qué gran juego narrativo nos ha dado el equívoco, el prejuicio, el error interpretativo! ¿Qué otra cosa son las obras de la gran Jane Austen sino la demostración de lo mal que entendemos el mundo, lo mal que nos entendemos a nosotros mismos y lo mal que nos entendemos los unos a los otros?

LOS ABISMOS DE LA PALABRA

La modernidad de Austen, su supervivencia creciente es precisamente mostrarnos esa limitada capacidad nuestra en la que tenemos una enorme fe y confianza, la palabra. Flaubert indagará igualmente sobre la endeblez de los muros internos que construimos paras sentirnos seguros. Henry James, Guy de Maupassant, Dostoievski… sus continuadores y discípulos mostrarán un mundo equívoco, con personajes que intentan encontrar certezas, una palabra que nos persigue desde que Descartes cometió la osadía de tratar de encontrarla, partiendo de la duda. Muchos ensayistas han destacado el fracaso del método, otro fingimiento del espíritu, otra ficción tranquilizadora, por utilizar los términos nietzscheanos.

En el siglo XX, sobre todo los autores modernistas, siguen usando la palabra para mostrar sus límites y con los de ella, los de nuestro mundo, interior y exterior. Los sentimos en Joyce, con su proyecto final del sinsentido que es el Finnegan’s Wake, que cerrará su épico viaje narrativo desde una forma avanzada de realismo a una forma incipiente de nada, disolviendo el sentido en una orgía sonora y metafórica. Queda la palabra, que es lo humano.

¡Adiós a la palabra exacta, a su pretensión de atenazar al mundo y evitar su fuga o disolución! ¡Bienvenida la metáfora creativa, la que nos dibuja un ser del mundo y un ser en el mundo que nos es esquivo, como mundo y como ser! La palabra se disuelve como certeza, de la misma manera que la pintura va perdiendo precisión, alejándose del realismo y volviéndose visión interior, riqueza explosiva de abstracciones y deformaciones.

Si el siglo XIX fue predominantemente realista, es la idea de realidad la que se hizo saltar a través de las nuevas experiencias de la palabra. La firme ilusión naturalista de Zola fue la que más rápidamente se perdió. Los Joyce, Kafka y compañía, los modernistas en su conjunto, elevaron la novela a cotas que la dejaban en los dominios de lo humano entendido como límite, con frustración del conocimiento, como lucha con la apariencia. Las novelas como La conciencia de Zeno de Italo Svevo o El mal de Portnoy de Philip Roth nos llaman a luchar con las palabras como se lucha con la vida. ¿Cómo ordenar la vida sin ordenar las palabras? ¿No es el lenguaje el que nos asegura solidez y cordura? Cuando se rompen las palabras, cuando se secan en la boca, como le ocurrió a Lord Chandos de Hugo von Hofmannsthal —otro pequeño monumento a la desesperación del náufrago—, ¿qué queda? Lo real que es inexpresable, el sinsentido porque la palabra, descubrimos, es humana, y el sentido, las explicaciones, forman las agarraderas por las que somos izados desde el mar bravío, rescatados por las metáforas balsa que nos recogen para llevarnos a puerto.

TIERRAS DE PENUMBRA

El camino de la novela moderna es realmente un recorrido desde la impostura epistolar de Laclos, el exhibicionismo wertheriano, los miedos de Pamela y las mentiras de Mr. B. Tejieron un camino que permitió avanzar en un mundo que había dejado de manejarse bajo el dogma de la autoridad —política, religiosa, moral…— y se ancló en los hechos, tal como hoy lo hacemos en el fact check. Pero al final, hechos y palabras no han sido suficientes para muchas mentes inquietas que no se contentan con esa primera capa de palabras y rascan en las grietas de la realidad.

Como un funambulista con los ojos vendados, sospesando cada paso en el alambre, la novela es una indagación sostenida en una palabra rodeada de vacío, con el riesgo de una caída, un término que recorre el camino novelesco de Camus a Golding, novelistas que nos enfrentan a esa oscuridad visible, como tituló el autor británico, un merecido Nobel a un obra sin concesiones.

Hay cientos de miles de novelas de la tranquilidad, poemas que nos seducen y duermen, que nos confirman que la realidad está fuera de nosotros, ahí, sólida, segura, que podemos pisarla con firmeza. Pero la Historia se mide por el desafío, por el reto del límite. Cuando leemos esas novelas, las de Lispector o Kafka, las de Golding o Svevo, sabemos que no pisamos tierra segura, que nuestros pasos son inciertos sobre un mundo de soldaduras y apuntalamientos, de retazos mal cosidos que llamamos realidad. Hay un arte de la seguridad y un arte inquietante. Como diría Thomas Mann, de horizontales playas placenteras, que invitan al reposo y la contemplación, y de escarpadas montañas en las que los traicioneros refugios nos acaban atrapando. ¡Lector, escoge!


LO

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