“PATRIA”, LITERARIA Y FILOSÓFICA

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Millones de patrias analiza el concepto de patria desde lo filosófico, de la mano de Eduardo Gutiérrez, y lo literario, con Javier Barrio. Tras un preámbulo del antropólogo Luis Díaz Viana, desfilan autores como Ortega y Gasset o Pessoa. Theodor Adorno, Rousseau y María Zambrano. Kafka, Machado, Unamuno y Silvia Mistral.

Juan Bagur Taltavull


Hace algo más de veinte años, el filósofo alemán Jürgen Habermas publicó una serie de ensayos reunidos bajo el título La constelación posnacional. Allí analizaba el desarrollo de una nueva ciudadanía que parecía anular al nacionalismo que, desde el siglo XIX, había guiado la construcción de los Estados occidentales y, con ello, la configuración de las identidades personales. Lo hacía en un contexto que también estudió Francis Fukuyama en el famoso libro donde, en 1992, difundió el concepto de “final de la Historia”.  Según su visión, después de los nacionalismos, imperialismos y totalitarismos del siglo XX, parecía haberse alcanzado, o atisbarse en el horizonte histórico, la utopía de un mundo sin fronteras ideológicas ni físicas.

De esta manera, la consolidación de la ONU y el avance de la integración europea anunciaban la “sociedad abierta” de la que habló Karl Popper en 1945, que algunos identificaban con la “paz universal” de Inmanuel Kant o, incluso, una versión secularizada del Reino universal cristiano.

Pero nada más lejos de la realidad: el nacionalismo resurgió con mucha fuerza en los años 90, provocando las masacres de la antigua Yugoslavia, y en el siglo XXI se ha manifestado en acontecimientos como el Brexit, el populismo, o el secesionismo catalán y escocés. A la altura del siglo XXI, todos sabemos, empezando por los propios Habermas y Fukuyama (que se corrigió a sí mismo en el libro Identidad de 2018), que la nación sigue siendo un ingrediente fundamental de la política y de la identidad. Y esto no es necesariamente malo, porque la trascendencia individual en una comunidad de sentido es un dato de la condición humana. Simplemente se trata de que ya no se discute nación sí o nación no, sino qué tipo de nación queremos y, si es posible, antes que nada responder a la pregunta de qué es una nación. Algo que en 1882 ya se había planteado Ernest Renan en un famoso y trascendental discurso, iniciando una polémica sobre la que todavía hoy en día siguen escribiendo historiadores, politólogos, sociólogos, antropólogos…y un sinfín de especialistas. Entre ellos, encontramos a Javier Barrio González y Eduardo Gutiérrez Gutiérrez, que enriquecen nuestras reflexiones con un sugerente libro de reciente publicación: Millones de patrias.

Se trata de una obra que incluye, junto con un preámbulo de Luis Díaz Viana y una introducción de Javier Campelo Bermejo, dos partes muy marcadamente diferenciadas. La primera se titula “Patria y nación. Ensayo sobre un embrollo filosófico-político”, y es obra de Eduardo Gutiérrez; mientras que la segunda, de Javier Barrio, se denomina “Algunas patrias en la literatura”. Centraré las valoraciones en la primera, que es la que más interés me suscita y por ser la que pertenece a mi ámbito de investigación.

SUGERENTE, POLÍTICO Y EXPLÍCITO

Antes de nada, se ha de indicar que el ensayo está escrito desde una posición marcadamente política. El autor no solamente reconoce sus principios, sino que, además, presenta abiertamente la intención del libro: “Articular una idea de patria (o de nación) que sirva para la construcción de un discurso de izquierdas”. Pero no es un panfleto ideológico, sino un estudio bien argumentado del que también aprenderán quienes no compartan esta cosmovisión, y que se fundamenta en la perspectiva teórica del materialismo filosófico.

Este planteamiento que late en el fondo del corazón de todo el ensayo, y que, en los últimos años, parece estar tomando popularidad, fue creado por Gustavo Bueno. Se basa, nos resume Eduardo Gutiérrez, en afirmar que la filosofía es “un saber de segundo grado que opera con saberes previos”. Es decir, que “no hay filosofía sin ciencias, y no hay ciencias sin técnicas o tecnologías previas”; y que, por ello, la patria no es algo analizable en sí mismo desde un reconocimiento metafísico –esto sería “idealismo”–, sino una “re-constitución histórica” de los conceptos acumulados por la historia, la política o la antropología –esto es el “materialismo”–.

Una aproximación que los orteguianos también aceptamos en gran medida, puesto que la Razón histórica que defendemos es un método que apuesta por huir de las abstracciones desarraigadas de la circunstancia concreta, asumiendo, como dijera nuestro maestro, que “solo debe ser lo que puede ser, y solo puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es”. Tal vez por esta coincidencia que podría abrir un fructífero dialogo es por lo que José Ortega y Gasset también está muy presente en el ensayo, en dos aspectos en los que me gustaría detenerme: las ideas que él habría llamado la “patria posible” y la “patria proyectiva”.

Lo primero se deriva de la cita arriba expuesta. Es la convicción de que las naciones no tienen una esencia inmutable, sino una identidad históricamente desarrollada. Según dice con acierto Eduardo Gutiérrez, “la patria se construye desde el suelo social, que no es sino una enorme red de interrelaciones entre individuos mediadas por instituciones”. Esto son las “ideas y creencias”, “usos y costumbres”, o “generaciones” de las que hablaba Ortega, pero también otras nociones planteadas por el “pensamiento dialógico” de Ferdinand Ebner o por Martin Heidegger, en base a quienes recuerda el autor que el ser humano es un animal abierto a la comunicación con el otro. En compañía de los demás puede desarrollar su vocación personal, y esto requiere configurar, sostiene con Ferdinand Tönnies, una comunidad (Gemeinschaft) que va más allá de la simple asociación (Gesellschaft). Es decir, no una mera agrupación de individuos que se relacionan por interés, sino una agrupación con vistas al bien común. Lo que ocurre es que éste, aunque tenga vocación universal, solamente se puede dar en el ámbito de la patria, porque es el único espacio en el que es factible una verdadera relación. Verdadera, porque la relación ha de ser personal, y las personas se comunican a través de los usos, costumbres, e ideas arriba mencionados, que tienen por definición una estructura establecida en lo concreto.

No hace falta compartir la ideología del autor para aprender con esta obra, de gran actualidad, escrita con precisión conceptual y fundamento bibliográfico, y, por ello, con una calidad muy superior a la que nos acostumbran los opinadores profesionales que, en parlamentos y tertulias, creen ilusamente conocer la respuesta al “¿Qué es una nación?” de Renan

A la vez, aunque estas condiciones de posibilidad están arraigadas en el pasado, no dejan de desarrollarse de cara al futuro. La nación es también “un proyecto sugestivo de vida en común”, en palabras de Ortega, o “un plebiscito cotidiano de todos los días”, según Renan, que el autor identifica con la construcción de la comunidad que busca el bien compartido. Las patrias, como todas las realidades emanadas de la interacción humana, carecen de eternidad y se van reconfigurando. Ortega derivaba esta condición del hecho de que la persona siempre mira al porvenir porque su existencia, al contrario de la de los animales carentes de libertad, no está dada y se va desarrollando a través de un proyecto enmarcado en una vocación. Gutiérrez asume esta idea, e incluye un comentario muy interesante que se deriva de la distinción cristiana entre la patria sua y la patria celestial: la primera es la que se habita, y la segunda la que se alcanzaría tras la resurrección pero que ya podía comenzar a construirse en la tierra. Es un matiz que añadió un carácter proyectivo y teleológico a la herencia romana, representada por Cicerón y su defensa de la res publica: la “cosa pública” o patria entendida como organización social fundamentada en la concordia y la libertas, por oposición a la natio identificada con la etnia. En todo caso, el aporte progresivo-cristiano a la idea de nación, que muchos autores como Benedict Anderson precisamente han entendido como una forma secularizada de la comunidad religiosa, es lo que llegaría a personas como Nietzsche, Unamuno, y de nuevo Ortega, a través de la idea de la Kinderland o “patria de los hijos” (opuesta a la Vaterland o “patria de los padres”).

PATRIA Y NACIÓN

Por otro lado, tal y como habrá visto el lector en los párrafos precedentes, encontramos un embrollo entre los conceptos de patria y de nación, que Eduardo Gutiérrez también trata de desenredar. Es otra de las grandes discusiones que existen entre los estudiosos del tema, y él lo plantea de manera muy perspicaz porque, desde su perspectiva materialista, acude al auxilio que le brindan la filología, la historia, la antropología y las ciencias políticas. Resumiendo su interesante reflexión, podemos decir que la patria se vincula desde la Antigüedad al lugar de nacimiento, y la natio a la etnia. Pero desde el siglo XVIII se produjo una politización de los conceptos que implicó la disolución, que no desaparición, del primero dentro del segundo. En base otra vez a Gustavo Bueno, establece una interesante categorización que diferencia cuatro formas de nación (biológica, étnica, política y fraccionaria) y dos de patria (clásica o política, y romántica o étnica); y con ello, dos tipos de nacionalismo y dos de patriotismo. Animo al lector a descubrir a través del libro lo que significa cada una de estas expresiones, y únicamente avanzo que a través de ellas explica las divergencias entre los nacionalismos gallego, catalán, vasco y español, presentando como modelo más coherente el patriotismo/nacionalismo español basado en lo que llama la disociación/conjunción entre nación política y nación cultural: significa que se entienden la una sin la otra, porque España existió como nación histórica antes de la Constitución de 1812, convirtiéndose desde entonces en nación política. Pero en unos términos que, precisamente a lo largo del siglo XIX, llevaron a un desarrollo conjunto de las dos formas.

Eduardo Gutiérrez trata otros muchos temas de actualidad. Por ejemplo, su oposición férrea al idealismo le lleva a manifestarse en contra de la herencia krausista de la izquierda española. Asegura que todavía es evidente su influencia en el socialismo y, frente a ello, reivindica a algunos pensadores de izquierda que en los últimos años han adquirido cierto protagonismo.

Entre ellos, Pedro Insúa (autor en 2018 de 1492: España contra sus fantasma, donde reivindica el “patriotismo racional” frente al “patriotismo sentimetnal”), Santiago Armesilla (El marxismo y la cuestión nacional española, de 2017, que fundamenta en la soberanía económica la imposibilidad de la independencia catalana o vasca), el propio Habermas (difusor, sin crearlo como muchos creen erróneamente, del concepto de “patriotismo constitucional” de Dolf Sternberger), o Félix Ovejero (cuya tesis sobre La deriva reaccionaria de la izquierda de 2018 también asume, pues termina el texto criticando la fragmentación social a la que conduce el pensamiento postmoderno de Ernesto Laclau y compañía).

En definitiva, nos encontramos ante un ensayo de gran actualidad, del que son destacables dos elementos. Por un lado, la respuesta que da el autor a la insistente pregunta que políticos y ciudadanos se hacen, desde distintas perspectivas, acerca de la relación entre izquierda y nación. Frente al simplismo con el que muchos se apresuran a decir que no hay sino exclusión, Eduardo Gutiérrez ofrece una perspectiva que enriquece eruditamente la discusión. Por otro lado, a los estudiosos, investigadores, o, simplemente, interesados en la temática nacional, les ofrecerá reflexiones muy interesantes, derivadas de ese materialismo filosófico que tantas posibilidades teóricas presenta. No hace falta compartir la ideología del autor para aprender con esta obra, escrita con precisión conceptual y fundamento bibliográfico, y por ello con una calidad muy superior a la que nos acostumbran los opinadores profesionales que, en parlamentos y tertulias, creen ilusamente conocer la respuesta al “¿Qué es una nación?” de Renan. Personalmente, sigo meditando sobre este tema después de haberle dedicado años de investigación, y Millones de patrias me incita a seguir haciéndolo.


LO

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