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MUSAS Y GARBANZOS: STEVENSON, RILKE Y SCHILLER

Encuentro entre los Ensayos literarios de Robert Louis Stevenson, el gran novelista que pobló de tantas aventuras trepidantes los sueños de muchas generaciones, la siguiente observación sobre el oficio de escritor: Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores.

Joaquín Mª Aguirre


 

En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter («Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte»). El fragmento me parece de un enorme refinamiento pragmático al margen de cualquier virtud mística concedida al artista. Es un consejo que se aleja de cualquier idea romántica del Arte y se habla desde su mismo título a la «carrera del arte», es decir, algo entre las musas y los garbanzos.

Este género lo componen textos en los que los autores consagrados aprovechan para transmitir su experiencia de lo que es el Arte, el fruto que pueden esperar de sus semejantes y las fases personales por las que se puede pasar hasta llegar al momento en que algún joven considere que eres su modelo y te pregunte cómo has llegado hasta ese punto de fama, gloria o madurez creativa.

STEVENSON: SEA UN ESCRITOR SOLVENTE

Los hay que ahondan en las dotes naturales, los que instruyen en la religión del Arte o los que simplemente aconsejan realismo y evaluar las posibilidades de supervivencia en el difícil mercado que nace. El éxito de los autores llama a los jóvenes a pedir esos consejos necesarios para poder llegar lo más lejos posible en una sociedad que empieza a valorar las artes y, en especial, las letras, cuya utilidad es muy distinta a la pintura (siempre hay paredes que decorar) o a la música (siempre habrá celebraciones sociales que requieran composiciones o amenizar las veladas).

Lo que está contestando Stevenson es una pregunta muy directa: ¿Me podré ganar el sustento escribiendo? La pregunta que nos puede parecer sencilla es de enorme complejidad, pues hasta no hace mucho, la mayoría de los artistas vivían de dorarle la píldora al noble, como ya se quejaba Diderot en el siglo anterior. Es a mediados del XVIII cuando la gente puede empezar a hacerse ese tipo de preguntas. 

Por eso Stevenson, muy práctico, va al meollo del asunto: no le des al público lo que el público no quiera o valore porque es él quien te va a alimentar. Eso, dice con gracia, solo se les ocurre a algunos pintores. Para Stevenson, hombre práctico y de su siglo burgués, el Arte es mercancía y hay un comprador que es el público. Ir contra él es suicida.

Este carácter burgués se confirma con su empeño en resaltar la «solvencia», que es la virtud burguesa comercial por excelencia. Hay que ser solvente, es decir, poder responder ante los demás. Si el artista desea ser extravagante, escribe, asegúrese primero los garbanzos, trabaje en un banco por las mañanas y escriba por las noches, lo que sea. Pero sea solvente, no tenga que ir endeudándose para publicar o que le lean. Sea un escritor solvente. Es esa libertad que da la solvencia la que le permitirá irse alejando de lo que el público quiere y paga a lo que a usted, artista, le gusta hacer. Y el público está en su derecho de lanzarle a la cara, carcajearse de sus pretensiones delante de usted mismo, si así lo desea, y finalmente lanzarlo a la chimenea como más noble destino alcanzable por el texto de su firma. Pero a usted no le importará porque confía plenamente en su obra. Todo eso, si tiene usted dinero para vivir, le será a usted indiferente o incluso le podrá hacer gracia. Pero si pretende vivir de ello ¡no se le ocurra!

Ni Stevenson es un vendido, ni Rilke un extraterrestre romántico.El problema real es si el poeta tiene pocas luces y decide seguirse a sí mismo como fiel medida de las cosas o si el público está cada vez más embrutecido y el autor decide sacrificar su genio siguiéndole hasta el final de su estercolero estético

Me viene a la memoria un conocido que era maestro y consiguió que le premiaran una obrita en su pueblo o en el vecino. Con horror nos enteramos que había abandonado su puesto de trabajo y se disponía a lanzarse a lo que Stevenson llamaba la «carrera del arte» en su escrito. Supongo que algún carguero mercante que pasara por Madrid lo recogió enrolándolo en su tripulación.

Pagó el error de dejar de cortejar al burgués que lleva la bolsa. Confió demasiado en el «talento» y no sé hasta dónde le habrá llevado su carácter. No sé tampoco si escribió pidiendo consejo a alguien o fue la lectura. Desde luego no leyó a Stevenson. Pero quizá leyó a Rilke.

RILKE: OLVÍDESE DEL PÚBLICO

Quizá la más célebre de las peticiones de consejo, de ayuda o de impulso (tal como queramos considerar estos textos), sean las tituladas Cartas un joven poeta, del gran Rainer Maria Rilke, el autor de las obras, cimas del siglo XX, los Sonetos a Orfeo y las Elegías de Duino. Las Cartas se escribieron al joven poeta Franz Xaver Kappus, entre 1903 y 1908, publicándose por primera vez en 1928. Y rápidamente se convirtieron en un éxito. De alguna forma representan lo contrario de lo dicho por Stevenson. Los tiempos son otros y ser poeta también.

En la primera misiva del epistolario, tras decirle que lo que le ha enviado para que lea no es bueno, Rilke escribe:

Pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes lo ha preguntado a otros. Los envía a revistas. Los compara con otros poemas, se inquieta cuando ciertas editoriales rechazan sus intentos. Ahora (ya que me ha autorizado a aconsejarle), ahora le pido que deje todo esto. Usted mira hacia fuera y precisamente esto, en este momento, no le es lícito. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un medio. Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir; compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir. Sobre todo, pregúntese en la hora más callada de su noche: ¿Debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta que venga de lo profundo. Y si de allí recibiera una respuesta afirmativa, si le fuera permitido responder a esta seria pregunta con un fuerte y sencillo «debo», construya su vida en función de tal necesidad; su vida, incluso en las horas más indiferentes e insignificantes, ha de ser un signo y un testimonio de ese impulso. Después, aproxímese a la naturaleza e intente decir como el primer hombre qué ve y experimenta, qué ama y pierde. (Trad. Antoni Pascual i Piqué y Constanza Bernad Ribera). 

¡Es sorprendente respuestas tan dispares! Aunque, visto en cierta manera quizá no tanto. Allí donde Stevenson —¡inmenso novelista!— decía no le quites ojo a la bolsa del burgués y trata de alabar sus gustos hasta que seas solvente, Rilke —¡inmenso poeta!— le dice deja de preguntarnos a todos y busca en ti mismo. No importamos nada, solo importas tú y la poesía. Cuida al público y olvídate de él.

Quizá a muchos les gusta pensar que siguen el segundo consejo mientras que realmente lo hacen con el primero. Les gusta pensarse Rilke, pero se comportan como Stevenson. Los psicólogos nos dicen que no es nada anormal, simplemente nos gusta vernos mejor de lo que somos. No se preocupe, lo hacemos todos. Ni Stevenson es un vendido, ni Rilke un extraterrestre romántico. Más bien han adivinado la respuesta esperada y les han dado la contraria.

El problema real es si el poeta tiene pocas luces y decide seguirse a sí mismo como fiel medida de las cosas o si el público está cada vez más embrutecido y el autor decide sacrificar su genio siguiéndole hasta el final de su estercolero estético.

Quizá convenga ser unos días pragmático y otros idealista. Si se tratara solo de la poesía, no habría problema. Es probablemente el arte más barato y con menos necesidades para practicarlo, un lápiz y un papel. El problema es que queremos «público» y que «nos premien» y «nos pidan firmar los ejemplares», etc. En estos tiempos de pantallas y neones, nadie quiere ser artista póstumo.

¡Éxito, aquí y ahora! La única forma de resolver el problema, una vez más, es educar al público, enseñarle a disfrutar del Arte y no solo a saberse una lista de autores y libros que acabará odiando.

SCHILLER: NO BUSQUE EL APLAUSO

Llamemos a un tercero en la disputa, a Friedrich Schiller con otras misivas, sus Cartas para la educación estética de la humanidad. En su novena carta, Schiller escribe: «El artista es a buen seguro un hijo de su época, pero desdichado de él si es al mismo tiempo su discípulo o, peor aún, su favorito.» ¡Uff! No sé si hemos resuelto algo o la hemos acabado de liar.

Un poco más adelante escribe: «Vive con tu siglo, pero no seas su hechura; ofrece a tus contemporáneos lo que precisan, no lo que aplauden.» Como buen kantiano, a Schiller le importa poco la bolsa, pero tampoco apunta al poeta como centro.

Creo que el mensaje es claro: Todo aquello que eleva a quien lo lee, que lo saca de su simpleza, ignorancia o desconocimiento, que lo hace con sinceridad, ayudando a comprender su propio tiempo o el de otros, hace que el artista sea valioso, no por sí mismo, sino por lo que consigue con su obra. Por eso el sentimiento se educa por el arte, por la belleza, para llegar a la verdad accesible, la que nos ilumina en las grandes obras.

Si yo tuviera que hacer una síntesis de los tres escritores, diría que no viene mal el realismo de Stevenson para sobrevivir, que no es incompatible con una versión de encontrarse en el interior para sacar a la luz la obra y que esa obra será valiosa si no es esclava ni favorita. La primera se reduce por su servilismo; la segunda por la adulación. Es fácil conseguir aplausos, aunque duren un poco. Es más difícil que la obra cambie lo que le rodea, incluidos nosotros mismos. La consecuencia de todo esto es que te darán respuestas diferentes aquellos a quienes preguntes. Por eso es importante la primera cuestión: ¿A quién preguntar? Con eso ya está resuelto la mitad del problema.


LO

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