ME GUSTÓ EL FINAL DE ‘JUEGO DE TRONOS’

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A punto de cumplirse un año del polémico final de la serie Juego de Tronos, basada en la obra de George R.R.Martin, tenemos perspectiva para analizar por qué ha marcado a millones de personas y se ha convertido, junto a los libros, en el más reciente icono de la cultura popular. No solamente los personajes y las frases han calado en el fandom, sus arquetipos han tenido un alcance mucho más amplio de lo que cabía imaginarse y, más allá de un primer ofuscamiento generalizado, invitamos a considerar que la obra culmina en buen término.

Juan Bagur Taltavull. Foto portada: Detalle de Danza de dragones. Canción de hielo y fuego 5 (Gigamesh)


 

¿Cuál es el secreto del éxito de la adaptación a la pantalla de las novelas de George R.R. Martin? Que la serie es, en el fondo, un documental fantástico –en el doble sentido, de ser maravilloso y de recurrir al minusvalorado género de la fantasía para describir la realidad– del mundo contemporáneo. Sin embargo, pese a ser una saga tan aplaudida, a la inmensa mayoría de los fans les decepcionó su final. Incluso a muchos les indignó, como si los guionistas hubieran roto con su desenlace no ya la lógica de la serie, sino su esperanza como individuos. Cuando Daenerys Targaryen demostró ser una tirana y ordenó la destrucción a sangre y fuego de Desembarco del Rey, miles de personas en sus casas lloraron tanto como si hubieran estado presentes en la hecatombe. Lloraron porque habían puesto a sus hijas el nombre de la “Madre de dragones” o habían compartido memes en los que se intitulaban Khaleesi.

Por el contrario, es posible que yo sea de las poquísimas personas a quienes encantó el final de Juego de Tronos. Y me encantó porque creo que tenía mucha lógica desde los presupuestos antropológicos y políticos de la serie, ofreciéndonos, por ello, bastantes enseñanzas para el mundo actual.

No me referiré, por tanto, a las acciones y actitudes en las que el personaje encarnado por Emilia Clarke avanzó que podría acabar como lo hizo. Sobre ello ya se ha discutido bastante en las redes sociales y yo, sinceramente, no recuerdo con tanto detalle cada uno de los episodios. Prefiero abrir panorámica para centrarme en los principios morales que regían a los habitantes de Poniente, y en los que, sabiéndolo o no, estamos también insertos la mayoría de los habitantes de Occidente.

Detrás de toda ideología, existe una idea del ser humano, puesto que la política pretende “arreglar” a los individuos. Por ello, la primera pregunta que habríamos de hacernos es qué es la persona, ya que solamente sabiéndolo será posible comprender lo demás

Algo similar se planteó Viktor Frankl, aunque, en su caso, más bien para construir una teoría psicológica, y propuso tres respuestas en base a tres posibles móviles del alma y la acción humanas: la voluntad de placer, la voluntad de poder, y la voluntad de sentido. Él llegó a la conclusión de que, siendo las tres importantes en cierta medida, la última es la fundamental: el hombre es un “animal etimológico”, como dijera Ortega y Gasset por las mismas fechas y sin conocerle, porque lo que le define es la búsqueda del significado de su existencia.

SENTIDO Y VOLUNTAD DE PODER

Quedarse en la voluntad de placer no llena el alma, y hacerlo en la voluntad de poder, implica construir un mundo en el que solamente existen víctimas y verdugos, porque el poder sin sentido solamente conduce al conflicto. El judío Frankl lo sabía bien, porque su sensacional El hombre en busca del sentido (1946) lo escribió después de haber sufrido en los campos de exterminio de Auschwitz y Dachau. Allí, en medio del sufrimiento, vio que existían personas felices, que eran aquéllas que podían llenar su vida con un sentido que trascendiera el egoísmo. Algo que hoy en día, en nuestro mundo opulento y fácil, parece imposible porque vivimos una crisis de principios y valores.

Desde que Occidente entró en lo que Jean-François Lyotard llamó en 1979 “La condición postmoderna“, donde ni la religión ni la ideología dan sentido a la existencia, la mayoría de los intelectuales han reducido la reflexión sobre el ser humano a su mera voluntad de poder. Pero no parece que éste baste para saciar a la persona.

La “condición postmoderna” también se da en el mundo de Juego de Tronos, donde, al contrario de lo que ocurre en obras como El Señor de los Anillos o Star Wars, no existen las tres potencias que dan sentido al ser humano: el Bien, la Verdad y la Belleza.

Solamente existe el puro poder, y si Daenerys es un personaje atractivo, es porque se erige en defensora de las víctimas frente a los verdugos. Tal vez esa sea su verdad, relativa y circunstancial. Pero cuando los esclavos sean liberados, ¿habrá otra verdad por la que luchar? Si no la encuentra, tendrá que inventársela, como hacen los populismos actualmente, porque en el mundo relativista los líderes autoritarios solamente pueden justificarse como protectores frente al enemigo. Y no lo niegan, porque muchos reivindican al filonazi Carl Schmitt para quien lo político se reduce a la oposición amigo-enemigo. No sabemos qué habría pasado con Daeneryis si Jon Nieve no hubiera aplicado el justo tiranicidio, pero lo que me parece seguro es que tendría que haber buscado su legitimidad en otro lugar.

BONDAD O MALDAD DE CUNA

Por otro lado, además del sentido, el punto al que nos dirigimos, para entender al ser humano es necesario comprender su naturaleza, el punto de partida. Al respecto se ha discutido mucho desde que existe la filosofía, y todavía hoy en día se hace con ayuda de la ciencia. Y sean cuales sean los resultados, pueden establecerse dos respuestas extremas: una dice que el ser humano es bueno por naturaleza, y que la sociedad le corrompe. La otra, que el ser humano es malvado, y la sociedad le corrige. Son respectivamente las posturas de Rousseau y Hobbes, y sus postulados recorren los argumentos de libros y películas de todo tipo. Por poner ejemplos conocidos, Mary Shelley es rusoniana en Frankenstein (1823), y William Golding, hobbesiano, en El Señor de las Moscas (1954). En el caso de George R.R. Martin, su antropología es claramente del segundo tipo: Homo homini lupus.

Sin embargo, existe una tercera vía. Algunos consideran que el ser humano no es lobo ni cordero, sino, en todo caso, un animal fantástico que es híbrido de los dos. Una persona que definió muy bien esta actitud fue otro superviviente de los campos de concentración, en este caso de los soviéticos: Alexandr Solzhenitsyn. En Archipiélago Gulag (1973) ofrece una de las mejores definiciones que jamás se han hecho sobre la condición humana, cuando escribe que “la línea que separa el bien del mal no pasa por los Estados ni entre las clases ni tampoco entre los partidos políticos, sino que cruza exactamente todos los corazones humanos. (…) Esa línea cambia (…) e incluso dentro de los corazones rebosantes de maldad se mantiene una pequeña cabeza de puente de bien e incluso en el mejor de todos los corazones se mantiene un rinconcito no desarraigado de mal”.

DE INGENUOS Y CORRUPTOS

Así es Daenerys, y así somos, realmente, todos los individuos: por mucho que hagamos el bien, nunca dejaremos de ser personas, y por ello siempre será posible pasarnos al lado oscuro –por utilizar en este caso una imagen de La Guerra de las Galaxias–. Y, al revés, detrás de todo Darth Vader hay un Anakin Skywalker; y de todo Gollum, un Sméagol, que solo necesitan un Luke o un Frodo que crean en su redención. Aunque la libertad humana implica que ésta no sea siempre posible, tal y como muestra el desigual desenlace de estos dos personajes.

El error de los que pusieron su fe y su esperanza en Daenerys, tanto en Poniente como en Occidente, fue caer en la antítesis rusoniana como alternativa a la tesis hobbesiana. Por muy “Madre de Dragones” que fuera, nunca dejó de ser hija de un padre y de una madre, y como ellos, era capaz de corromperse. Esta sencilla constatación de la naturaleza humana es la que llevó al desarrollo de las democracias liberales en las que vivimos: el convencimiento de que no basta un origen legítimo del poder, sino que también es esencial limitarlo. Por eso escribió Lord Acton –historiador católico y liberal de la Inglaterra victoriana– que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La Khaleesi es sin duda culpable de genocidio, pero sus súbditos lo son de ingenuos. Nunca tendrían que haber aceptado su poder absoluto, por mucho que en apariencia estuviera destinado al bien. Tendrían que haberlo limitado, y esa es la lección que aprenden los Siete Reinos cuando culminan la saga entronizando a Brandon Stark como “primus inter pares”. La enseñanza que podemos recoger hoy en día es que, por muy bueno que parezca –o realmente sea– un político, podrá convertirse en un tirano si se dan determinadas circunstancias.

El populismo niega esta condición, pues como muestra José Luis Villacañas en uno de los mejores análisis que se han hecho sobre el mismo (Populismo), se fundamenta en atribuir el bien absoluto a una parte de la sociedad, frente a otra que se convierte en el enemigo a batir. La democracia liberal, por el contrario, acepta la corruptibilidad del ser humano, y por ello establece mecanismos de control y de “balance of power”.


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