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La relación entre experiencia y palabras es de refuerzo y confluencia. Lo que leemos nos ayuda a vivir y lo que vivimos nos ayuda a leer. Encierro en la idea de “lectura” lo verbal, pero también muchas otras experiencias vitales que se canalizan a través del Arte, que es todo aquello que nos educa para sentir de una manera más vívida, no solo racional, sino también emocional.

Joaquín M. Aguirre. Imagen portada: retrato de Baudelaire (Gustave Coubert). Imagen interior: L’Absinthe (Edgar Degas, 1875-1876)


 

Si no nos empeñáramos en destrozar la unidad humana a través de la separación que la educación produce por medio de distinciones absurdas; si tratáramos, en cambio, de ser personas que aprenden, abiertas y no simples herramientas distorsionadas, comprenderíamos que el aprendizaje es un acto integral que nos permite ampliar nuestra experiencia y, con ella, a nosotros mismos, en vez de reducirnos a piezas de una maquinaria. El Arte es molde de la experiencia, lo que otros han vivido, su oferta sensible.

El Arte, incluido el literario, nos ofrece y posibilita nuevas miradas, nuevos lenguajes en los que expresar esa distancia de la rutina y de lo estereotipado. Ver el mundo es verlo desde un sistema, desde un orden, el que la propia cultura nos ofrece. Por eso, la reducción de la cultura, podando la riqueza, llevándola hacia lo banal e intranscendente, supone la limitación de nuestra propia sensibilidad. Hay un gran mal en el olvido que se nos impone para hacer sitio a la urgente trivialidad de lo innecesario en la que vivimos.

Gabriel García Márquez escribió en un artículo para El País (“Algo más sobre literatura y realidad”. 1 de julio de 1981): 

Un problema muy serio que nuestra realidad desmesurada plantea a la literatura es el de la insuficiencia de las palabras. Cuando nosotros hablamos de un río, lo más lejos que puede llegar un lector europeo es a imaginarse algo tan grande como el Danubio, que tiene 2.790 kilómetros. Es difícil que se imagine, si no se le describe, la realidad del Amazonas, que tiene 5.500 kilómetros de longitud. Frente a Belén del Pará no se alcanza a ver la otra orilla, y es más ancho que el mar Báltico. Cuando nosotros escribimos la palabra «tempestad», los europeos piensan en relámpagos y truenos, pero no es fácil que estén concibiendo el mismo fenómeno que nosotros queremos representar. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la palabra «lluvia». En la cordillera de los Andes, según la descripción que hizo para los franceses otro francés llamado Javier Marimier, hay tempestades que pueden durar hasta cinco meses. «Quienes no hayan visto esas tormentas», dice, «no podrán formarse una idea de la violencia con que se desarrollan. Durante horas enteras los relámpagos se suceden rápidamente a manera de cascadas de sangre y la atmósfera tiembla bajo la sacudida continua de los truenos, cuyos estampidos repercuten en la inmensidad de la montaña». La descripción está muy lejos de ser una obra maestra, pero bastaría para estremecer de horror al europeo menos crédulo. De modo que sería necesario crear todo un sistema de palabras nuevas para el tamaño de nuestra realidad.

La cuestión, en realidad, va más allá de si los nacidos en el Caribe, tienen una sensibilidad diferente a los europeos a la hora de imaginarse un río, una tormenta o cualquier otro fenómeno de la naturaleza. La diferente experiencia de la realidad, nos dice García Márquez, solo se puede salvar mediante un “sistema de palabras nuevas”. La experiencia vital y la experiencia artística se realimentan la una a la otra. Lo que aprendemos condiciona lo que vemos y lo que vemos está condicionado por la experiencia común que el arte nos hace llegar.

Somos hijos de la experiencia, pero también de la experiencia cultural heredada, de sistemas de palabras, viejas y nuevas. Y muchos nacen con la capacidad de producirlos, de modificarlos creativamente. Quizá, como querían los hermanos Schlegel, solo existe la diferencia entre los que siguen su naturaleza y crean algo nuevo y los que les siguen a ellos porque no tienen nada que ofrecer.

Era su forma de definir la oposición romántica y clásica. Buscar o imitar, esa es la cuestión, podríamos decir; aunque no es algo tan sencillo. La imitación absoluta se agota en sí misma, mientras que búsqueda de lo totalmente nuevo nos separa de los otros, dejándonos incomunicados, un terrible pecado estético. Quizá, sí, sea esa la verdadera dinámica del Arte, un equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre lo dicho y la prueba de nuevas formas de decir. Eso fue realmente la reacción romántica, que los verdaderos teóricos entendieron. Los jóvenes ya no cabían en las palabras de un mundo esclerótico. Pero pronto el repertorio romántico se volvió clásico, es decir, repetitivo, imitador, agostando las mentes e impulsando a crear nuevos sistemas simbólicos con los que poder experimentar la novedad y riqueza de la vida.

Vemos a través de la cultura. Por ello, el empobrecimiento que padecemos hace que nuestro mundo sea cada vez más romo, más estandarizado. Cada día ignoramos experiencias, sensaciones que están junto a nosotros, pero que, como el bosque de signos de Baudelaire, ya no entendemos. Parece que la función del Arte fuera desconectarnos del mundo, cuando es precisamente la contraria; enriquecer nuestra experiencia para reconectarnos a él, para que podamos tener una existencia con mayor sentido y plenitud.

EDUCACIÓN SENSIBLE

Nuestro problema es otro: la anestesia ante un mundo feo, en donde la fealdad viene de nuestra propia mano. La belleza, la fealdad, son el resultado de nuestra mirada. La educación de la sensibilidad es esencial para poder construir nuevas palabras para nuevas experiencias. Unas pocas palabras, un orden determinado, puede hacer que veas el mundo desde otra perspectiva. ¿Quién teme a las palabras? ¿Qué temor causan cuando revelan la pobreza, la injusticia, la fealdad? ¿Qué alegría producen cuando nos ayudan a comprender el mundo bajo el mundo?

Experiencia y palabra se ajustan, se regulan la una a la otra. Cuando somos conscientes de esto, muchas cosas se relativizan, se pervierte el sistema. Ese es el valor esencial del Arte, mostrarnos la necesidad de superar nuestra propia condición y circunstancia y crear sistema de palabras, de imágenes, de sonidos… que nos permitan habitarnos y habitar el mundo compartido con los otros.

Sí, es verdad el bello poema baudeleriano. Hemos olvidado el lenguaje de las cosas; quizá eso eran la expulsión del paraíso, la derrota de Babel. Quizá el Santo Grial sea encontrar el lenguaje que no envejezca, las palabras de la eterna juventud.


LO

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