LECTORAS Y ESCRITORAS DE CARTAS

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La novela es el género más abierto, el más experimental o el más conservador, según se desee. La novela lo admite casi todo. Cuando se produce la creación del moderno espacio literario, la sociedad lectora, en el siglo XVIII, a la novela le gustó adoptar la forma epistolar. La carta era un tipo de texto al que se estaba acostumbrado entonces. El público lector estaba habituado a escribir y a leer cartas.

Joaquín Mª AguirreFoto portada: Pamela de S.Richardson (Mondadori Italia, 2009 )


 

A Samuel Richardson, el autor de Pamela o la virtud recompensada (1740), se le ocurrió que sus cartas pedagógicas habituales, destinadas a configurar los “libros de conducta”, aquellos que se escribían para que las mujeres supiesen cuáles eran sus deberes y cuáles debían ser sus virtudes en el matrimonio, podían ser más útiles si se convertían los principios abstractos en historias cotidianas. En vez de escribir él las cartas, creó un personaje, Pamela, que escribía a su familia contándoles el acoso al que se veía sometida por Mr. B, el perverso patrón, que caería finalmente rendido ante su virtud pidiéndola en matrimonio.

El éxito fue tal que salieron ilustres imitadores del formato epistolar. Julia o la nueva Eloísa (Rousseau, 1761), Las penas del joven Werther (Goethe, 1774), Las relaciones peligrosas (Laclos, 1782), entre otras muchas obras, se apuntaron a la moda del intercambio de cartas entre amigos y parientes. Se elaboraron juegos epistolares tan complejos como los de Laclos. La carta actuaba como expresión emocional, como en Rousseau y Goethe, buscando el amparo de los amigos para desahogarse emocionalmente. Pero también se dejaba al descubierto la hipocresía, el engaño que podían suponer. En esto, Laclos dio una lección que sigue siendo ejemplar… o lo contrario.

La carta es un tipo de texto muy especial. No es una comunicación “directa” de un “narrador” con los lectores, sino que es un intercambio textual entre dos o más personajes. Las novelas podían recoger múltiples autores y destinatarios —un mundo polifónico— dándonos visiones parciales del mundo. Si las cartas parecían limitar la forma de expresarse, bastaba con cambiar de redactor o de receptor para el que el tono de la escritura cambiara de forma clara.

Las cartas formaban parte importante del mundo cotidiano de la época. Era la única forma de comunicación del momento y podía registrar todos los tonos posibles. Había que buscar un personaje interesante y ponerlo a escribir, a contar cómo se veía el mundo desde su particular perspectiva.

COTILLAS Y MIRONES

Las cartas novelescas afectaban al público más de lo que se pensaba. Los lectores de entonces se comportaban como esas imágenes que nos muestran las reacciones de los primeros espectadores cinematográficos ante la salida del tren, que nos ofrecieron los Lumière, como si estuvieran ante historias reales. La obra de Rousseau, publicada en 1761, Julia o la Nueva Eloísa tiene en su título el añadido “Cartas de dos amantes habitantes de una pequeña ciudad, a la falda de los Alpes” y se añade “Recogidas y publicadas por Juan Jacobo Rousseau”. Eso es lo que encontramos en la edición española de 1836, traducida por J. Marchena y publicada en la imprenta y librería de la Calle de Oliva, en Barcelona. Esa insistencia de los autores en simular un documento auténtico implica un sentimiento de intimidad transgredida, convirtiendo a los lectores en curiosos observadores privilegiados. Cotillas y mirones, en eso se transformaban con las novelas que devoraban una tras otra, colándose en las vidas ajenas durante su lectura.

Estas obras novelescas estaban destinadas esencialmente a las mujeres, las mayores lectoras de ficciones de entonces; eran también parte de su ocio. La escritura era esencialmente femenina. Los correos masculinos eran otra cosa, más formales o de negocios. Las mujeres, en cambio, tenían sus propias redes de confidencias y las cartas eran el vehículo más adecuado en la distancia y recogimiento al que se las sometía. Las novelas eran, en este sentido, un género literario próximo por cotidiano. En la obra de Laclos, por ejemplo, vemos cómo las cartas rellenan los huecos libres del horario, entre obligaciones y compromisos sociales o familiares. La carta era confidencia desvelada, intimidad interceptada que permitía el lenguaje expresivo alejado de la convención social de lo público. Este fragmento arrebatado de Valmont a la marquesa de Merteuil muestra este exceso:

Usted sabe, cómo yo deseo vivamente, cómo devoro los obstáculos; pero lo que usted ignora es cuánto la soledad aumenta el ardor de los deseos. Ya no tengo sino una sola idea; en ella pienso durante el día y sueño con ella por la noche. Es preciso que yo logre a esta mujer para librarme de la ridiculez de amarla, porque, ¿a dónde no lleva un deseo contrariado? ¡Oh posesión deliciosa, te imploro para mi dicha y sobre todo para mi tranquilidad! ¡Qué felices somos los hombres de quienes las mujeres se defiendan tan mal! No seríamos, si no, cerca de ellas, más que tímidos esclavos. Siento en este instante un movimiento de gratitud hacia las mujeres fáciles, que me arrastra naturalmente a los pies de usted. Ante ellos me prosterno para obtener mi perdón, y acabo esta carta, demasiado larga. Adiós, mi hermosísima amiga. Sin rencor.
En la quinta de…, a 15 de agosto de 17

¡Qué bellaco tan sincero! ¡Qué mezcla de intimidad y cortesía dejando el alma perversa al descubierto! Es un ejemplo de esas tonalidades en las voces que la forma epistolar permite.

La carta es un tipo de texto que conecta directamente con alguien al otro lado. Es el confidente de los sentimientos, de las emociones, de lo que se cuenta y de lo que no se debería contar. Es un estado de intimidad escritural. No es de extrañar que fuera la forma epistolar la que la que diera lugar a esa ristra de novelas que se impusieron durante un amplio periodo de tiempo hasta que el fenómeno derivó hacia otros derroteros realistas.

MÁSCARAS DE ESCRITURA

La carta es una escritura del yo. Como ya hiciera Rousseau en sus Confesiones, escribir es construirse ante los otros y ante uno mismo, un tomar forma. Lo disperso de la vida se concentra en el texto, se reconecta y adquiere así sentido. No es casual la importancia que se le da al texto de Rousseau en la construcción de la modernidad reflejando el fenómeno de la identidad. La “confesión” se dirige al mundo. Su aparente desnudez es en realidad un recubrimiento del discurso, que actúa como presentación ante el otro.

En el texto de Laclos, en la carta X, dirigida por la perversa marquesa al infame Valmont, encontramos este interesante pasaje:

Después de estos preparativos, mientras Victorina se ocupaba de otros pormenores, leí un capítulo de El Sofá, una carta de Heloisa y dos cuentos de La Fontaine para recordar los diversos tonos que yo quería tomar.

¡Buena inspiración! La falsedad de la marquesa de Merteuil es una falsedad ilustrada. Este breve fragmento encierra toda una declaración de intenciones y una forma de actuar. Las lecturas le inspiran su propia escritura para fingir un “tono” ante sus víctimas. La pérfida marquesa absorbe, de forma vampírica, la escritura de otros para poder quedarse con los estilos ajenos y sacar adelante su engaño. Ese tono, esa forma de expresarse ante los otros, es su máscara de escritura, un lenguaje encubridor.

El párrafo es de enorme interés pues ya plantea una conciencia de la impostura de la escritura frente a la abundancia de corazón de los sentimentales, su sinceridad emocional a todo trance. Laclos, por contra, es un libertino. Lo suyo no es la autenticidad buscada por Rousseau (lo que no deja de ser otra fachada) y demás inspirados en la estética sentimental, sino un libertino para quien todo es instrumento para derribar la virtud y lograr hacer su santa voluntad. Lo esencial para los libertinos es el arte de esconderse, el fingimiento, y la escritura es el camuflaje perfecto. La carta, que es conexión emocional a tres bandas (no nos olvidemos del curioso lector que observa todo), pasa a ser una máscara más en manos del libertino, como lo es la propia vida social.

Hoy apenas escribimos cartas. No es fácil encontrar obras que las recojan y adopten esta fórmula que dio forma a tantas novelas. Es otro el tipo de escritura que se prefiere, quizá porque hemos perdido las voces propias y los narradores se esconden tras la objetividad distante, el triunfo de la escuela de la mirada simplificada. La costumbre de escribir cartas desarrollaba el sentido del otro, del receptor específico, lo que tenía importancia para adquirir diversidad de estilos, riqueza expresiva, imaginación del otro. Imaginación también del propio yo, reflejado especularmente en el texto.


LO

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