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Con una pandemia que nos está torturando, pensaréis que hay que ser un poco masoquista para leer un libro sobre las bacterias patógenas que nos han golpeado en nuestra Historia. Y no os falta razón. Pero ver qué vino, cómo se afrontó y se superó, da perspectiva. A continuación, más razones por las que Historia de las bacterias patógenas de José Ramos Vivas se merece su hueco especial en mi biblioteca junto a otros títulos de grandes divulgadores.

Víctor Pascual.


 

El microbiólogo ourensano José Ramos Vivas es investigador científico en el Instituto de Investigación Sanitaria Valdecilla Idival, en Santander, donde dirige el laboratorio de Microbiología Celular. Mañana 19 de febrero se publicará el Manual de comunicación y divulgación científica en Berenice, sello perteneciente al grupo editorial Almuzara en el que también ha publicado las dos obras de la materia que hoy nos ocupa: hace dos años, Superbacterias; ahora, en pandemia, Historia de las bacterias patógenas. Ambos títulos en Guadalmazán.

Éste último, el más reciente, es un libro que comienza dando un repaso breve sobre qué es una bacteria, sus peculiaridades y la evolución de las mismas. Por ejemplo, las baterias son capaces de adaptarse a su entorno en muy pocas generaciones y teniendo en cuenta que algunas son capaces de dividirse cada 15 minutos, esto supone gran problema.

Se trata de una adaptación que nos trae de cabeza desde que la penicilina se empezó a usar. Cuando usamos mal los antibióticos, las bacterias generan rápidamente una resistencia, y, para poderlas combatir,  es necesario usar armas cada vez más potentes. Las bacterias también forman biofilms, colonias con estructuras y funciones relativamente complejas que suponen toda una problemática en alimentación.

Desde que la humanidad empezó a vivir en grandes comunidades, las enfermedades contagiosas han sido uno de los grandes problemas a los que hacer frente. Muchos parásitos, como pulgas y piojos, suelen llevar consigo huéspedes aún más indeseados. La falta de higiene no ayudaba a quitarnos estos castigos.

A GRAN PANDEMIA, MAYOR CIENCIA

El libro continúa con las principales pandemias provocadas por bacterias. Los golpes que dio la peste, cuya bacteria lleva con nosotros desde la Edad de Bronce. La sífilis, que causaba tanto temor que los leprosos se negaban a ser atendidos junto a los sifilíticos. La lepra, que, a pesar de no ser la más estragos ha causado, sí ha sido una de las más temidas por las deformaciones que padecían sus enfermos; recordemos que esta enfermedad nos viene acompañando desde hace 40.000 años. El tifus que golpeó fuertemente a los soldados leales de la corona de Castilla en la conquista de Granada, perecieron 17.000 de los 20.000. Luego, jugó a favor de los castellanos. Porque, en las guerras, no era extraño que los ejércitos se enfrentasen cuando tras haber sufrido miles de bajas por distintas enfermedades antes de verse las caras.

La última parte del libro está dedicada a las grandes figuras científicas que dieron luz y herramientas para combatir esas enfermedades. Porque, entre mediados del siglo XIX y mediados del XX se produjo un gran avance en la comprensión de las bacterias patógenas, en las medidas preventivas (higiene), en los asépticos y antibióticos.

Entre las figuras que se mencionan, destacan las de Louis Pasteur, cuya historia sobre el desarrollo de la vacuna de la rabia es increíble; Joseph Lister, que dio nombre a la popular marca de colutorios; Alexander Fleming, que tenía la manía de guardar las placas más tiempo aunque el cultivo estuviese perdido; Elie Metchnikoff, que desarrolló sus investigaciones sobre inmunología; Robert Koch, que identificó el bacilo que provocaba la tuberculosis e ideó un método para confirmar que una enfermedad específica era provocada por un patógeno específico; John Snow, este sí sabía cosas, por ejemplo, supo determinar la causa del mayor brote de cólera de Londres que causó 700 muertes en una semana. También la extraordinaria Florence Nightingale, mujer de familia rica que optó por ser enfermera, uno de los trabajos más denostados de aquella época. Consiguió bajar la mortalidad del 50% al 2% de un campamento militar en la guerra de Crimea, posteriormente escribió un manual de 800 páginas sobre la administración hospitalaria del Ejército británico que impresionó hasta el punto de que se creasen hospitales específicos para militares; y, como colofón, consiguió que se crease una escuela específica de enfermería con estudios reglados.


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