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La noche del 17 de noviembre de 1999 llorábamos el fallecimiento de Enrique Urquijo, encontrado muerto en el portal número 23 de la calle del Espíritu Santo, en el barrio madrileño de Malasaña. Le rendimos homenaje con la lectura de Todos estábamos vivos (AdN), la segunda novela de Enrique Llamas (Zamora, 1989), uno de los mejores libros de este otoño que consagra al escritor entre nuestros grandes autores de ficción.

Maica Rivera.


 

Enrique Llamas tiene la mirada limpia y compasiva. También cuenta con la ventaja de la distancia, la que le concede el haber nacido al final de los ochenta, para narrar la Movida Madrileña desde otro punto de vista. Su versión convence, tiene punch la nueva sensibilidad de la que hace gala, más humana; y agrada por ser inédita, demasiado acostumbrados como estamos únicamente al relato de los protagonistas, es decir, “de quienes lograron sobrevivirla”, como él mismo dice en las páginas introductorias de Todos estábamos vivos, que unen funerales y amistades para revelar agujeros de la memoria. 

“No entiendo cómo hay tantas voces que recuerdan aquella época como un tiempo maravilloso sin tener en cuenta que se les quedaron muchos amigos por el camino“, explicó Llamas en el reciente festival Getafe Negro. Abogó por desmitificar en ese sentido la Movida, por observarla de cerca con todo lo que tuvo de “peligro y pobreza“.

Hasta hoy, toda una generación posterior veníamos lamentando el no haber vivido aquello. Pero al autor se le cayó la venda de los ojos cuando, un día, a un amigo se le ocurrió que tal vez él podría haber muerto de sobredosis de haber sido coetáneo; y, entonces, él mismo pensó que, al ser homosexual, podría haberse contagiado de VIH de haber pertenecido a ese tiempo.

A su juicio, “la heroína y el sida son los dos grandes fantasmas de la época, de los que no se habla lo suficiente“. Su pluma los hace “visibles a los ojos del lector pero invisibles a los de los personajes, a quienes vemos, divertidos e inconscientes, meterse en la boca del lobo“. Tras documentarse, Llamas ha podido argumentar toda esta problemática, y recrear con su ficción que, efectivamente, “no todo fue glamur y diversión, ni ver quién molaba más”.

Deja muy atrás la foto exclusivamente festiva. Más que en el pelo cardado, se fija en las ojeras de esas criaturas espectrales que pernoctaban por el centro urbano sin rumbo ni orientación a causa de las drogas. Es la tragedia apenas contada. Arranca la novela con una “muerte inaugural”, la de José Enrique Cano Leal, Canito, que dio pie al sonado concierto que se le dedicaría después en la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica , al que acudirían “los más modernos de la capital”. Llamas  nos invita a valorar aquel acontecimiento tan famoso más allá del mero “festival” para entenderlo como “el homenaje a un chaval de veinte años fallecido en un accidente de tráfico el 1 de enero de 1980, que anticipa todo lo que va a suceder el resto de la década”

Ninguno de los protagonistas de Todos estábamos vivos quiere perdérselo,  “allí estará la joven Adela, hija de una actriz retirada y un marqués; Diana, que tiene oscuros tratos con siniestros personajes que la buscan por toda la ciudad; Teo, el novio de ésta, que aspira a consagrarse como el cantante de moda y Ric, novio de Aldo, el chico para todo que arregla tuberías atascadas”. Al concierto “también acudirá Siberia, esa diosa punk que brilla con luz propia y parece atraer a todos y todas“. La mañana del día siguiente ya nada será igual: uno de ellos aparecerá muerto en un portal del barrio de Malasaña -homenaje a Enrique Urquijo– y “todos, de alguna manera, habrán perdido parte de su inocencia“. Atención a la “mezcla social”, al “desclasamiento” en el seno de esta pintoresca comunidad, porque es muy interesante cómo se nos transmite que “hijos e hijas de gente bien, educados para un mundo que no existe, intentan adaptarse a los valores de las clases populares”.

CAMEOS E HISTORIAS HUMANAS

Hay muchos “cameos” en este libro, “nombres que forman parte de la cultura de los años ochenta y décadas posteriores”, al de Enrique Urquijo se suman otros como el de Ana Curra, a quien tanto admira el autor. También “se cruzan sucesos recogidos en las crónicas de la época con otros de invención propia”. Aquí, Llamas no podría haber sido más exquisito: emplea un Bonus Track para aclarar qué es realidad y qué es ficción de todo lo que cuenta. Aparte de tratarse de su ética personal (a ver si cunde el ejemplo), demuestra con ese trabajo impecable que no necesita hacer trampas ni incurrir en extravagancias para atraparnos, y, además, es su manera de estimular al lector, de lanzarle el reto de una “lectura activa” que le dote de acicates y herramientas para investigar por sí mismo la Historia; y es así como retrata “los barrios de Malasaña y Chueca con su terrible situación de robos, drogadicción y tráfico de estupefacientes, mediante pinceladas de esas calles que configuran un telón de fondo que habla por sí mismo pero que, sobre todo, deja contar a los personajes sus historias humanas“. Es así como nos muestra el cuarto de atrás de la Movida Madrileña.

“No es una novela complaciente”. Y a una narración que engancha de principio a fin se le unen las virtudes de una estructura sólida y un giro de guion absolutamente maestro que nos hacen reconocer a Enrique Llamas como uno de los autores de mayor proyección de nuestro país.


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