LA LITERATURA ES UN MUNDO FANTASMAL

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Llevaba mucho tiempo queriendo detenerme en la lectura de Kwaidán (1903), la obra que Lafcadio Hearn, uno de esos creadores insólitos. El deseo se mantuvo durante años por el maravilloso recuerdo del delicado filme de Masaki Kobayashi, con el mismo título —conocido en España como El más allá— filmado en 1964, tres horas y tres minutos de preciosismo estético dando forma a los cuentos de fantasmas, recogidos por Hearn de la tradición japonesa.

Joaquín M. Aguirre


 

Las vueltas de la vida (en su caso, muchas) llevaron al autor a Japón y se convirtió en embajador de su cultura en el mundo. Kwaidán es una hermosa colección relatos con el otro mundo y sus personajes como protagonistas. 

Más allá del terror o lo fantástico, los cuentos de fantasmas decimonónicos, muchos de ellos conectados con la tradición y el folclore, son un reflejo magnífico de la cultura. El siglo XIX, tan positivista, recogió en los cuentos de fantasmas una salida de la realidad que podía llegar a ser asfixiante. Más allá de los de raíz folclórica, muchos fueron creaciones que mostraban otro mundo lleno de espíritus torturados por vidas insatisfactorias. Las historias de fantasmas, además, reflejan una estructura doble, este mundo y el otro —que suelen mantener una relación simbólica entre ambos—, conectados por alguna circunstancia deseada en unos casos y evitada en otros.

El mundo anglosajón nos dejó los cuentos de E.A. Poe, Charles Dickens, Henry James, de Oscar Wilde, con un puñado de obras maestras. Francia dejó buenas e inquietantes historias de mano de Guy de Maupassant. También había gusto por apariciones y regresos entre los románticos alemanes.

Jane Austen nos dejó una maravillosa descripción de las aficionadas a lo fantasmal en La abadía de Northanger, donde mostraba —con gran sentido del humor— a una joven lectora sometida a los excesos del género, una mente perturbada por autoras como Ann Radcliffe, una auténtica figura a finales del XVIII con increíbles éxitos de ventas por todo el globo. La joven veía el mundo a través de obras como Los misterios de Udolfo (1794), Horace WalpoleEl castillo de Otranto— o Matthew G. LewisEl monje, La novia ensangrentada—.

Kwaidán nos ofrece una visión del mundo de los espíritus desde Japón, recogiendo una tradición muy rica que todavía se mantiene y se refleja en su arte, como el caso de la película de Kobayashi, que recomiendo de forma encendida. No defraudará a nadie.

El relato que abre Kwaidán —que significa relatos de fantasmas— es “La historia de Mimi-Nashi-Hõïchi”. En este relato hay muchos aspectos interesantes y se introduce la figura del artista como elemento esencial.

Lafcadio Hearn comienza situándonos en su presente, el del recopilador de las viejas historias:

Hace más de setecientos años, en Dan-noura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heiké, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heiké, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennõ. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados… En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heiké, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heiké. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla. (Trad. de Carlos Gardini)

EL ARTISTA COMO MÉDIUM

En el relato fantasmal es importante apuntalar la realidad pues lo determinante son las conexiones entre los dos mundos. Cuanto más se perfile lo real, más inquietante se vuelve lo irreal fantasmagórico. Hearn comienza citando otra de sus obras donde, nos dice, ya se habló de ese fenómeno, el de los cangrejos Heiké, aquellos que llevan los rostros de los muertos en el mar. Un elemento sencillo, los cangrejos, se convierte en un reflejo del otro mundo dentro de esta la lógica de lo fantasmal que afecta al mundo real. Después Hearn nos explica que en el lugar de la batalla se construyó un templo budista y un cementerio junto a la playa “poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos”. El espacio se va construyendo ante nosotros y comprendemos su valor simbólico.

Pronto se nos introducirá al protagonista de la historia:

Hace algunos siglos vivía en Akamagaséki un ciego llamado Hõïchi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución del biwa. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hõshi profesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heiké y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura «ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas»

Lo que me interesa de la historia es el papel de mediador que se le atribuye al artista y a su arte. Es un tema recurrente en diferentes culturas el de los efectos mágicos del canto, ya sea como dominio de quien lo maneja o como forma de atracción. El cantor, en este caso un monje ciego, es también una figura con una característica arquetípica, un elemento esencial de la trama. Recordemos que, según la tradición, Homero era ciego. Pero es una cuestión vinculada con la tradición de lo oral, más allá de la cultura europea o de la japonesa. Recordemos nuestros romances de ciegos y la forma que tenían de ganarse la vida precisamente memorizando y recitando.

Mikel de Epalza (El Corán y sus traducciones propuestas. Publicaciones Universidad de Alicante) escribía sobre la importancia de los cantores ciegos en la tradición coránica: “La recitación del Corán es tradicionalmente, hasta ahora, un oficio especializado de ciegos, que no pueden leer, pero que por su deficiencia visual tienen una particular sensibilidad para la memorización oral y para las modulaciones de la voz.” Todavía hoy en los concursos internacionales de recitación del Corán, hay una categoría para “ciegos”. 

Lo que me interesa es precisamente que esa característica —la carencia de visión— es la que se aprovecha para la aparición fantasmal, pues el juego que se nos propone es precisamente la incapacidad del monje para ver a los fantasmas. El narrador nos describe cómo una noche Hõïchi quedó solo en el templo al ser llamado su compañero monje a atender un servicio religioso. En mitad de la noche, el monje ciego escucha una voz:
—¡Hõïchi!
—¡Hai! —respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador—. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!
—No hay nada que temer —exclamó el desconocido con voz más mesurada—. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaséki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tu biwa y me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

Ni que decir tiene, que dicha asamblea no es otra que la de los muertos en la batalla que se desarrolló en aquel lugar.

Pero el monje cantor no puede saberlo por su ceguera.

La gran ironía narrativa se basa en que el monje no se asustará porque no puede verlos. Hearn nos sitúa sabiamente en el punto del monje, dejándonos con la duda de quién compone el público. El hecho de que los muertos regresen a escuchar su historia tan bellamente interpretada es una maravillosa metáfora del poder del arte, pero también de su peligro. Los efectos sobre los muertos son inmediatos: “—¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hõïchi!“.

Escuchar tu propia historia, emocionarte con ella, es un elemento que confiere a la historia fantasmal un trasfondo esteticista, sobre el efecto del arte sobre nosotros mismos.

El recuerdo de lo vivido es diferente a la codificación estética, que eleva los hechos a otra dimensión otorgándole belleza. Los fantasmas vivieron como humanos su muerte, pero es al escucharlo cantar cuando la emoción les desborda, se conmueven ante su propia historia, la de su muerte. No se trata de que revivan lo pasado; se trata más bien de la superposición de lo vivido con lo experimentado estéticamente. La emoción nueva viene del arte del monje, de su pericia contando lo que ellos vivieron pero que les emociona como si no lo hubieran vivido y lo escucharan por primera vez.

TERRIBLE, BELLO E IRREAL

El arte tradicional japonés parte del principio de que la belleza se alcanza en la ejecución de lo ya dado, la obra que el paso del tiempo ha convertido en clásica. La cima es la interpretación, que es lo que le queda al artista. Es la interpretación bella de Hõïchi lo que saca de sus tumbas a los fantasmas. La sencillez de la historia nos introduce en la complejidad de la experiencia artística, en el misterio de los efectos del arte sobre nuestra sensibilidad. Es el arte de la ejecución lo que nos arrastra.

El monje será loado por las voces de los fantasmas y convocado a continuar durante seis noches hasta completar el largo canto. No debe decir a nadie a dónde sale cada noche, pero sus compañeros acabarán siguiéndole para resolver el misterio de sus desapariciones:

[…] los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hõïchi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennõ, tocando el biwa y entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación de Oni-bi.

Dejo a los lectores que descubran por ellos mismos el final de esta historia, de la que solo relataremos lo justo para nuestras explicaciones. No les defraudará.

Lafcadio Hearn colocó esta historia al inicio de Kwaidán. Creo que hacerlo tiene mucho de declaración estética. Él mismo está repitiendo las viejas historias tradicionales japonesas para un nuevo público. Hay veces en que los fantasmas regresan a molestar a los vivos, a hacerles pagar culpas o simplemente porque no encuentran cómo acabar con su propio vagar. Quizá los fantasmas de la batalla marítima esperaban a que alguien como el monje les conmoviera sus oídos con el canto de su propia muerte.

La Literatura es una suerte de otro mundo fantasmal. Está poblado por los seres que nuestra imaginación convoca bajo el influjo de la palabra. Leer es vivir en otro mundo, aunque por sea unos instantes.


LO

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