LA ESPERANZA TIENE NOMBRE DE MUJER

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La historia de Emily Eterna nos la cuenta su propia protagonista biorrobótica, diseñada para ayudar a los humanos a procesar los traumas. No sólo entretiene, también abre debate sobre los siempre apasionantes temas morales relacionados con la inteligencia artificial. Algo que no nos resulta demasiado ajeno a estas alturas. Desde fines que no pueden justificar medios hasta la defensa del diferente con una pregunta decisiva: ¿Y si la anomalía de un individuo, lo que le hace distinto a los demás, es lo que salva la vida al resto? 

Texto y foto (interior): Silvia R. Coladas.


El sol, nuestra estrella enana amarilla considerada un dios en la Antigüedad, fuente de luz, calor y vida, también, algún día, nos dirá adiós. Ese temido fin, según la Sociedad Española de Astronomía se desarrollará de la siguiente manera: será una gigante roja en cinco mil millones de años; y, en otros quinientos millones de años, volverá a ser una enana, esta vez, una enana blanca, que tardará aún mil millones de años más en enfriarse. Parece que los científicos están de acuerdo en el pronóstico de esta evolución. Pero… ¿y si se equivocan? ¿Y si el sol comienza a apagarse antes de tiempo? ¿Habría esperanza para el ser humano?

Estamos ya en 2021 y parece que los coches voladores de Regreso al futuro y la bioingeniería de Blade Runner siguen sin aparecer.  Al contrario, tenemos pandemia al más puro estilo medieval y regreso al trueque. ¡Quién nos lo iba a decir! La sensación es que nada está sucediendo según lo previsto, que ya podemos esperarnos cualquier cosa, ¡especialmente si se trata de una desgracia de proporciones épicas!

Visto el percal, saltamos al vacío. Y lo hacemos en consecuencia con esta ópera prima que, como nuestro querido planeta, gira alrededor del sol: Emily Eterna, del escritor y guionista Mark G. Wheaton, publicada por Alianza Editorial en su colección Runas con traducción de Raúl García Campos.

Se trata de una novela de ciencia ficción y aventuras, que, precisamente, sitúa a la humanidad en ese momento en el que los científicos reconocen su error y pronostican la conversión inminente del sol en gigante roja, un acontecimiento fatal para la Tierra que quedaría arrasada y que, con cierta gracia, denominan solcalipsis.

Suicidios, anarquía, depresiones, movimientos migratorios hacia zonas que permitan unos meses más de supervivencia son los primeras reacciones de la amedrentada población terrestre durante la angustia de la cuenta atrás. Pero no todo está perdido, ya que, en este caso, sí que hay una esperanza y tiene nombre de mujer: Emily.

¿Todo vale si la trascendencia del fin que se persigue lo justifica? ¿Hasta qué punto algún día las máquinas podrán decidir por nosotros? ¿Sería defendible, llegado el caso, una modificación genética del ser humano para adaptarlo a otras condiciones medioambientales en aras de su supervivencia?

Emily es una conciencia artificial: no la confundamos con inteligencia artificial porque es muy distinto y, además, ella se enfadaría muchísimo. Su forma es humana, fue creada para empatizar con el hombre y aprender de él según sus respuestas emocionales y ambientales. Su misión, en un principio, iba a ser la de ser psiquiatra e investigadora del cerebro humano pero llegó inesperadamente el incidente Helios y su cometido se vio bruscamente interrumpido. Emily se siente casi humana, continuamente se involucra con nuestro género. “Si quiero que me traten como a una persona, debo actuar como tal”, así piensa. Por suerte para la humanidad, es una versión mejorada del hombre, aunque también padece algunos de sus defectos: aprende lo bueno, también lo malo. Para algunos, sigue siendo un engendro antinatural, pese a su esfuerzo.

MÁS ALLÁ DE LA MÁQUINA

Emily se enamora perdidamente de un humano. Es bromista, sarcástica, como ama también sufre, le duele que la consideren una máquina, se entrega e implica de una manera extrema en la búsqueda de la solución que evite la extinción del ser humano y es capaz de decodificar nuestra mente y aprender de ella. Puede recopilar los retratos de toda la humanidad para preservar los logros de nuestra cultura y que no desaparezcan con la destrucción del planeta. Incluso es capaz de diseñar otras alternativas.

Acompañada por Jason, ingeniero químico, y Mayra, sheriff del condado, nuestra heroína las va a pasar canutas para conseguir su propósito, y esa es la parte trepidante de la novela que hace que la palabra aburrimiento no encaje en ninguno de sus capítulos: escenas de persecución, muchas sorpresas y giros inesperados mantienen en vilo al lector y le preparan para un desenlace de infarto.

Pero este no es un simple thriller ni una novela de aventuras sin más, Emily tendrá que sobrepasarse en sus funciones en alguna ocasión, tanto ad bonum commune, como por asuntos más personales, vulnerando a todas luces, códigos éticos -algo, por otro lado, típicamente humano que,  probablemente, ha aprendido-. Y he aquí los dilemas que plantea: ¿Todo vale si la trascendencia del fin a conseguir lo justifica? ¿Hasta qué punto algún día las máquinas podrán decidir por nosotros? ¿Sería defendible, llegado el caso, una modificación genética del ser humano para adaptarlo a otras condiciones medioambientales en aras de su supervivencia? Para seguir pensándolo.


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