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El recuerdo, las asociaciones, los vínculos, son formas de dar consistencia a esa realidad que nuestra mente es capaz de formarse como espejo del mundo. Eso es lo que tenemos, un espejo interior en el que se forman unas “imágenes” vívidas de lo que está fuera y lejos de nosotros. El “fuera” es un concepto espacial, pero el “lejos” tiene esa doble dimensión espacial y temporal. Lejos es a la vez espacio, pero es también tiempo. El “aquí y el ahora” se puede transformar en un “aquí o allí y entonces”, en donde nos desplazamos por el tiempo hasta traer al momento la experiencia, transformada por el tiempo y las vivencias asociadas.

Joaquín Mª Aguirre. Imagen portada: cubierta de Liquidación


 

Traemos o nos desplazamos por ese recuerdo que se ofrece a la mirada interior, llevado al escenario del teatro de la memoriaEl gran poder del lenguaje es su capacidad para crear unidades espacio-temporales. No otra cosa son los relatos. Hay gente que se cree sus propias invenciones y juraría, por lo más sagrado, que eso lo vivió sin asomo de duda.

Pero hay diferencias entre la patología de creerse las mentiras propias y esa otra forma de llevar al límite la imaginación viviendo internamente algo que está emparentado con los sueños. El lenguaje ha evolucionado en nosotros hasta hacernos capaces de crear descripciones de lo que hemos vivido o, por qué no, inventarnos la vida que no está a nuestro alcance mediante la fabulación. ¿No miramos con cierta envidia al niño que juega con su caja convertida en coche o tren, que hace carreras con chapas de botellas cuidadosamente pulidas en sus boxes imaginarios?

CURIOSOS E INSATISFECHOS

Dicen que el artista mantiene esa capacidad regresiva y puede disfrutar en su momento creativo de mirarse en su propio espejo, transformado, convertido en una suerte de Alicia viajera a un mundo donde todo es posible, donde la imaginación no tiene límite. Curiosidad e insatisfacción definen al artista. La necesidad de crear no es más que el deseo de traer lo imaginado a la realidad para ser compartido. Supongo que hay muchas motivaciones para la creación, pero creo que una gran parte de ellas tiene su origen en esa insatisfacción que Freud señaló. Por eso Thomas Mann, un freudiano con raíces culturales profundas, señalaba que era mejor que el mundo no supiera los desórdenes internos de los que salía el arte. Él sabrá.

Pero es, sin duda, el deseo, de un tipo u otro —quizás todos sean variantes de un mismo deseo— lo que nos mueve. Es un deseo de dar forma a lo imaginado, fase primera. Se desea lo que no se tiene, decía el filósofo, y sirvió para justificar desde la locura del amor insatisfecho a la búsqueda de ciudades perdidas para calmar las ambiciones desenfrenadas o conquistar el espacio.

Me encuentro con unos párrafos especialmente bellos e interesantes —también existe una belleza lánguida o aburrida— en el inicio del texto que da nombre a la obra La lengua exiliada, del que se nos dice que es el Discurso pronunciado en el teatro Renaissance de Berlín, en el año 2000, por el escritor húngaro Imre Kertész, galardonado con el Nobel dos años después.

El lugar es relevante, pues de lo que nos va a hablar es de la distancia existente entre el Berlín imaginado a lo largo de los años y el real, el que está pisando en esos momentos, frente a ese auditorio tan real como la ciudad:

Cada vez que llego a Berlín, me encuentro otra ciudad en este punto geográfico. De hecho, la palabra Berlín se filtró en el mundo de mi imaginación ya en mi primera infancia, como concepto, como imagen fonética que escondía un contenido incierto. Mi abuelo poseía una pequeña tienda, una mercería, como se decía por aquel entonces, donde vendía un determinado tipo de tela que se llamaba «tela berlinesa» o, simplemente, «berlinesa». Era una especie de tela de ganchillo con la que, aunque parezca extraño, se cubrían los hombros tanto las muchachas muy jóvenes como las señoras mayores del barrio budapestino de Ferencváros, cuyo ambiente quizá recordaba al del antiguo Kreuzberg. Poco tiempo después, la palabra se asoció a uno de los colores de mi caja de acuarelas, que se denominaba, invitando a la ensoñación, «azul berlinés». Más tarde, aprendí a reconocer la voz chirriante del Führer en la radio, pero no la relacioné en absoluto con las novelas berlinesas de Erich Kastner o de Alfred Döblin, que tanto me gustaban.

Sin embargo, sólo décadas más tarde conocí la ciudad en sí, plagada de ruinas y marcada por una división absurda. Ocurrió exactamente a finales de la primavera de 1962, pocos meses después de la construcción del Muro, del Muro de Berlín. Todo era un poco fantasmagórico, el destartalado aeropuerto de Schönefeld, los soldados de Alemania del Este cuyos uniformes y cuyo comportamiento recordaban a los antiguos soldados de la Wehrmacht, y luego la ciudad o, para ser preciso, una parte de la ciudad, que ardía, desierta, bajo un calor prematuro.

(Taurus. Trad. de Adan Kovacsics)

Me viene a la mente algo leído recientemente, una nueva incursión en el Bovary por motivos de un escrito solicitado para una conferencia. La fascinación que ejerce en Emma el simple nombre de París es un ejemplo de cómo nos atrae la magia de los nombres, de lo que podemos acumular en ellos, como ocurre con ese Berlín construido pieza a pieza, detalle a detalle a lo largo de una vida imaginada, que se cerró finalmente en 1962, año en el que la brutal realidad de un Berlín dividido, de una ciudad ocupada, aplastó a todos esos amables “Berlines” anteriores, los imaginados que habían llegado hasta él.

Quizá uno de mis momentos favoritos del libro de Flaubert es aquel que nos muestra el dedo de Emma recorriendo apasionadamente las calles sobre un plano parisino. Me parece una gran genialidad flaubertiana, un rasgo de profundidad psicológica.

Como mi trabajo me acercaba también a Goethe, me resultó una agradable coincidencia las confesión encontrada en sus memorias de otra lectura dactilar del espacio para realizar viajes fantásticos sobre un mapa mundi.

Es como si el dedo saltara sobre la ceguera de la realidad y permitiera una especie de braille de la imaginación. La sensación del dedo deslizándose sobre el papel del plano contribuía a reforzar la intensidad imaginativa del momento, dotándolo de una extraña sensibilidad. Ese dedo vicario recorría el París de Emma en carruaje o eran los navíos surcando los mares de un Goethe infantil, momentos todavía recordados con placer.

Muchas veces, las cosas llegan a nosotros primero en palabras, en signos. Surgen en nuestro interior como semillas que van tomando forma al hilo de asociaciones y de nuevas entradas por múltiples vías. Unas imágenes, un relato, un comentario, una sensación.

Las palabras ayudan a dar forma a esas ciudades imaginadas, construidas de evocaciones que se entretejen. Escribe el escritor húngaro, más adelante, en su discurso:

[…] He aquí Berlín, el azul de la infancia y la rampa de Auschwitz-Birkenau: tres imágenes que se relacionan de forma orgánica para formar una única asociación de ideas en mi interior. Me falta un cuarto elemento, la levadura de la asociación, por así decirlo, la que da vida a estas imágenes y las llena de contenido: el lenguaje.

Berlín, Parísla Venecia de Mann, la Nueva York de John Dos Passos, el Moscú de Dostoievski, el Londres de Dickens, El Cairo de Naguib Mahfouz, el París de Baudelaire o de Proust… Esos espacios se forman en nosotros, crecen con nosotros, nos llegan con sus tintes emocionales. Lo hacen gracias a la magia del lenguaje. No es un privilegio único de la Literaturapintura, fotografía, cine, música…—, pero quizá la palabra tenga una capacidad especial, un equilibrio entre sonido, imagen, idea y sentimiento. Por eso la importancia de la palabra justa flaubertiana, la que despierta la sensación. Cuanto más se deja a la imaginación, cuanto más podemos aportar nosotros en las lecturas para recrear esos mundos, más personales son y más intensa es esa levadura de la asociación, como lo llamaba Imre Kertész.

Hasta el realismo más agresivo y detallado necesita de la conspiración imaginativa. Las palabras son llaves que abren puertas, las de las experiencias vividas, las de las experiencias soñadas, las de los lugares imaginados. El tiempo todo lo convierte en real, lo soñado y lo vivido. Todo es recuerdo. El instante, como nos enseñó Fausto, no se detiene; pero el recuerdo vuelve, vívido, transformado con los tintes de la palabra. Ser es recordar. Y recordar es juntar emociones, lugares y hechos con palabras que nos decimos al evocar y transmitimos a otros que vivirán esa emoción. Eso es el arte de la palabra, la levadura que junta y hace crecer, que permite revivir y experimentar como vivencia nueva a quien lo recibe y lo hace suyo.


LO

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