LA ‘CONEXIÓN BRUSELAS’ DE NACHO ESCUÍN

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Esta atípica rentrée literaria no frena a escritores como Nacho Escuín, inmerso en los preparativos del tour de otoño de su primera novela, Los papeles de Bruselas, con la que tiene previsto acudir próximamente, y hasta fin de 2020 si la situación sanitaria lo permite, a distintas presentaciones, ferias y festivales de España con citas destacadas en las comunidades de Madrid y Aragón. Viajes para reflexionar sobre viajes: nos embarcamos en compañía del autor para repensar las razones y consecuencias de esa itinerancia, exterior e interior, a la que se viene entregando en cuerpo y alma el ciudadano del siglo XXI.  

Juan Bagur Taltavull. Fotos: Carlos Gúrpegui.


De su condición de poeta, Nacho Escuín mantiene la mirada íntima en su primera novela, Los papeles de Bruselas. Nos revela, tras la anécdota de la ficción, el mundo interno de los habitantes del siglo XXI. O, por lo menos, nos presenta una realidad en la que muchos nos vemos reflejados, porque expone la búsqueda de la identidad personal a la que la mayoría de seres humanos dedicamos nuestra vida. Y lo hace recordando dos de los grandes problemas que encontramos mientras nos ocupamos en esta ardua pero esencial tarea: la circunstancia estandarizada y falsamente ordenada en la que nos movemos, y el yo recubierto de máscaras al que nos conduce nuestra voluntad de sentido. Ambas situaciones, me da la impresión, se entienden desde una de las palabras fetiche de nuestra era: la conexión.

Vivimos en un mundo paradójico, conectado en apariencia, pero aislado en presencia. Como el autor, podemos viajar por las grandes capitales del mundo –París, Roma, Nueva York, Viena, Budapest–, y disfrutar con lo que todavía pueden ofrecernos. Sin embargo, a la vez percibimos que los nexos de la globalización conducen a una homogeneización que no ayuda a que descubramos nuestra identidad. El autor lo expone a través de un escenario de los tiempos modernos que aparece de principio a fin de la novela: el Starbucks.

Si en otros momentos de la Historia los individuos se integraban en una comunidad a través del idioma, la religión o la cultura, hoy una cadena de cafeterías se constituye en “el nuevo templo de nuestros tiempos”. Y, al igual que los creyentes de cualquier religión, al entrar en sus santuarios, “es el lugar en el que puedes imaginar a cualquier persona que habite en cualquier lugar haciendo exactamente lo mismo que haces tú”.

Los seres humanos, lanzados sin pedirlo a una vida cuyo primer dato es el caos, buscamos seguridad de cualquier manera posible. Incluso para beber, y por ello nos sentimos como V., cuyo café le permite “pasear con él en la mano por todas las calles sintiéndose uno más dentro de ese todo”.

Por otro lado, si la globalización ha construido individuos aislados y estandarizados, también ha generado el escapismo de las redes sociales. Aquí no son las naciones, sino las personas las que se conectan directamente, y si en el primer caso el resultado es el nihilismo, en este es la hipocresía.

El protagonista nos muestra cómo fantasea a través de Facebook o Tinder, colocándose máscaras que le permiten construir múltiples identidades, con las que se relaciona con los demás presentándose tal y como quiere ser. Hoy en día se critica esta actitud, tachándose de deshumanizadora. Pero es profundamente humana: persona significa “máscara”, y así es porque los griegos y teólogos cristianos entendieron que los seres humanos desarrollamos nuestra identidad a partir del papel que representamos en el mundo. El problema radica en no acoger este rol desde la autenticidad que brota de nuestra vocación particular, siguiendo, por el contrario, esa falsa personalización a la que conducen en última instancia las redes sociales. Por lo menos, cuando la máscara que nos colocan no forma parte del traje que define la profesión de nuestra vida, sino del disfraz que lo esconde e impide que aflore. Algo que le ocurre al autor, quien, al darse cuenta, decide abandonarlas tras jugar mucho tiempo con ellas. Se aísla para encontrarse, comprendiendo que, al desencadenarse del mundo exterior, podrá enlazar a través de la conciencia con su mundo interior.

VOLVER AL PAPEL 

Sin embargo, es un proceso que ya había iniciado antes a través de la literatura, lo que indica que la vocación de escritor le sirve también para descubrirse a sí mismo. A lo largo de toda la obra son continuas las referencias literarias, a obras tan diversas como El sueño eterno de Raymond Chandler, Nadie conoce a nadie de Juan Bonilla, o Historias del Kronen de José Ángel Mañas. Acontecimientos y actitudes de todo tipo son descritas al relacionarse con estas narraciones, mostrándonos así la dimensión salvífica de la literatura.

Como escribía Vargas Llosa, frente a la sociedad del espectáculo en la que estamos inmersos, la cultura nos ayuda a acceder mejor a la realidad y tomar conciencia de ella. No sirve para evadirnos, como muchas personas creen, sino todo lo contrario: al identificarnos con los protagonistas de los libros que leemos, podemos protagonizar nosotros la búsqueda de nuestra identidad. Dejamos que este proceso dependa algo menos del azar, y un poco más de nuestro compromiso con el mundo que comprendemos mejor.

Pero con un mundo real, no virtual. Si el autor decide su apagón digital al final del viaje existencial que nos relata, es porque ansía la “vuelta a un mundo analógico de verdad”. Descubre que lo importante es “volver al papel para no dejar de sentirse uno mismo”, y con ello deja una enseñanza que sirve a todos, y no únicamente a los miembros de su profesión: en cierto sentido, todos somos escritores, porque la existencia humana es una autobiografía. Así la definía Ortega, quien precisamente hacía de la autenticidad el fundamento de la ética.

A lo largo de la Historia de la humanidad se han escogido diferentes profesiones como arquetipo de la existencia. Casi siempre ha sido el guerrero o soldado el modelo a seguir, aunque otras veces ha sido el granjero o el trabajador manual. Pero el escritor también es un arquetipo que toda persona debería seguir, porque nos enseña con la búsqueda de la verdad a través de la palabra el camino de la redención.

Cierto es que con ello no solucionamos nada definitivamente, porque en nuestro viaje por el mundo nunca sabemos si hemos llegado al punto de destino buscado. Como el autor, nos vamos al carajo al cruzar toda puerta de embarque, es decir, cualquier momento crucial de nuestra vida. Sin embargo, las dificultades que encontramos al traspasar el umbral pueden ser superadas si las afrontamos auténticamente, o lo que es lo mismo, conectados con nuestra alma y con la de los demás a partir de nuestra vocación.


LO

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