EN LA CASA DE OZON Y MAYORGA

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El actual confinamiento que vivimos nos remite en nuestro imaginario de ficción a títulos como En la casa de Ozon. No nos resistimos al impulso, recuperamos la película del cineasta francés y completamos la jugada con el correspondiente clásico moderno patrio, de Mayorga, ese inolvidable longseller, punto de partida, que no se resiente con el paso del tiempo: El chico de la última fila (La Uña Rota).

Maica Rivera


 

Muchos somos El chico de la última fila de Juan Mayorga. Y quienes nos reconocemos en la bancada del fondo, entramos de cabeza En la casa de François Ozon.

Hace ya casi tres lustros que conocimos al personaje del joven Claudio en el teatro Tomás y Valiente de Fuenlabrada (Madrid), bajo la dirección de Helena Pimenta. Sobre aquel escenario descubrimos el primer rostro del protagonista de esta historia de historias, estudiante marginal,  outsider pero artista nato que se agiganta salvaje y oscuro ante los  ojos atónitos de su profesor de Lengua y Literatura, Germán, a la vez que invade la intimidad hogareña de su compañero Rafa Artola en busca de inspiración para escribir. La obra, premio Max al Mejor Autor en 2008, es una pieza maestra con muchas vidas, muchas traducciones: francés, italiano, portugués, rumano… Traspasó definitivamente fronteras imparable en 2012 con la espléndida adaptación cinematográfica de François Ozon, Dans la maison, Concha de Oro y premio al Mejor Guión en el Festival de Cine de San Sebastián.

Mayorga, el mejor dramaturgo español contemporáneo,  siempre se ha manifestado “encantado con todos los actores teatrales que han defendido” la obra, “encantado” también con la interpretación  para el cine de Ernst Umhauer que, en el papel de Claudio, da la réplica en el filme a Fabrice Luchini (e, indirectamente, a Kristin Scott Thomas, esposa del profesor).

Ozon trabajó con una total libertad que utilizó “de forma muy responsable y productiva”, a juicio del dramaturgo, quien siempre le consideró una de las grandes personalidades del cine europeo. No decepcionó Ozon con su “triple traducción”: al mundo francés, al lenguaje cinematográfico y al universo propio, sin dejar de custodiar “lo fundamental e innegociable: el encuentro entre estos dos seres extraños, Claudio y Germán, en una historia que habla sobre la necesidad de las historias, de contarlas y que nos las cuenten, la necesidad de contar la nuestra propia y estar en las de los otros”. Juan Mayorga lo tiene muy claro: “Escribo teatro para que la mía no sea la última palabra”, y de la adaptación valoró mucho en su momento que el cineasta ensalzase los aspectos hitchcockianos del texto y que mostrara esas ventanas invisibles de la cuarta pared. Ya presintió, de alguna manera, la afinidad entre ambos desde que tuvo la oportunidad de ver por primera vez la película Swimming pool.

NI SIQUIERA LA LLUVIA

Sabemos que Ozon disfrutó mucho de poder introducir al espectador dentro del proceso creador y hacerle formar parte de él, tocando temas serios, profundos y difíciles. Le resultó muy interesante poder trabajar el tema de la educación, más teniendo en cuenta que sus padres dedicaron la vida a la docencia

El propio Mayorga, también dedicado durante años a la enseñanza, nos deja este mensaje en la última versión del texto, publicada junto a un ensayo del filósofo Carlos Thiebaut por la editorial la Uña Rota: “Es una obra sobre la escuela, y en la escuela nos lo estamos jugando todo, como qué sociedad y qué mundo queremos”. Se trata, nos describe, de “maestros y discípulos; padres e hijos; personas que ya han visto demasiado y personas que están aprendiendo a mirar; el placer asomarse a las vidas ajenas y sobre los riesgos de confundir vida y literatura; los que eligen la última fila: aquella desde la que se ve todas las demás”

Releyéndolo, nos reafirmamos en que el sugerente texto de Mayorga es mucho más perturbador que su versión cinematográfica. Y de entre  todos, el primer montaje (“bello, hiperteatral, mágico e hipnótico”) de Pimenta y el escenógrafo José Tome, para quienes originalmente fue escrita la obra, es el más fiel al espíritu dramático original.

Pasamos las páginas, y nos encontramos con referencias a Hermann Hesse, Dickens, Chéjov, Cervantes, Kafka, James Joyce; y con citas a Bartleby, el escribiente, El guardián entre el centeno, La montaña mágica, Los tres mosqueteros, Guerra y paz, Los hermanos Karamázov. Pero, sobre todo, nunca olvidemos que el momento cumbre de la obra, la transfiguración del protagonista, llega con un magnífico homenaje a E.E.Cummings por parte de Mayorga con un verso: “Ni siquiera la lluvia baila tan descalza” (Nobody, not even the rain).


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