La lectura tiene mucho de lucha. Te enfrentas al deseo irrefrenable de hacer tuya la historia, por un lado; por otro te enfrentas a quien está al mando, el autor, que trata de imponer su visión inamovible del universo fatalista que ha fabricado. Hay lectores que se dejan llevar con cierta aceptación resignada; otros, en cambio, sufren por no poder hacer suyas esas historias.

Joaquín Mª AguirreFoto portada: fotograma Vivir (Yimou Zhang, 1994)


 

La lectura es un poderoso desarrollador de la imaginación. No se trata solo de los argumentos, sino del análisis de los personajes, la recreación de los espacios, el relleno de huecos de la trama, etc. Para leer necesitamos mucho más que un diccionario, saber qué significan las palabras, ya que estas son usadas de formas nuevas o describen un mundo que debemos reconstruir, darle forma en nuestra imaginación.

El escritor juega dejando parcelas para la imaginación del lector, espacios en los que él debe construir, ser activo en la obra, que siempre es mucho más que lo que está escrito en el papel. Las palabras insinúan más que dicen; no nos limitan, sino que nos impulsan a ser activos imaginativamente. Nada es más pesado que un autor que abusa de los detalles. En ello se ve al mediocre. Se anticipa en su precisión a lo que hará su editor cien años después como nota erudita a pie de página. La palabra precisa no es la que nos dice todo, sino la que nos ayuda a encontrarlo.

El gran novelista chino, Yu Hua, en su obra China en 10 palabras, cuenta con enorme gracia lo que era una desgracia creciente, la desaparición de páginas en las ediciones que pasaban de mano en mano durante la Revolución Cultural. Los libros que le llegaban de forma clandestina, las grandes novelas eran cada vez menos grandes, pues no había lector que no perdiera una o varias páginas del principio o del final.

Entre lo que los censores arrancaban y los lectores devotos guardaban, las novelas encogía por sus partes más sensibles, el principio y el final. Dice Yu Hua que las páginas del principio podían ser ignoradas, pero que la falta de los finales era una tortura auténtica, por lo que se decidió a inventarse los finales allí donde se habían perdido (“How these stories without resolutions made me suffer! Nobody could help me, so I began to think up endings for myself“). No es un mal ejercicio para hacer trabajar la imaginación.

Hay algo en el cerebro humano que necesita completar las historias, cerrar los círculos. Cuando leemos bien, nuestra mente va recogiendo todos los cabos sueltos y especula con ellos durante la lectura. El lector llega al final del libro que puede ser como un hondo barranco, con oscuridad al fondo, o una plácida ladera por la que desciende contento, o puede encontrarse con cosas que no esperaba ni por asomo.

Escribe Yu Hua en su obra que, con el tiempo, fueron gustándole más algunos de los finales que su imaginación se inventaba frente a los originales, a los creados por los autores de las obras. La necesidad de cerrar la historia era tan fuerte que su imaginación trabaja activamente proyectando lo que ya sabía hacia el futuro de sus personajes. Algunos pensarán que era el escritor que llevaba dentro, pero creo que más bien es la imagen del lector insatisfecho que todos podemos ser.

Las palabras insinúan más que dicen. Nada es más pesado que un autor que abusa de los detalles. En ello se ve al mediocre. Se anticipa en su precisión a lo que hará su editor cien años después como nota erudita a pie de página. La palabra precisa no es la que nos dice todo, sino la que nos ayuda a encontrarlo

En realidad, la distancia entre autores y lectores es relativa y circunstancial. Quiero decir que no suele importar mucho quién lo ha escrito, sino la consistencia de la historia y su vida azarosa de mano en mano, de siglo en siglo. El arte de la escritura consiste en hacernos desear llegar a la siguiente página. El verdadero contador de historias es un secuestrador de voluntades. Mientras leemos, si de verdad estamos disfrutando de la historia, avanzamos por ella al galope. Cuando somos lectores más experimentados, aprendemos a ir al trote para degustar los momentos. El lector veterano va más bien al paso, disfrutando de cada instante de la lectura, recreándose en el recorrido. Galope, trote y al paso nos permiten sacar el rendimiento adecuado a cada texto y en cada momento de la vida lectora. El joven lee a enorme velocidad, los viejos leen, por el contrario, despacio, degustando las cosas sabiendo que no te llevas nada, pero que cada instante se puede hacer durar con la imaginación.

EL GENIO EN LA LECTURA

La historia de Yu Hua es muy educativa. Es un ejemplo de cómo la vocación lectora hizo despertarse su vocación de escritor —que él cuenta también con mucha gracia—. Creo que el genio está en la lectura, que sin él es imposible avanzar. Quizá el escritor es el lector que no encuentra un libro que desea y lo escribe. En eso se distingue del lector nato, aquel que quiere libros y más libros.

¿Por qué leemos? Porque nos encantan las historias, nos dicen unos teóricos; otros ponen el énfasis en el placer que nos da jugar con las palabras. Creo que todo tiene que ver con el lenguaje, la identidad, la memoria y la imaginación. Creo que con esos cuatro elementos se podría articular una consistente teoría sobre un animal que imagina y otros que quieren conocer sus sueños, lo que su imaginación fabrica. ¿Y la identidad? Buena pregunta…, quizá no sea más que el globo que rellenamos con historias, unas más fantásticas que otras. Quizá nosotros mismos no seamos más que una de esas novelas a las que les faltan los primeros capítulos y a la que nunca llegamos a escribir el final.

El mundo está lleno de seres que viven, pero muy pocos son capaces de creerse sus sueños y convertirlos en pasado y futuro. Muchos pueden recordar lo que les ha ocurrido y convertirlo en experiencia. Nosotros somos capaces de convertir en experiencia lo que nunca ha ocurrido. Quizá porque ocurrir es un verbo al que no hay que exigirle demasiado y se puede utilizar para las vidas que corren por nuestra cabeza cuando escribimos y cuando leemos.

No hay metáfora más vitalista que esos libros con finales posibles y principios olvidados que el novelista Yu Hua se tuvo que inventar.


LO

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