EL DIOS DE DON JUAN TENORIO

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Defendemos en estas fechas al Tenorio de Zorrilla como mandan los cánones: a capa y espada. La historia de redención del ruin, calavera y libertino de la Sevilla del siglo XVI, que comienza en los días de Carnaval y termina en el Día de Difuntos, es la obra más representada en los escenarios españoles y, más que nunca en este tiempo difícil para el teatro y la cultura, la reivindicamos como parte de nuestra más valiosa, rica y brillante tradición patria.

Maica Rivera.


 

Me emociona tanto el Tenorio de José Zorrilla (teatro de la Cruz, 1844) porque muestra la conversión del hombre en toda su complejidad. A Don Juan le conocemos en el esplendor de su mezquindad, en la apertura del primer acto con antifaz al grito de “¡Cuál gritan esos malditos!”, con el escenario de la famosa Hostería del Laurel donde le vemos fanfarronear al resolver la apuesta cruzada un año atrás con Don Luis Mejía: es el suyo el más largo listado de muertos en desafío y mujeres burladas a quienes  enamora, consigue, abandona, sustituye y olvida en una hora, “desde una princesa real a la hija de un pescador”, sus fechorías con las damas no distinguen escala social. Nos da cuentas de sus tropelías contra la razón y la justicia, de cómo va dejando “memoria amarga” allá por donde pasa, y anuncia públicamente el colofón con que piensa concluir su vil carrera donjuanesca: seducir a una monja.

Pero sabremos que algo empieza a cambiarle por dentro en el segundo acto, VI escena del drama: “Empezó por una apuesta,/siguió por un devaneo,/engendró luego un deseo/y hoy me quema el corazón”, se confiesa el calavera, a punto de dejar de serlo, en uno de los grandes momentos de la obra, de anagnórisis, me atrevería a decir, porque todos llevamos dentro el héroe escondido, oculto, tantas veces disfrazado, esperando a ser despertado, o mejor: liberado.

¡Ah, y nosotros que, como Brígida, le pensábamos un libertino sin alma ni corazón!, de repente, nos sale con esas: se ha enamorado de verdad de Doña Inés, y la venda se le cae de los ojos, comienza a salir de la oscuridad de su maldad. Qué sencillo y qué complicado a la vez. Qué poco verosímil puede parecernos hoy pero qué veraz es, en verdad. Real como la vida misma, más allá de la platea y las gradas. Porque de esta forma y no otra comienza siempre el triunfo limpio de la luz frente a las tinieblas, qué lejos queda la realidad, sin embargo, de ese icono pop del maldito irredento, plano y lineal, que ahora campa alegremente en los terrenos de la ficción, frente a la imagen en carne viva del Tenorio.

Es así como me gusta el Don Juan Tenorio de Zorrilla en escena, sin adulterar, sin adaptaciones extravagantes, sin despojarle del dogma católico y su moraleja. No somos pocos la resistencia que apostamos, sin complejos, por el montaje clásico. Y por esa invocación/rezo final que no necesita más aditivos ni atrezzo: “…que si es verdad/que un punto de contricción/da a un alma la salvación/ de toda una eternidad/yo, Santo Dios, creo en Ti;/si es mi maldad inaudita,/tu piedad es infinita…/¡Señor, ten piedad de mí!”, seguida del feliz desenlace: “Mas es justo; quede aquí/al universo notorio/que, pues me abre el purgatorio/un punto de penitencia,/es el Dios de la clemencia/el Dios de Don Juan Tenorio“. Ahí queda la eclosión dramática del aspecto salvífico in extremis, la poderosa imagen literaria del canalla que se redime por el amor puro de una novicia. Salvación al pie de la sepultura. Hasta el último momento, esperanza, siempre. Y perdón, arrepentimiento mediante.


LO

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