EL DETECTIVE GUERRERO ABRE EL OTOÑO LITERARIO LEONÉS

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Yo, detective, primer título de la colección Crimen & Misterio (Eolas&Menoslobos, editores Decapitados), inaugurará el Cambio de Estación en León. Será el próximo 21 de septiembre a las 19:30 h, en el Salón de los Reyes (Plaza de San Marcelo, 1), con una charla entre su autor, Rafael Guerrero, y el editor Héctor Escobar, quienes descubrirán mano a mano las principales claves narrativas de esta impecable autoficción

Literocio. Foto: Maica Rivera.


 

Comienza la andadura de la colección Crimen & Misterio con el inicio de esta prometedora saga de corte clásico pero escenarios muy reconocibles y de máxima actualidad. Rafael Guerrero empieza a descubrirnos sobre el terreno las caras de la violencia, el crimen y el mal del siglo XXI a las que él mismo se enfrenta diariamente en su desempeño profesional. Para hablarnos de esos viejos enemigos, mucho más peligrosos que nunca, que nos acechan desde rincones inéditos por los que todos transitamos, el escritor comparecerá en el auditorio leonés en esta convocatoria auspiciada por el Ayuntamiento de León.  El punto de partida será la doble historia de su novela. Carla, amenazada de muerte por su exmarido, se ve obligada a huir sin dejar rastro adoptando una nueva identidad. Lo pierde todo para tratar de salvarse ella. A la vez, en otras exóticas latitudes, un joven enamorado que ha viajado a la India para conocer a su futura familia política, desaparece repentinamente, secuestrado, quizá asesinado, quizá ya reencarnado. Los que se van se cruzan con los que no vienen porque nadie está donde debería o querría estar. “Ni siquiera yo, detective”.

LO: ¿Quién es Rafael Guerrero?
RG: Eso quisiera yo saber a veces, otras no. Quizá por ello escriba a deshoras, para dar con una respuesta convincente a la pregunta más sencilla e incómoda de contestar. Oficialmente y hasta la fecha, solo soy un detective privado de verdad que, de noche en noche, va narrando lo que observa y vive cada día en su oficio hasta que pone el punto final y consigue dormir un poco.

LO: Yo, detective… ¿Es juramento, amenaza o confesión?
RG: Como mucho, supondría una advertencia a mí mismo: “No te metas en más berenjenales, deja la realidad en paz”. Pero no es el caso. Yo, detective, es una reflexión, una introspección, y, en términos literarios, el resultado de dos historias potentes que se cruzaron en mi camino, primero como investigaciones y, más tarde, como líneas argumentales.

LO: ¿Cuánta realidad es capaz de soportar una novela?
RG: Se supone que “el papel lo aguanta todo”. Otra cosa es lo que aguante el lector y hasta dónde pretende llegar el escritor. En general, dentro y fuera de la literatura, la realidad termina por ser insoportable salvo para unos pocos privilegiados. De ahí la necesidad de decorarla, adulterarla, torcerla, magnificarla o edulcorarla. Lo inventado se digiere con mayor facilidad, se justifica en tanto que es creación y no se somete a los mismos juicios que los hechos reales. La autoficción es, o debería ser, un punto intermedio.

LO: No bajarás dos veces al mismo río… ¿y al mismo caso?
RG: Lo que se cuenta es siempre una interpretación a posteriori de lo ocurrido. Hasta los recuerdos más vívidos son invenciones del cerebro, a veces ni siquiera existieron y se enraízan en una simple fotografía descontextualizada o en un anhelo. Necesitamos reconstruirnos continuamente para sobrevivir, para soportarnos. Para mí es
mucho más importante la verosimilitud de una narración que la fidelidad al origen, misión, por otra parte, imposible debido a mil razones: confidencialidad, legalidad, pudor, etc. Y es mejor para el lector evitarle los detalles más prosaicos de un seguimiento, creedme.

LO: ¿En qué autores se inspira?
RG: Me fascinan los diálogos contundentes, breves, cincelados en mármol, de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y William Faulkner. Admiro el estilo de Manuel Vázquez Montalbán, es único describiendo atmósferas y estados de ánimo. En el aspecto procedimental, P. D. James y Arthur Conan Doyle son insuperables. En fin, hay tantos autores, Henning Mankell, Juan Madrid, James Ellroy… Para armar lo no estrictamente ficcionado, apelo a los caracteres y formas de hablar propios de las personas que han aparecido en mis investigaciones reales. Un toque de costumbrismo, de calle.

NOVELAS DE DOBLE FILO

LO: ¿Novelizar sus casos le sirve de terapia? ¿Exorciza demonios?
RG: Escribir, incluso la lista de la compra, suele resultar una actividad terapéutica, mientras escribes no estás matando gente, por lo menos no a gente de carne y hueso. Se supone que ayuda a ordenar los pensamientos, relativizar, tomar perspectiva; y sosiega el alma (no del todo), relega los instintos más primarios, potencia el uso de la razón (para el que la tenga). Sin embargo, cuando te enfrentas a la hoja en blanco, te asaltan las dudas (más dudas todavía), los miedos, las inseguridades, te coartan las exigencias comerciales, el criterio del otro… Entonces la terapia ya no es tan eficaz. Meditar y transcribir lo pensado son armas de doble filo, la creación discurre sobre un alambre muy fino, igual te sustenta que te corta por la mitad, de ahí su encanto.

LO: ¿Qué nos cuenta de la historia de amor inesperada?
RG: A veces, suceden esas cosas. Mejor no adelantar detalles, no hacer más spoiler del necesario, y descubrirla así como surge en la novela porque así sucedió en verdad, por sorpresa.

LO: ¿Alguna tentación de dar un final feliz donde no lo hubo?
RG: Nunca, la vida no es como debería ser, ni como nos gustaría, es como es. En mis novelas visibilizo personajes que están en nuestro entorno: tu vecino, tu hermano, tu madre, tú mismo en una tesitura que hoy ni prevés ni imaginas. Los finales felices impostados restan valor a la aventura de aguantar en pie con lo que tenemos, con lo que somos. Una novela está obligada a terminar pero, en la realidad, los puntos finales (felices o no) son más puntos y aparte.

LO: ¿Por qué escribe un detective? ¿Por dejar testimonio, por denunciar o el arte por el arte?
RG: Por placer cuando la historia fluye, por tozudez cuando se atasca, por comprender y recomponer lo que me rodea, por homenajear a los libros que leí, por revivir lo que me marcó, por reírme de lo que antes me provocó zozobra, por el maldito insomnio y las muchas horas de guardia en las que anoto ideas que serán tramas, y por los cócteles de los saraos editoriales. La denuncia, si la hubiera, prefiero que esté implícita en el texto, no que este sea un panfleto tendencioso o segado. Es más respetuoso invitar al lector a que extraiga sus propias conclusiones.

LO: ¿Cómo es España en contraste con la India como escenario criminal?
RG: La noche y el día. Los contrastes no son solo culturales y eso determina la manera de desenvolverse allí profesionalmente en asuntos relacionados con la seguridad, la obtención de información, los procedimientos legales, etc. Si ya nos debemos a la discreción, en un país como aquel esa es una condición imprescindible, no llamar la atención, rehuir los enfrentamientos, adaptarse a su idiosincrasia y a sus imponderables. Es difícil trabajar tan lejos de casa, con recursos escasos y un margen de tiempo limitado. Casi todo está en contra y la ayuda local cobra especial
importancia, es clave para sacar algo en limpio, algo válido y útil que presentar al cliente.

LO: Los clientes que le contratan en Yo, detective, ¿son representativos de su cartera real?
RG: Son representativos de mi agenda profesional. Ambos fueron reales, me llegaron así al despacho y los afronté, en esencia, tal y como los relato. Jamás identifico a los implicados ni doy pistas para que puedan ser reconocidos o señalados, eso tiene rango de ley en mi código deontológico. Lo que me interesa es que el lector empatice con ellos precisamente porque sus historias, en algún momento, podrían ser la suya.

LO: ¿El detective indio Ajit Thakur que le da soporte en la aventura, es real o inventado?
RG: Completamente real, solemos vernos en el congreso mundial de detectives que se celebra anualmente en una parte distinta del mundo, donde aprovechamos para recordar entre risas, y no tantas risas, la locura de investigación que nos unió. Es un tipo muy entrañable y me hizo ilusión incluirlo en la novela para agradecerle los servicios prestados. Esta historia le debe mucho a su profesionalidad y humanismo.


LO

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