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“Todo ha terminado. Recibí una carta de Severn ayer por la noche donde me dice que el pobre Keats murió el 23 de febrero […] Te digo sin dilación para que la señorita Keats no se entere de esto por los periódicos o a través de otros medios”. Es la misiva con la que Charles Brown comunicó a William Haslam el fallecimiento en 1821 de uno de los más excelsos poetas románticos ingleses. La encontramos en la edición de la antología de las Cartas keatsianas de El libro de bolsillo de Alianza editorial. Selección, traducción, introducción y notas de Ángel Rupérez.  

Maica Rivera. Portada: Retrato de William Hilton.


 

El editor y traductor nos habla de “cartas que son mundos” para presentarnos esta preciosa recopilación que, en este bicentenario del fallecimiento del poeta, resulta una lectura imprescindible. Nos explica que John Keats escribió numerosas cartas a entre los años 1816 y 1820, es decir, entre sus veintiuno y sus veinticinco años; y que, entre sus corresponsales, se encontraban sus amigos, sus editores, P.B. Shelley -“poeta y rival”-, sus tres hermanos George, Tom y Fanny, y su gran amor, Fanny Brawne.

Sólo dejó de escribirles “cuando la enfermedad le empezó a destruir a pasos agigantados, ya instalado en Roma, sin ninguna esperanza de recuperación, incapaz no sólo de redactar las cartas sino de leer las que recibía de Inglaterra“.  

Se nos invita a leer esta emocionante recopilación de textos personales en clave de “la autobiografía que todos anhelamos tener de muchos de los creadores a los que admiramos”

Suscribimos las palabras de Rupérez: no nos cabe duda de que se trata de uno de los documentos más fascinantes de la literatura inglesa, “entre otras cosas porque permite asomarse a la vida real de Keats tal cual había sido y tenido lugar, en unos ambientes que poco tenían que ver con los que aparecen en sus poemas“.

Atención, mitómanos a salvo: “Las cartas de Keats también contribuyen a sostener la aureola de grandeza encendida por sus poemas, porque late en ellas, en su apariencia multifacética, una dimensión estética que sobrepasa la estricta funcionalidad con que fueron escritas”.

Como Rupérez, también hemos sentido siempre que Keats vivía permanentemente las consecuencias de un terremoto. También esto se encuentra en el trasfondo de los escritos reunidos: “La idea de la zozobra, de la falta de anclajes, del ir de aquí para allá, de la mente errabunda y un tanto caótica, de la nerviosidad casi patológica, de las preocupaciones incesantes, de las ansiedades incurables, de la melancolía siempre al acecho revela una trastienda extremadamente dolorida con la orfandad de fondo evidente”. 

PROMESAS DE ETERNIDAD

Fue la noche de un 3 de febrero de 1820, a los veinticinco años, cuando el poeta enferma. Para ahorrar dinero, viaja de Londres a Hampstead, donde vive con Brown, con el billete más barato, que le colocaba en el pescante junto al cochero: hace mucho frío y no va bien abrigado. Esa noche, su almohada se tiñe de escarlata. A partir de aquí, con el vislumbramiento de su muerte, su correspondencia es incluso mucho más “apasionada, vehemente y conmovedora”. Empezaba el calvario de la enfermedad, entremezclado con la historia de amor con Fanny: “Por la noche he recaído y un violento acceso de sangre ha invadido mis pulmones hasta el punto de que apenas podía respirar. Te aseguro que pensé que no sobreviviría y, en ese momento, sólo pensé en ti. Me gustaría tener al menos una leve esperanza… Ocurra lo que ocurra, yo siempre estaré, mi queridísimo amor”. Se despide en su carta del 10 de febrero de 1820 con “la esperanza puesta en la salud y en la primavera y en la rutina de nuestros viejos paseos”. Fallecería un año después, de tuberculosis (no a causa de una mala crítica).

Qué bien cuenta el editor cómo sube la intensidad de todo. Nos explica muy claro que la curación con la que sueña Keats está asociada con la experiencia plena del amor, y perdurar en la memoria. Sabemos que, al menos, consiguió una de ambas cosas.  


LO

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