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Aún resuena el eco de celebración del Día Internacional del Violín (17 de junio). Aprovechamos la magia del momento para recomendar esta novela de la debutante Marie Charvet que la editorial Larrad presenta como “una obra coral que demuestra que el arte y la pasión son melodías universales, capaces de traspasar las barreras del espacio y del tiempo”.

Silvia R. Coladas


El natalicio de Stravinski se dedica  mundialmente a festejar la importancia de este bellísimo instrumento de cuerda, cuya melodía tiene la capacidad de penetrar hasta lo más profundo del corazón y desatar emociones de felicidad o tristeza infinita, según nuestro estado de ánimo. Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, hace referencia a la famosa Sonata nº1 para violín y piano de Saint-Saëns para adornar el comienzo de la famosa historia de amor de sus protagonistas; la novela Balzac y la joven costurera china de Dai Sijie arranca con un violín “del que parecía emanar cierto sabor extranjero, un olor a civilización capaz de despertar las sospechas de los aldeanos”; y hasta Sherlock Holmes ostenta la propiedad de un Stradivarius y, por supuesto, sabe tocarlo como demuestra en El signo de los cuatro.

Estos son solo algunos ejemplos de las muchas intervenciones literarias del violín a lo largo de la Historia.

Hoy, tras la conmemoración de su día grande, queremos añadir a la nómina un nuevo título: El alma del violín , ópera prima de Marie Charvet, escritora francesa con probada sensibilidad genética para la música y, también, para crear ficción alrededor.

Para los legos en materia de producción de instrumentos musicales, hay que decir que cuando se habla del alma de un violín no se trata de una prosopopeya, sino que, efectivamente, es una de sus piezas importantes.

Se trata de una varilla cilíndrica, de madera de abeto, que se coloca a presión, sin encolar, entre la tapa y el fondo y cuya posición es extraordinariamente relevante para obtener un tipo de sonido u otro; moviéndola un cuarto de milímetro puede alterarlo pasando de ser dulce a oscuro o de agudo a grave.

Esta capacidad sensitiva justifica, desde luego, su denominación, y nos ambienta en este peculiar mundo de los artesanos de violines, expertos en microcirugía musical. Realizada esta breve aclaración, ¡vamos con la novela! Si abrir un libro supone siempre el inicio de una aventura, en El alma del violín, no empezamos una, sino cuatro tramas que encajan perfectamente entre sí.

La primera está ambientada en Brescia, en el siglo XVII, y protagonizada por Giuseppe, un afanoso y entrañable artesano que trabaja para el taller del lutier Maggini, uno de los más prestigiosos de la época. A pesar de los abusos de poder que sufre, de las condiciones laborales precarias, de las injusticias manifiestas… nada consigue separarle de sus violines. Con el enorme atractivo de los tiempos pasados y en un país sinónimo de arte y buen gusto como es Italia, nos dejamos introducir en el apasionante mundo de la construcción de violines para príncipes y nobles, y no nos extraña nada que, como ha comentado la autora en alguna entrevista, el germen de esta novela fuera un Maggini, propiedad de su familia, cuya autenticidad se vio obligada a demostrar.

La segunda historia da un salto temporal y nos conduce a las primeras décadas del siglo XX en las que Lazlo, un joven músico de etnia gitana, se rebela contra su destino de chamarilero, -algo que, por cierto, se le da realmente mal- y se centra en su aspiración de llegar a vivir de la música, tocando su violín en los locales de Nueva York.

La ruptura con la tradición de su clan no será fácil de llevar pero él no abandona nunca la esperanza de alcanzar la meta que su corazón le dicta.

La siguiente historia nos sitúa en la actualidad: Lucie, una parisina, artista de vocación, va dando tumbos a través de distintos trabajos desilusionantes cuando lo que de verdad desea es exponer en una galería y dedicarse a su pintura; para ello necesita dinero y su vida se acaba convirtiendo en una pescadilla que se muerde la cola sin aparente posibilidad de cambio.

La última trama, también en el tiempo presente, la protagoniza Charles, un personaje que, no por reflejar un cliché, deja de ser posible y real: un brillante empresario de La Gran Manzana, aburrido de su exitoso trabajo y sin mucho más que hacer en su vida que dedicarse a él por entero, comienza a percibir que la música puede salvarle de su terrible hastío, a transmitirle emociones olvidadas e incluso, descubrirle el amor; pero el proceso le depara dificultades y no será fácil, ni siquiera para él que habita la cumbre.

SUEÑOS E INTUICIÓN: LO SUBLIME

Las cuatro historias se entremezclan repitiendo este mismo orden para que el lector no se pierda y todo encaje, al final, con precisión de relojero. Por su parte, el violín, esa sinuosa y enigmática caja de madera pulida y barnizada, con sus elegantes efes, su mástil, su puente y su cordal, omnipresente en los cuatro relatos, se va transformando en un nuevo personaje, que, al principio secundario, deviene principal. Fabricado artesanalmente con esmero -el árbol con el que está hecho debe proceder de un bosque de mediana altitud, su madera ha de ser cortada por el leñador en el momento justo de la fase lunar y debe ser serrado de determinada manera-, proporciona solemnidad; inmortal como la música que produce, el violín resiste al tiempo y se revaloriza; representa lo sólido frente a lo líquido, lo que permanece frente a lo fugaz y, además, siempre trae algo bueno consigo, como un talismán. Dotado de nobleza propia, también se nos aparece como una inesperada y eficaz tabla de salvación para todos los personajes. El gran intérprete Yehudi Menuhin decía que un buen violín está vivo, que su forma encarna la intención de su constructor y su madera, el alma de sus diferentes propietarios; y que él cuando tocaba sentía que liberaba o profanaba algún espíritu. En estos relatos, lejos de profanar, los espíritus se liberan y parecen agradecerlo, ayudando a su libertador como si se tratara de la lámpara de Aladino.

Marie Charvet, con la exquisita destreza de los músicos, nos transmite, a través de El alma del violín, la poesía de su manufactura y el hechizo de sus acordes, la magia que son capaces de desplegar a lo largo de los siglos.

A su vez, nos recuerda, a través de Lazlo, que merece la pena luchar por nuestros sueños; que si decaemos en este mundo frenético, debemos pararnos a pensar, a seleccionar, a desechar lo superfluo y buscar lo esencial, como hacía Giuseppe con la madera; nos insta a hacer caso de nuestra intuición que nunca falla, como le ocurre a Lucie; y nos reafirma que, en todo este proceso que es la vida, la música siempre estará ahí para salvarnos con su belleza y a acercarnos a lo sublime, como así hizo con Charles.

En definitiva, se trata de una novela profunda que se sirve de la música y de un hermoso y antiguo violín para animarnos a hacer un alto en el camino y pararnos a pensar… ¿Somos realmente felices o, quizás, es el momento de dar un giro de timón?


LO

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