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La revueltas, la crispación política y económica internacional a causa de la crisis sociosanitaria y los múltiples ejemplos diarios de estrategias para influenciar a las masas nos hacen especialmente interesante hoy la lectura de El verano de los Cuatro Reyes de Camille Pascal, en la magnífica traducción de la editorial Larrad. Una obra galardonada con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa.

Juan Bagur Taltavull. Imagen portada: detalle ilustración cubierta de Andrea Reyes para Larrad. Imágenes interiores: vídeo promocional de Éditions Plon; La Libertad guiando al pueblo, Eugéne Delacroix.


Desde hace algunos años, se han puesto de moda libros y series de televisión que se centran en la política y, más en concreto, en la lucha por el poder. Lejos parecen quedar los días en los que se presentaba a reyes sabios y gobernantes prudentes que luchaban contra el mal y se sacrificaban por el bien común. Juego de Tronos House of Cards, Hernán,  sin ir más lejos, nos presentan un mundo en el que la política es un combate, y donde el más fuerte o inteligente se impone sobre los demás. Como ocurre siempre con todas las expresiones culturales, esto es un signo de nuestros tiempos que responde a muchos motivos: la disolución de los lazos comunitarios, la relativización de los valores, el desvelamiento continuo de casos de corrupción, el enjambre digital que convierte a millones de individuos en guerrilleros virtuales

Maquiavelo ha resucitado, y nociones derivadas de su pensamiento como la razón de Estado, el equilibrio de poder, o la justificación de los medios a través de los fines, son el marco conceptual en el que nos movemos sin que la mayoría de las personas sean conscientes de ello. Aunque, probablemente, sea negativo que la política haya degenerado hasta estos niveles –o, por lo menos, que así sea la percepción entre ciudadanos e intelectuales– siempre es interesante reflexionar sobre la naturaleza del antes conocido como “noble arte”. Especialmente, hacerlo, como ese el caso, con la ayuda experimentada de Camille Pascal, que, además de profesor de La Sorbona y EHESS, ha sido colaborador de varios ministros franceses y asesor de Nicolas Sarkozy, es una tarea sencilla y apasionante.

El verano de los Cuatro Reyes se centra en un acontecimiento que tal vez no sea muy conocido en España: casualmente lo acabo de estudiar con mis alumnos de Secundaria, y el libro de texto solamente le dedica seis líneas; y cuando se lo enseñaba a universitarios, con dos powerpoints teníamos de sobra. Sin embargo, son unos hechos trascendentales en la Historia de Francia: la Revolución de 1830. Se trata de uno de los muchos estallidos revolucionarios que recorrieron Europa durante el siglo XIX, enmarcando la lucha entre los restos del Antiguo Régimen y las nuevas ideas liberales a través de un combate cuyo primer round había sido la Revolución francesa de 1789. Aunque no terminó con el episodio que ahora nos ocupa, este asalto fue crucial porque, en el verano de 1830, cayó el último de los borbones galos, Carlos X. Se inauguró así con Casa de Orleans una nueva dinastía que, sin embargo no se mantendría en pie por mucho tiempo, puesto que se desplomaría cuando, en 1848, tuvo que afrontar un nuevo envite revolucionario.

LA HISTORIA: UN JUEGO DE NAIPES

En todo caso, tal y como reza el título del libro, entre julio y agosto de 1830 se sucedieron cuatro monarcas en el trono de San Luis: Carlos X, Luis XIX, Enrique V y Luis Felipe I. Todo comenzó cuando el primero de ellos, en un gesto que demostró su enorme incapacidad para entender la realidad, publicó unas ordenanzas que quisieron restaurar el absolutismo. Ensimismado en su autopercepción como delegado de Dios y guardián de la Hija Primogénita de la Iglesia, no fue capaz de percibir que la política se fundamenta en poderes efectivos que no supo ganarse, hasta el punto de que le abandonaron y, a través de una revuelta, entronizaron al, hasta entonces, duque de Orleans. Solamente dos meses bastaron para que todo se precipitara, a través de una serie de acontecimientos que recuerdan a un juego de naipes. No en vano, la primera parte del libro se llama “Una larga partida de Whist”, y, precisamente, la bella ilustración de la portada nos presenta una baraja con los cuatro reyes. Así es porque Pascal nos enseña que nada estaba determinado en julio de 1830, y que el resultado que todos conocemos fue obra de la inteligencia de algunas personas que supieron aprovechar acontecimientos súbitos e inesperados, aliándose en función de las circunstancias, tratando de intuir los movimientos de sus contrincantes, y leyendo las probabilidades de éxito o fracaso de todas las acciones que fueron capaces de imaginar.

Por ello no encontramos un único protagonista, ni nos movemos en un escenario asilado mientras Pascal nos guía por el París de 1830. Muy por el contrario, nos cruzamos con personajes de todo tipo: periodistas ambiciosos como Adolphe Thiers; la intuitiva y conspiranoica condesa de Boigne; el codicioso y prudente banquero Jacques Laffite; el viejo “héroe de los dos mundos” La Fayette, e intelectuales y literatos entre los que destacan Chateaubriand o, de forma muy especial, Victor Hugo. Todos ellos, y muchos más, pasan por el tablero en el que se juega el futuro de Francia, de modo que asistimos en tiempo casi real a negociaciones, fintas y traiciones entre absolutistas, doctrinarios, conservadores, republicanos, anarquistas y liberales. En medio, los naipes lanzados son de todo tipo, y habría que resaltar dos: el papel de la prensa y el uso de la Historia.

El segundo es muy interesante, puesto que si los absolutistas pretendían que el pasado siguiera siendo la fuente de la legitimidad política, los liberales entendieron que era mejor buscarlo en las circunstancias del presente, descubriendo que si el pretérito es importante, es únicamente para ofrecer lecciones y modelos. De hecho, el propio whist parece ser un ejemplo de esta actitud; y, aunque estaba de moda desde el siglo XVIII, tal vez no sea casual que Pascal haya convertido en símbolo de su novela un juego de origen inglés. En este sentido, otro episodio tan importante en la Historia europea como desconocido para el gran público, fue la Revolución Gloriosa de 1688 (y su precedente Revolución de 1648), que sustituyó a los Estuardo por los Orange y, lo que es más importante, consolidó en Inglaterra la monarquía parlamentaria y un régimen protoliberal.

No encontramos un único protagonista sino muchos personajes que pasan por el tablero en el que se juega el futuro de Francia, asistimos en tiempo casi real a negociaciones, fintas y traiciones entre absolutistas, doctrinarios, conservadores, republicanos, anarquistas y liberales. En medio, los naipes lanzados son de todo tipo, y habría que resaltar dos: el papel de la prensa y el uso de la Historia

En la novela se aprecia que Thiers y sus seguidores habían llegado a la conclusión de que Francia también debía seguir el modelo de Albión, que “sacó a un rey del pasado y coronó a otro más acorde con las aspiraciones de la nación”. Por ello, su intelectual de cabecera fue François Guizot, autor de la Historia de la Revolución de Inglaterra (1826), una obra cuyo éxito y fecha de publicación, similar a la del Cromwell (1827) de Victor Hugo, muestra el interés que algunos galos tenían por sus vecinos del otro lado del Canal de la Mancha. Lo que buscaban era un equilibrio entre el orden y la libertad, y pretendían alcanzarlo a través de un noble con credenciales modernizadoras: Luis Felipe. Thiers vislumbró en él a un rey apropiado para el siglo XIX, y el propio duque se esforzó por evidenciarlo a través de muchos detalles de gran simbolismo. Por ejemplo, Pascal recuerda que aceptó la bandera tricolor de la Revolución, y que fue coronado ante masones y no frente a los representantes de Dios. Además, negándose a tomar el nombre de Felipe VII y aceptando el de Luis Felipe I, se presentaba como el pionero de una nueva era. Pero ninguna partida, por bien jugada que esté, queda ganada, y, de hecho, el libro termina con un epílogo –entresacado de la obra póstuma de Victor Hugo, Cosas vistas– que narra lo que ocurrió a Luis Felipe en 1848. Un claro ejemplo, a nuestros ojos del siglo XXI, de que la Historia siempre ofrece modelos, pero nunca fórmulas cerradas, porque si hoy en día Inglaterra sigue siendo una monarquía parlamentaria directamente heredera de las instituciones del siglo XVII, Luis Felipe fue el último rey de una Francia que actualmente vive en su V República.

(RE)ESCRIBIR LA HISTORIA

Respecto a la prensa, ésta goza de un papel fundamental en el libro. No solamente porque las ordenanzas que dieron paso a la Revolución comenzaron atacándola, sino también debido a que su papel en la política de la Edad Contemporánea queda totalmente reflejada. Thiers de nuevo es quien lo encarna, pues, desde la redacción de National, vio su momento de entrar en la Historia, sabiendo que “las luchas políticas modernas se libraban ahora desde el punto de vista de la opinión pública”, y a ella, que era “su especialidad”, se dirigió con entusiasmo y determinación. Para ello publicó panfletos y manifiestos, que cientos de niños repartieron por las calles, y promovió la candidatura de Luis Felipe inspirado por el precedente inglés. No solamente esto, sino que, además, la novela incide en el cuidado que puso en reescribir la Historia para borrar ante los ojos de los franceses el parentesco del duque de Orleans con los Borbones, y que una vez asegurada su coronación, emprendió una campaña de glorificación de la Revolución de Julio. Intuyó, de esta manera, que la edad de las masas, que comenzaba poco a poco a atisbarse, sería deudora de la propaganda política y tendría que recurrir a mitos que estimularan la movilización de las gentes.

Muchos otros temas y personajes aparecen en este libro, que a pesar de sus casi seiscientas páginas, transmite un ritmo frenético nada más empezarlo.

Adolphe Thiers vio su momento de entrar en la Historia desde la redacción de National, sabiendo que las luchas políticas modernas se libraban ahora desde el punto de vista de la opinión pública, y a ella, que era su especialidad, se dirigió con entusiasmo y determinación. Publicó panfletos y manifiestos, que cientos de niños repartieron por las calles, y promovió la candidatura de Luis Felipe inspirado por el precedente inglés

Tiene veinte capítulos, subdivididos cada uno en epígrafes cuidadosamente escogidos para mostrar los acontecimientos simultáneos que ocurren fundamentalmente en la capital de Francia. Sus títulos son precisamente los de los escenarios donde se juega la batalla política, como los Palacios de Saint-Cloud, las Tullerías o Neuilly; calles entre las que se incluyen las de Miromesnil o Anjou; y, otras veces, la propia ciudad de París, tomada en conjunto.

Pascal describe con todo lujo de detalles la construcción de las barricadas que inundan las calles o el saqueo de la Catedral de Notre Dame, y también los monólogos internos de Carlos X, los recuerdos gloriosos de La Fayette, o la indignación monárquica de Chateaubriand.

Es tan realista que, en muchos momentos, parece que más que una novela, nos encontramos ante una crónica periodística, y no es raro teniendo en cuenta la amplia documentación a la que recurre. Al final del libro, nos la muestra, y comprobamos que se inspira en textos de los propios protagonistas, como Chateaubriand, Victor Hugo, la condesa de Boigne, Guizot o Alexandre Dumas; además de la obra de historiadores y expertos en el tema.

En resumen, si muchas veces las novelas históricas, como escuché decir una vez, ni son novelas ni son históricas, en este caso, no es así. El verano de los Cuatro Reyes constituye un libro entretenido y magistralmente escrito, y, a la vez, describe los acontecimientos sin tomarse licencia con ninguno de sus variopintos personajes. Todos son reales, Camille Pascal solo se encarga de traducir su existencia al lenguaje literario. Parece ser el propio Victor Hugo, quien aparece en la ilustración de la contraportada, sentado sobre los naipes de la baraja sociopolítica mientras contempla a quienes luchan por el poder de Francia, con una expresión pensativa que evidencia lo mucho que ha reflexionado y estudiado antes de regalarnos su obra maestra. Gracias a ella, amantes de la historia, francesa o no, y de la política, corrupta o noble, disfrutarán y aprenderán a partes iguales; y, tal vez, entenderán un poco mejor los mecanismos de poder con los que se juega una parte no pequeña de su existencia.


LO

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