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Me cuesta llevar la cuenta, pero creo que estoy escribiendo estas líneas durante el vigésimo día de cuarenta. El tiempo está sometido a esa distorsión con que recordamos nuestros veranos infantiles, pero las sensaciones son diferentes. Las horas no parecen desplegarse y llenarse de experiencias, sino más bien al contrario: se contraen, se vuelven bacterianas y microscópicas, se enroscan como un sueño de fiebre o un pensamiento neurótico.

Alberto Ávila Salazar. Foto: Maica Rivera


Me había prometido no escribir durante el confinamiento, hacerlo ahora mismo es como intentar hacer la biografía de un cadáver caliente. El tiempo tiene que descomprimirse y los pensamientos tienen que regresar a su dimensión natural y, ahora mismo, en este día número veinte, siguen enjaulados.

Las pandemias no me resultan extrañas, soy aficionado a la ciencia ficción e incluso hace un par de años publiqué un relato titulado Permafrost que, en algunos aspectos, se parece de una manera demasiado incómoda a la situación que estamos viviendo. Sin embargo, creo que pequé de ingenuo al imaginar el fin del mundo; ahora sé que no va a llegar y esto lo hace mucho más peligroso. El acabamiento tiene cualidades anestésicas y terapéuticas, el final de las cosas tiene una belleza y dignidad de luces apagadas y silencio; pero en la cuarentena es precisamente esto lo que falta. Estuve siguiendo desde principios de enero la situación de Wuhan y a veces me sentí culpable por hacerlo, me acordaba de aquel texto de Freud en el que hablaba de una paciente que, hasta los ocho años de edad, creía que si miraba a sus muñecas con una intensidad especial, cobrarían vida.

El virus de Wuhan se ha desplazado parasitario, invisible e imparable. Yo mismo sospecho haber sido  su huésped durante diez días, por fortuna con unos síntomas tan escasos que todavía tengo la duda razonable de si debo contarme entre los infectados.

‘Paisaje con el vuelo de Ícaro’ de Brueghel el Viejo  

En El cuaderno gris, el escritor catalán Josep Pla hablaba de cómo une la enfermedad:

“Todo el mundo está de acuerdo. Todos hemos tenido, tenemos o tendremos, indefectiblemente, la gripe”,  se refería a la española de 1918, que surca discretamente todo el texto, desde la primera frase.

En el libro habla de entierros y de dramas y, de cómo se convierten “en una especie de rutina administrativa”. El propio Pla miró con demasiada fijeza a la gripe y el 24 de octubre de 1919 acabó infectado. “He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama (…) Me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos”.

Esta semana nevó en Madrid, siguió haciendo frío algunos días y sigue resultando demasiado fácil tener pensamientos siniestros a pesar del sol, posiblemente continúen. Pla escribió: “Me gustaría ir al muelle y ver pasar sobre el agua espesa y oleosa -con verdosidades de concha de ostra- los vaporcitos absurdos, con las chimeneas altas y delgadas, como dibujos de niño. También me gustaría -y esto, quizá me lo hace decir la sed que tengo- entrar en una taberna y beber un vaso de vino blanco, seco, helado. Crepúsculo de mes de gatos sobre un fondo de color naranja pálido. Sensación de volver a tener fiebre”.

PLANOS DE LA CATÁSTROFE

Josep Pla escribió insignificancias trascendentales usando los márgenes de la historia. Mucho antes, en 1560, Pieter Brueghel el Viejo hizo un ejercicio parecido en Paisaje con la caída de Ícaro. Alexander Nemérov usó este cuadro para plantearse: “¿Qué hacen los poetas, artistas y críticos frente a la catástrofe? ¿Cómo la registran en su obra o deberían, acaso, intentar hacerlo?”.

                         ‘Avión estrellado’ de Isherwood

Del drama de ÍcaroBrueghel sólo nos muestra, en una esquina, imperceptibles en un primer vistazo, unas pálidas piernas sumergiéndose en el agua. En 1938, Auden le dedicó un poema a esta pintura en la que “todo le vuelve la espalda a la tragedia sin inmutarse”.

Probablemente el escritor tenía en su retina el horror de la guerra chino-japonesa, de la que dejó testimonio en un libro que escribió a cuatro manos con Christopher Isherwood.

Esta marginalidad de la tragedia reverbera también en la pintura de 1918, el año de la gripe española, en el cuadro de John Singer Sargent, Avión estrellado, en él, como en el Ícaro de Brueghel, la tragedia aérea está apartada del primer plano pero, a la vez, está en el centro de todo.

Por mi parte llevo cuatro días sin tener síntomas, mi fiebre es una parte insignificante de un todo terrorífico, pero es que de las tragedias sólo se pueden conocer los detalles, y a veces ni siquiera eso.


LO

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