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Una de las películas más esperadas del año 2021 ha sido The Matrix Resurrections, estrenada casi veinte años después de que The Matrix Revolutions (2003) cerrara la trilogía Wachowski. Guste o no guste la continuación del proyecto, lo cierto es que reabre viejos debates para hacerlos nuevos.

Juan Bagur Taltavull


En 1999, Lilly y Lana Wachowski sorprendieron al mundo con una película que estaba llamada a integrarse en nuestro imaginario colectivo, a convertirse en obra de culto y, lo que tiene más trascendencia, a constituirse en uno de los mitos del siglo XXI. No solamente porque avanzaba algunos de los grandes temas del transhumanismo, que Yuval Noah Harari ha descrito precisamente como una religión de nuestro tiempo, sino en tanto que describía los arquetipos del camino del héroe de Joseph Campbell. Son dos lecturas opuestas, porque The Matrix puede ser vista como una utopía/distopía en la que se ha alcanzado la singularidad tecnológica, avanzando así lo que algunos intuyen que será el mundo de mañana; o, muy por el contrario, como una metáfora de la condición humana que, si recurre a la Inteligencia Artificial y al cíborg, es porque los mitos se actualizan y extraen sus elementos de significación del contexto en el que han brotado.

En cualquier caso, la exégesis de estas películas ha sido múltiple y sigue dividiendo a los espectadores, demostrando con ello que representan una obra de cultura y no mero espectáculo. Teniendo en cuenta que, según Vargas Llosa en La civilización del espectáculo (2012), la primera ayuda a tomar conciencia de la realidad y la segunda a evadirse de ella, han generado debates precisamente porque nos ayudan a comprender el mundo al provocar que pensemos.

En este sentido, quienes éramos niños en 1999 nos encontrábamos atraídos por lo maravilloso de la estética y, especialmente, por los combates a cámara lenta que intentábamos imitar con relativo éxito: lo que nos seducía era el ingrediente espectacular. Pero en mi caso, y aunque no lo entendía, ya por entonces oí a un hombre sabio argumentar que The Matrix no era sino la actualización del mito de la caverna de Platón.

A este mismo profesor, y a un grupo de eruditos con los que fui a ver la segundad parte, escuché también afirmar que habría sido mejor que la película original no tuviera secuelas. Aunque exageraba, ciertamente la profundidad de los diálogos de 1999 no se encuentra en los sensacionales efectos especiales de las siguientes partes, lo que podría ser un síntoma de que los Wachowski, después de su obra maestra, escogieron nutrir la civilización de la que hablaba Vargas Llosa. O dicho de otro modo, que intuyeron que lo que había gustado a la mayoría de sus fans no habían sido los combates dialécticos sino los físicos; es decir, que preferían ver acciones en pausa antes que dejar ellos pausadas sus actividades para poder reflexionar.

LA LÓGICA DE LA SIMULACIÓN

En todo caso, el mito ya estaba creado en 1999, y en él confluyen, además de los mencionados elementos transhumanistas -también se ve en la ectogénesis o el metaverso– y griegos –el Oráculo, Morfeo, etc-, los de carácter cristiano (Trinity, Neo como redentor profetizado desde antiguo, el libre albedrío, etc). Sin embargo, una de las claves para entender la película original se encuentra en el famoso libro donde Thomas Anderson/Neo esconde sus herramientas hackeadas: Cultura y simulacro. Publicada por vez primera en 1981, esta obra del sociólogo francés Jean Baudrillard es considerada uno de los libros básicos para comprender la crisis de la Modernidad. Si su compatriota Jean-François Lyotard había descrito, en 1979, la deconstrucción de los grandes relatos como manifestación de La condición postmoderna, él plantearía que no solamente estaban en crisis las interpretaciones holísticas de la existencia, sino también la realidad misma.

En concreto, su tesis principal era que nuestro mundo está configurado por la “precesión de los simulacros”, esto es, que los “simulacros” -aquellas ideas que fingen lo que no está presente- preceden a la realidad. O expresado con otras palabras, que los simulacros son una “hiperrealidad” porque generan la realidad misma. Con ello, la sociedad está organizada de tal suerte que, frente al intento de comprenderla desde una “lógica de los hechos” se alza enmascarándola una “lógica de la simulación”. En consecuencia, emerge el hombre despersonalizado, porque “la masa es lo que queda cuando se ha olvidado todo lo social”.

Una de las claves para entender ‘Matrix’ es el libro ‘Cultura y simulacro’ del sociólogo Baudrillard, lectura básica sobre la crisis de la Modernidad. Su tesis principal es que nuestro mundo está configurado por la ‘precesión de los simulacros’, que los ‘simulacros’ -ideas que fingen lo que no está presente- preceden a la realidad. En otras palabras: que los simulacros son una ‘hiperrealidad’ porque generan la realidad misma

Cualquiera que haya seguido la historia de Neo podrá ver reflejadas estas ideas en las películas, pues no en vano define Morfeo a la Matrix como “el mundo que te han puesto alrededor para cegarte a la verdad”. Es un programa informático, diseñado gracias a lo que para 2199 será, según esta serie, la hoy incipiente Inteligencia Artificial: “una conciencia única que generó toda una raza de máquinas”. Es decir, este simulacro encarna la singularidad tecnológica de los transhumanistas, profetizada por Ray Kurzweil en nuestros días y ya denunciada por C. S. Lewis. La abolición del hombre (1943) es un libro que ofrece otras pistas para entender Matrix, porque el Inkling nos advirtió de que la conversión del hombre en objeto a través de la técnica, despojándole de su condición misteriosa, supone su reducción a esclavo, pues “lo que llamamos poder del hombre sobre la naturaleza resulta ser un poder ejercitado por algunos hombres sobre otros hombres con la naturaleza como su instrumento”.

Y todavía peor, según avanzó en Esa horrible fortaleza (1945), ni siquiera son ya los hombres los que dominan a otros hombres, sino lo que ahora llamamos Inteligencia Artificial. Además, lo artificial es por definición opuesto a lo natural, que es el espacio de la persona, y frente a lo que plantea el postmodernismo, desvincular al hombre de su esencia no es liberarlo sino esclavizarlo. No en vano, Morfeo asegura a Neo que la Matrix es “una prisión para tu mente”, pues como la ideología tecnicista -y todas las demás ideologías-, incapacita a la persona en su intento de comprender un mundo que es por definición complejo y misterioso.

Así, otra lectura que podemos hacer es la de la Matrix como una red ideológica, que ha olvidado que las ideologías son simplificaciones que explican el mundo, pero que no pueden ser absolutizadas e identificadas con él sencillamente porque son, precisamente, atajos intelectuales. También Baudrillard definía con palabras parecidas la hiperrealidad y los simulacros.

En este marco, en cuyo fondo late la sentencia evangélica “la verdad os hará libres”, Morfeo emancipa a Neo encarnando la que a muchos parece la más importante referencia para comprender la película: la caverna de Platón. La dicotomía entre verdad y apariencia que encierra esta historia está perfectamente representada, así como la toma de conciencia que supone la elección de la pastilla roja o la importancia de tener una experiencia directa de la realidad. El de Neo es el camino del Redentor, pero también el del filósofo, porque si Trinity afirma que “la pregunta es lo que nos impulsa”, Platón explicó con su mito cavernario que el asombro (Thaumazein) da comienzo a la Filosofía. Esto diferencia al hombre sabio del hombre masa, porque los dos pueden asombrarse, pero algunos creen como el renegado Mr. Reagan que “la ignorancia es una dicha” y prefieren el somnífero existencial de la pastilla azul. Por eso Hannah Arendt escribió en Sócrates (1950) que “la diferencia entre los filósofos, que no son pocos, y la multitud no es bajo ningún concepto -como ya indicara Platón– que la mayoría no sepa nada del pathos del asombro, sino más bien que rehúsan mantenerse en él”.


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