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Treinta y siete cañonazos anunciaron al mundo la muerte del poeta inglés más carismático de todos los tiempos, un lunes de Pascua de 1824. Retumbaron en Missolonghi, pequeña localidad portuaria del golfo de Patrás, y hasta hoy nos llega su eco fúnebre, que dejó grabada esta fecha funesta del 19 de abril en la Historia de la Literatura Universal. Murió el hombre, se acuñó la leyenda romántica y lord Byron fue ya para siempre inmortal en el panteón de nuestros clásicos. 

Maica Rivera.


 

George Gordon Byron se encaró a la Parca en circunstancias dignas del héroe romántico más grande de todos los tiempos. Excéntrico, terrible y sublime, encarnó hasta el final el espíritu del Romanticismo más genuino y salvaje de la Historia de la Literatura Universal. Tras escándalos, excesos y fechorías amorosas, culminó su extrema trayectoria biográfica con la redención final del alma por una motivación noble.

Padeció  una larga y febril agonía desde principios de abril de 1824, y finalmente fallecería en medio de la lucha por la libertad del pueblo griego frente a los turcos, una causa que hizo suya al final de esa vida intrépida que el ensayista Stefan Zweig calificaría de “dramática, ruidosa y teatral”, ciertamente en abierto desafío a una sociedad inglesa puritana de la que se exilió voluntariamente. El mismo día de su muerte, llegaron cartas de elogio y admiración a su figura a Italia, el réprobo en su patria le había sido perdonado. Pero nunca llegaría a saberlo.

Dice el erudito escritor Mauricio Wiesenthal en su Libro de Réquiems (Edhasa) que cuando Byron decide embarcarse rumbo a la contienda que le supondría el fin de su turbulenta existencia, “lleva ya mucho tiempo buscando un sentido final a su vida, una muerte que merezca la pena para esa pena suya que merece la muerte”, y añade en el capítulo dedicado a los últimos días del poeta maldito que “Byron no odia a los turcos, pero sabe que los griegos sufren y el dolor le merece siempre lealtad”. Esta hazaña última es, en parte, un regreso del primer Byron rebelde, el que pone su corazón y todas sus fuerzas en ideales justicieros sin aplicar ningún filtro a sus sentimientos. Esa fue la imagen que de él tuvo su última amante, Teresa Guiccioli, porque cuando se le conocía de cerca, bajo su apariencia cínica, seguía siendo “aquel joven idealista que, siendo estudiante, se ofrecía voluntario a recibir los golpes que el tutor debía dar a sus compañeros”.

Supo dar todos los honores últimos al lema familiar Crede Byron, “que desde el siglo XV todos los Byron llevaron en sus armas en proclama de hidalguía y confianza“.

QUE BYRON NOS ACOMPAÑE

Lord Byron tuvo, “como todos los soñadores, el gesto tímido y el corazón inquieto y arrojado”. Wiesenthal recrea la infancia “altanera y menesterosa” del poeta, “de hidalgo arruinado”. Y nos deja una reveladora estampa “por las calles brumosas de Aberdeen, entre muros de piedra gris:  el pequeño George arrastra su pintoresca y terrible cojera y los muchachos le llaman el diablo cojuelo, y él, para vengarse, reparte palizas a diestro y siniestro”. Era el tiempo en que aún no había aprendido a dominar sus sentimientos y a permanecer inmóvil en público, petrificado como una estatua “con aire de inefable desdén”.

Traspasando las páginas de Don Juan, Childe Harold o el impresionante poema “Oscuridad”, toda esa iconografía biográfica de lord Byron alimenta nuestra añoranza de una épica olvidada, más allá de la literatura. Como curiosidad, su impetuosa figura sigue siendo epifanía de algo tan singular como el espíritu olímpico más contemporáneo, no sólo por su buena práctica deportiva sino, sobre todo, por el apasionado acento que también puso con ella en los valores de gloria y superación personal. Buscó la compensación de su cojera en la excelencia del deporte, sin dejar atrás el arrebato lírico. El ejemplo sublimado de esa faceta llegó con su memorable acción de cruzar a nado el Helesponto para imitar la gesta de Leandro en el mito griego referido a sus amores con Hero. Éste cada noche, desde el lado asiático de los Dardanelos, realizaba esa travesía nadando para ver a su amada, sacerdotisa de Afrodita, en la costa europea del mismo estrecho. Se sigue festejando tal idealismo byroniano este milenio, y en el año 2009 se conmemoró el bicentenario de aventura con una convocatoria de ciento cuarenta nadadores de todo el mundo en los Dardanelos, reunidos con la misión de cruzar el estrecho entre Sestos y Abidos. Equipados con un traje de neopreno, gafas de buceo, gorro, aletas y la compañía de una barcaza de asistencia médica, ninguno pudo superar la marca de Byron quien, sólo ataviado con camisa y calzón, logró hacerse casi cinco kilómetros de corrientes extremas en una hora y diez minutos.

Incombustible Byron, jamás aceptó límites o fronteras, se creció en la adversidad hasta convertirse en el gigante al que no podemos dejar de leer ahora por lo que hizo y lo que fue. Más presente que nunca entre nosotros.


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