CARTA DE AMOR A DYLAN THOMAS

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Respondemos con nuestra propia carta de amor al poeta británico Dylan Thomas en la fecha de su fallecimiento. No le olvidamos. Le releemos con delicadeza como se merece uno de los grandes estandartes de la poesía inglesa de todos los tiempos, desempolvamos para el ritual una joya especial de una editorial extinta. Que nuestra sentida misiva le alcance allá donde la muerte jamás tendrá señorío.

Maica Rivera.


Hay estrellas fugaces que tienen una vida breve pero dejan una estela para siempre. Autores eternos como Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914-Nueva York, 1953). Editoriales que dejan huella. Allá por la primavera de 2013, se estrenaba una pequeña editorial llamada Siberia con una preciosa edición de las Cartas de amor de Dylan Thomas. El proyecto independiente tuvo un breve recorrido vital, como el poeta, pero dejó esta joya que se revaloriza con los años.

Enamoraba a primera vista aquel sello literario con cubiertas como las que dio a este libro. El amor incondicional lo conseguía la editora Iria Rebolo al declararse consagrada a esa raza de lectores “que huelen y acarician los libros, que confían en sus libreros, que leen las contras, husmean las páginas de créditos y valoran una buena traducción”.

Literalmente, no  podría haber escogido mejores cartas de presentación, así, en plural y a lo grande. Ofrecidas como mandan los cánones, en tapa dura y con buen papel.

Lo más emocionante es que tan cálidas misivas, fruto del esperado deshielo siberiano, llegaron en aquel momento, hace ahora siete años, para cubrir una de esas insólitas carencias editoriales hasta esa fecha: era entonces la primera vez que se publicaba el epistolario en castellano. Y  muchos lo celebramos con alborozo.

Al tenerlas en las manos, traducidas, prologadas y anotadas por Andrés Barba, fuimos muy conscientes de cómo algunas de estas epístolas constituyen verdaderamente “piezas literarias de primer orden” y trazan un certero “retrato espiritual y afectivo”.

Dispuestas cronológicamente en relación a un intenso período temporal que abarca desde septiembre de 1933 hasta junio de 1953 (tres meses antes del precoz fallecimiento del autor), nos descubrieron la palabra privada del poeta: esencial, susurrante y vitalista. Ahí quedaron las diferentes caras del pretendiente embaucador, del amante desesperado, del escritor enamorado: desinhibido, apasionado, lisonjero, tierno y divertido. Y, no lo olvidemos, también infiel.

Fueron muchas las mujeres de su vida: su primera novia, Pamela Hansford Johnson; su incondicional amiga Wyn Henderson; la escritora americana Emily Holmes Coleman; la joven actriz galesa Ruth Wynn Owen; la poetisa Edith Sitwell; su “madrina” Margaret Taylor; la acaudalada Margred Howard-Stepney; la última persona que le vio consciente en la noche de su muerte (antes de beberse los dieciocho whiskies que acabaron con él), Elizabeth Reitell; y, por supuesto, la que se convirtió en su esposa y madre de sus tres hijos, Caitlin Macnamara. La primera estimuló como ninguna otra su ingenio hacia la reflexión lírica, propiciándole un sereno juego intelectual de grato disfrute; pero es a la última, a su tempestuosa relación, a quien regala la mayor dedicación y entrega según los escritos recopilados. “El mundo se desequilibraría si en el mismísimo centro no estuviéramos tú y yo”, llega a escribirle a la que después adoptaría el nombre de Caitlin Thomas (se casarían dos meses después del envío de estas letras en mayo de 1937).

ESCRIBIÓ, BEBIÓ Y AMÓ

Tal vez por su arrollador carisma, incluso hizo nuevos los tópicos del discurso amoroso con su pluma imperfecta pero sobresaliente, crecida  en torno a dos grandes motivos poéticos: el amor y la muerte. Otros dos valores tradicionalmente asociados a sus obras mayores también pueden degustarse intensamente en su correspondencia: sensualidad y sencillez.

¿Y qué es lo que más nos sigue sorprendiendo de esta lectura? Las inigualables, a veces extrañas, cualidades imaginativas del autor. También la imposibilidad, por parte del lector, de ejecutar ningún juicio moral ante lo leído. Al fin y al cabo, “un acompañante siempre está ofreciéndote algo: anécdotas, intimidades y atenciones, mientras que un verdadero amigo da cosas reales, repletas de calor humano y que se producen en un lugar mucho más profundo que el de la superficie material”. Nos puede, nos vence el grave peso de la humanidad, de la honestidad: “No había trasquilones en mi carta anterior por la sencilla razón de que nunca corto ni quito nada”, le confesó a Pamela Hansford Jonson, “nunca lo hago cuando escribo cartas, a pesar de que no hacerlo a veces me provoca un profundo remordimiento cuando lo pienso más tarde”. Aquel primer amor comenzó a estropearse cuando “su amiga la botella” se cruzó entre ambos, según el testimonio de Pamela en esta edición.

Dylan Thomas “escribió, bebió y amó”. Y este libro dio prueba de ello en su justa medida.


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