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Las redes sociales son esa nueva esclavitud que malversa nuestro tiempo pero también nos da alegrías con las que compensar el latrocinio cotidiano. Hallazgos como el de Itinerario Editorial en Instagram hacen que cobre sentido todo peregrinaje virtual, un sello de poco más de un año de vida que, capitaneado por Raúl Valero García, anuncia un ritmo lento de publicaciones para poder atender la calidad de un prometedor catálogo inaugurado por Henri Calet. 

Texto y foto portada e interior (1ª): Silvia R. Coladas. Foto interior (2ª): Andance, juin 1943. B. Jacques Doucet. D.R.


Le descubrimos gracias a su buen hacer en la red social. El editor nos presenta orgulloso su primer lanzamiento: Monsieur Paul, una rara avis del escritor y periodista francés Henri Calet, que también fue colaborador del diario Combat de Albert Camus. Publicado en 1950 en Francia por Gallimard, un año más tarde en Estados Unidos con notable éxito, es el testamento o confesión que Calet le escribe a su hijo recién nacido: “posiblemente no recibas otra herencia”. En sus páginas, explica Raúl Valero García, “el narrador tendrá tiempo para hablar un poco de todo: la relación de pasión y odio que vive con la madre de su hijo; la crisis de la mediana edad en la que está inmerso; las mujeres de su vida; su viaje a América del Sur; el París popular, el de las gentes humildes, con sus rincones, sus calles y bares; las cosas que le preocupan o llaman su atención; e incluso, todavía le quedará tiempo para darle algunos consejos a su hijo para la vida, una vida absurda que, a veces, ni él mismo entiende”.

No es baladí que la traducción haya corrido a cargo del propio editor: nos llega cocinada  a fuego lento y sin prisas, ¡se nota el mimo!. Que Monsieur Paul sea una obra autobiográfica la dota del otro gran interés añadido. Calet, bajo el nombre de Thomas Schumacher, escribe la misiva a su retoño Paul, de pocos meses, no sólo narrando su pasado sino también desembuchando su presente, sin melindres ni censuras.

¿Y por qué un padre primerizo, considerado mayor en aquella época, se toma esta molestia con su hijo? Porque desea que su único vástago pueda conocer las circunstancias en las que llegó al mundo, algo de lo que él careció y en lo que, dada su paternidad tardía, no le podrá ayudar si no es narrándolas ahora. Eso sí, con gran acierto, le recomienda que lea esta carta cuando sea adulto o, mejor aún, cuando tenga cuarenta años y goce así de la virtud de la indulgencia. Pero la intención no parece ser altruista en su totalidad. Calet necesita desahogarse, “insuflar luz en los recovecos de su alma” y utiliza el terapéutico método de la escritura en primera persona con este fin. Atrapado en una relación tormentosa con la madre de su hijo de la que no parece haber salida, también relata acontecimientos del pasado que le hicieron sufrir en otros estadios bien distintos, advirtiendo al pequeño de los muchos errores que se pueden cometer.

La trama, -su vida-, se desarrolla en diferentes escenarios e incluso en países diversos. A la Costa Brava, por ejemplo, le dedica unas hermosas palabras e incluso llega a adoptar una falsa nacionalidad española durante un tiempo. Pero, fundamentalmente, las calles de París de mitad de siglo XX, con su particular y bella banda sonora, son las que acaparan toda la atención.

SÁTIRA, PREMONICIÓN Y LEGADO

Los paseos por la capital francesa están, a veces, cuajados de penurias, de hedor a orín, de escasez económica, y, otras, -las menos-, son románticos atardeceres rojizos sobre el Sena, aunque, hay que recalcar, que ni siquiera en estos últimos, el halo de miseria y la sordidez termina de difuminarse. Aún con todo, el autor y protagonista logra envolver los sinsabores de la pobreza, de la enfermedad y de la falta de recursos de un delicioso sentido del humor; la sana táctica de reírse de uno mismo y de la vida que le ha tocado en suerte es utilizada frecuentemente con un sarcasmo que, no podemos evitar, nos recuerda al Woody Allen más cáustico, aunque el panorama sea radicalmente distinto y no haya ni una pizca de allure de la alta sociedad.

Las mujeres, ¿cómo no?, son de una importancia vital. Cuando empezamos a leer Monsieur Paul, observamos que deambulan distintos personajes femeninos que se relacionan íntimamente con Calet pero reconocemos nuestra dificultad para ubicarlos en el tiempo. ¿Son coetáneos? ¿Son sucesivos? ¡Aquí hay algo raro! Poco a poco el relato va descubriendo la posición de cada uno de ellos y nuestra perplejidad se disipa dando paso al asombro.

Le recomienda a su hijo Paul que lea este libro-carta cuando tenga cuarenta años y goce así de la virtud de la indulgencia. Pero la intención no parece ser altruista en su totalidad: Calet necesita desahogarse, “insuflar luz en los recovecos de su alma”, es por eso que utiliza el terapéutico método de la escritura en primera persona

Calet se refugia a menudo bajo las faldas de las féminas y ello le conllevará numerosos problemas: desde los remordimientos con su esposa que se le clavan como agujas en el alma, hasta la violencia cotidiana en la relación con la madre de su hijo, quien parece torturarle en cada una de sus apariciones para provocar en él sus sentimientos más abyectos. Esta relación entre los padres de monsieur Paul es la que más capta nuestro interés. No hay insinuaciones, ni lecturas entre líneas, ni dobles sentidos; sólo realidad cruda y descarnada que hoy, sin duda alguna, pondría en marcha, de oficio, los consabidos mecanismos judiciales de protección.

Pero no se me asusten, después de una de cal, siempre recibimos otra de arena. En cuanto lo rancio y sórdido suben de tono, Calet destensa con anécdotas divertidas con las que recuperar el aliento, e incluso, muchas veces, la sonrisa. Episodios de relajo son los protagonizados por el pequeño Paul o aquellos en los que aparece el tío Jules, una especie de parodia de uno de los convictos más famosos de la historia, Papillon, con quien comparte la experiencia de haber estado prisionero en la Isla del Diablo de la Guayana Francesa.

Abunda la crítica social, alusiones a la guerra y al sentir político del propio conductor del relato quien mantiene multitud de luchas interiores: contra su destino “de chupatintas”, motivo principal del importante robo que perpetra a la empresa en la que trabaja o contra sus instintos más bajos, como esa inclinación que tiene a gastarse todo en el hipódromo.

Henri Calet, cuyo nombre real era Raymond Théodore Barthelmess, nos cuenta el pasado y también el presente, pero evita expresamente hablar del futuro en una especie de premonición. A pesar de su muerte por una afección cardíaca, seis años después de la publicación de Monsieur Paul, dejó un importante legado publicado en su mayoría por Gallimard, que deseamos sea traducido y publicado pronto por Itinerario Editorial.​


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