¿A QUIÉNES SOMOS LEALES Y POR QUÉ?

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Abrir el libro Los límites de la lealtad de Simon Keller, publicado por Rialp, nos hace remontarnos a los comienzos de la Filosofía para reflexionar cómo, a lo largo de la Historia, se han desarrollado multitud de planteamientos éticos, escuelas de pensamiento y modelos de relación entre las personas. Si ya existía división de cosmovisiones en la antigua Grecia, todavía más la encontramos en un siglo como el nuestro, en el que la pluralidad ideológica e intelectual es un hecho y los individuos manifiestan una mentalidad que es opuesta e incluso a veces irreconciliable. Pero en el fondo, casi todos reconocemos que existe una “ética de mínimos” a la que podemos llegar, y que permite el encuentro entre los que piensan diferente.

Juan Bagur Taltavull. Foto: Victoria University of Wellington.


 

Aceptamos que existen una serie de valores y de virtudes que nos ha enseñado el sentido común, sin necesidad de buscar maestros en una escuela filosófica concreta. Sin embargo, a veces los profesionales de la filosofía son necesarios, porque nos llevan a plantearnos si realmente lo comúnmente aceptado tiene sentido. Esto puede ocurrirnos después de leer Los límites de la lealtad, del australiano Simon Keller.

La lealtad es uno de esos principios que casi todos aceptamos como un bien en sí mismo, sin tener que justificar por qué. Es un elogio que se diga de una persona que es leal, y quienes admirábamos de pequeños a los caballeros medievales valorábamos su fidelidad incondicional a reyes y princesas. Por si fuera poco, en el popular debate entre los partidarios de los gatos y los defensores de los perros, la lealtad de los canes es lo que suelen exaltar los segundos. No obstante, si lo pensamos con más detenimiento, también eran fieles los mafiosos que servían a Al Capone, al igual que el nazi Eichmann y aquellos alemanes que Daniel Goldhagen llamó en un polémico libro de 1996, Los verdugos voluntarios de Hitler. La lealtad tiene sus límites, nos dice Keller en este libro que ganó el premio de la American Philosophical Association en 2009 y que, publicado originalmente en 2007, podemos leer en español desde 2019 gracias a la traducción de Ginés S. Marco Perles.

La tesis de Keller es sencilla, la expone al principio del libro. La lealtad no es una virtud ni un valor, sino algo menos meritorio y tal vez más complejo: “La actitud y el patrón de conducta asociado que está constituido por el hecho de que un individuo se ponga del lado de algo, y lo hace con un cierto tipo de motivo  que es, en parte, de naturaleza emocional, implica una respuesta a la cosa en sí, y, esencialmente, se encamina a una relación especial que el individuo toma como referencia para que exista entre ella y la cosa a la que es leal”.

Una explicación que puede parecer rebuscada, pero que comprenderemos fácilmente después de leer el libro, porque el autor se encarga de enseñárnosla con un lenguaje sencillo y un estilo directo. Tanto es así que para reflexionar sobre la amistad no recurre a Sócrates y Platón, sino a Chandler y Joey de Friends, y para mostrar los motivos irracionales de la lealtad incondicional, nos revela su pasión particular por el Geelong Football Club. Además, hace del diálogo una herramienta pedagógica, porque se dirige al lector en primera persona, hablándole de tú a tú para hacerse entender.

Pero esto es solamente un método, un camino que nos introduce a grandes filósofos como el comunitarista Alasdair MacIntyre o a Josiah Royce, cuyos planteamientos trata de refutar en sendos capítulos que les dedica. Precisamente, los toma como paradigma de una de las dos posturas que encuentra dentro de la Academia filosófica a la hora de entender la lealtad. Por un lado, están aquellos que la ven como un problema para la moralidad universal, porque implica parcialidad frente a la humanidad tomada en general. Es lo que defendieron tanto Immanuel Kant como el utilitarismo de Jeremy Bentham, que vendrían a decirnos que ser leales a la patria o la familia implica que discriminemos a quienes no pertenezcan a estos círculos. Frente a ello, los autores arriba citados sostienen que la lealtad es una necesidad humana básica y fundamenta tanto la agencia moral como la identidad personal. Terciando entre unos y otros, Keller postula que la lealtad como tal no justifica nada, porque no es un principio absoluto. Por eso no hay que hablar de la lealtad en general, sino de las lealtades particulares, examinando su naturaleza. Él trata de hacerlo centrándose en la amistad, el patriotismo y la familia.

AMISTAD, PATRIOTISMO Y FAMILIA

El primero de estos elementos, la amistad, fue ampliamente analizado por Aristóteles en la Ética a Nicómaco (s. IV a.C.) y sus reflexiones han sido asumidas por las legiones de pensadores que le han sucedido a lo largo de los siglos. Puesto que el estagirita identificaba la vida del hombre virtuoso con el ejercicio de la razón, muchos de ellos plantearon erróneamente que, en el caso de la amistad, ésta solamente es verdadera cuando se fundamenta en la racionalidad. Frente a ello, Keller reconoce que la amistad sigue una lógica particular, y que las normas epistemológicas –derivadas de ser responsable de dar razones para mantener creencias– tienen otras distintas. Su tesis es que puede haber un conflicto entre las dos, es decir, que la lealtad incondicional a un amigo puede ser injusta. Asume que existe una contradicción entre la perspectiva imparcial de la moralidad y la mirada parcial de la amistad, pero plantea la necesidad de encontrar el modo de conectarlas. Para ello, afirma, es necesario recordar que la amistad es un valor intrínseco, pero que también lo son otros muchos, y que si se da un choque entre ellos hay que aceptarlo y lidiarlo según las circunstancias.

En el caso de la lealtad a la familia, comienza refutando las tres teorías clásicas que la explican: la “teoría de la deuda” –contraemos una deuda con nuestros padres, que hay que saldar a lo largo de la vida–, la “teoría de la gratitud” –es necesario respetar a nuestros mayores porque nos han regalado algo valioso, la existencia–, y la “teoría de la amistad” –los padres son amigos, aunque más íntimos–. Él propone la “teoría de los bienes especiales”: como en todos los ámbitos de la vida, en una familia existen “bienes generales”, que lo mismo que se obtienen allí podrían conseguirse fuera (por ejemplo, ayudar a los padres a ir de compras o dejarles habitación cuando están de visita). 

Pero también hay “bienes especiales” (como el sentido de trascendencia y el consejo que solamente puede brindar quien nos ha conocido durante años y años de convivencia). Lo fundamental es que estos bienes particulares son por esencia abiertos y continuos: no constituyen una deuda a saldar, pero tampoco una simple relación de amistad, porque se asientan sobre el descubrimiento y no en la elección ni el cumplimiento de objetivos.

También Keller habla del patriotismo, en dos capítulos. Es el aspecto más flojo del libro –algo en lo que coincide el prologuista y traductor–, porque trata de forma simplista un tema muy complejo.

El patriotismo ha sido estudiado por historiadores, sociólogos, filósofos, politólogos… y todavía genera grandes debates teóricos. Pero Keller solamente cita a los comunitaristas, que lo consideran una virtud central para mantener el orden social, a los defensores del “universalismo fuerte”, para quienes es un vicio que conduce al racismo y cosas peores, y a los partidarios del “universalismo débil”, que intenta conciliar las otras dos posturas. Como los segundos, el autor asegura que el patriotismo es un vicio, pero por otro motivo: porque supuestamente, siempre implica o conduce a la mala fe. Así se explica: “Ser un patriota es tener una lealtad seria hacia el país, una que no se caracteriza por la fenomenología de la elección, se basa esencialmente en que el país es tuyo e incluye referencias a lo que se consideran valiosas cualidades definitorias del país”. Dicho de otro modo: el patriota cree que su país es el mejor, y lo cree porque sí, solamente debido a que es el suyo. De ahí que conduzca a la mala fe, a aceptar irracionalmente que es bueno todo lo relacionado con su patria. Frente a esto habría mucho que escribir, aunque no sea la ocasión de extendernos en un tema tan interesante. Pero baste indicar que, para empezar, sería necesario distinguir entre nacionalismo y patriotismo, y dentro del primero, entre lo que el historiador Friedrich Meinecke llamaba “nacionalismo cívico” y “nacionalismo cultural”.

Keller propone que hagamos un ejercicio de introspección para ser solamente fieles a los verdaderos valores y a las auténticas virtudes, no bastando acallar nuestra conciencia con la exaltación de una lealtad ilimitada

La mayoría de estudiosos reconocen que existen muchas formas de patriotismo y/o nacionalismo, y que algunas de ellas son compatibles con las virtudes cívicas. Probablemente deberíamos recordar que el vicio es el reverso tenebroso de una virtud luminosa, según podríamos definir mezclando a dos sabios, Aristóteles y Yoda. Todo lo que escribe Keller sobre el patriotismo sería solamente aplicable a su degeneración en el lado oscuro: Hitler era patriota, pero también lo era Gandhi, y me hubiera gustado que el autor del libro no lo hubiera dejado pasar por alto.

En conclusión, y utilizando las palabras del filósofo australiano, “hay buenas lealtades, malas lealtades y lealtades éticamente complicadas”. Keller trata de convencernos de que no existe la lealtad en sí, porque nada tiene que ver su manifestación en un ámbito con el que se da en otro espacio de la existencia. Las lealtades interactúan con valores y estándares de todo tipo, y es necesario evaluar cada caso concreto para reconocer si puede ser una motivación buena o no. Esto es lo más interesante de las reflexiones de la obra, porque nos invita a preguntarnos a qué nos mostramos leales y por qué razón lo somos. Seguro que la respuesta que nos demos es de gran ayuda para entendernos mejor a nosotros mismos y también al contexto que nos ha impuesto u ofrecido esas lealtades particulares. Keller propone, en definitiva, que hagamos un ejercicio de introspección y lo descubramos, porque según su convicción, la ética se ha de buscar en otras fuentes. Solamente deberíamos ser fieles a los verdaderos valores y a las auténticas virtudes, no bastando acallar nuestra conciencia con la exaltación de una lealtad ilimitada.


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