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Una bofetada puede conseguir o frustrar muchas cosas, pero creo que nunca antes ha logrado silenciar una guerra. No hace falta aclarar de qué bofetada estoy hablando porque todos sabemos cuál es. Se ha dicho sobre ella todo lo imaginable, se han vertido tantas opiniones y análisis que no cabe aportar nada nuevo. Acaso disfrutar de la panorámica. 

Alberto Ávila Salazar. Foto portada: Ilya Ehrenburg por Giuseppe Pino (Mondadori Publishers)


 

Han escrito tanto sobre ella que ya no puedo juzgarla o tan siquiera, interesarme. A veces pienso de manera pragmática, y solamente puedo ver que un individuo A ha golpeado a un individuo B y este último ha decidido no denunciar, por mi parte ya he corrido un tupido velo.

Pero este texto no trata sobre mi desinterés acerca de este asunto (quizás tendría que haber más artículos sobre el desapego), sino para recordar otras bofetadas muy sonadas. Las bofetadas literarias. La rivalidad artística es un lugar común y pocos escritores se han resistido a la tentación de dejar su silencioso estudio para enzarzarse con sus colegas de profesión. No voy a recordar las violentas hazañas de muchos literatos: los crímenes de François Villon, las trifulcas tabernarias de Verlaine o Rimbaud, los geniales bastonazos de Valle-Inclán, las hazañas bélicas de nuestro manco de Lepanto, las tropelías del fénix de los ingenios o el mítico duelo en Jueves Santo de Quevedo. Tampoco interesa a estas líneas el gatillo ebrio de William Burroughs, la afición de Hemingway a dirimir sus diferencias con guantes de boxeo o (para amantes de las rarezas) aquella vez que Harlan Ellison y Frank Sinatra llegaron a las manos en un bar de Los Ángeles.

Este artículo trata sobre el sopapo, el tortazo, el golpe con la mano abierta que humilla más que daña, el que, como máximo, puede dejar un ojo morado. Algo así como el que Camilo José Cela arreó al periodista Jesús Mariñas en 1991, inmortalizado por una fotografía y que fue respondido por el cronista del corazón con un «¡Joder, Camilo, bien está que me hosties, pero no me mojes!» Una súplica destinada a impedir que el premio Nobel le arrojara a una piscina cercana. La razón de este golpe no era otra que el emparejamiento de don Camilo con Marina Castaño, a quien llevaba 31 años de años de edad y que se había convertido en un tema preferente por el tipo de prensa que personificaba Mariñas.

Más enjundia revisten y, sin duda, más legendarios son los palos que recibió el periodista ruso Ilya Ehrenburg del leonino André Breton. Corría el año 1935 y, durante el primer Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en París, el surrealista aprovechó la presencia de Ehrenburg para abofetear al soviético. ¿La razón? Ehrenburg acababa de publicar un panfleto acusando de pederastas a los surrealistas. Lo que sí consiguió fue la expulsión del grupo del congreso. Ilya Ehrenburg tal vez no sea muy conocido por la mayoría, se trata de uno de esos autores eclipsados por una sola obra, Libro negro, el primer testimonio documental del Holocausto.

En 1984, José María Caballero Bonald fue el agresor y Alfonso Grosso, el agredido. El escenario de la pelea fue la presentación de un libro de Leopoldo Azancot y las razones no están muy claras. La versión oficial es que Grosso acusó a Caballero Bonald de tolerar el oscurantismo de las grandes editoriales con las cifras de ventas para pagar menos regalías a los autores. Lo cierto es que el propio Bonald afirmó que «antes de la bofetada hubo una discusión previa».

MÁS CUADRILÁTEROS (LITERARIOS)

Dieciocho años después, en 2002 fueron Manuel García-Viñó y Vicente Molina Foix los que llegaron a las manos. El improvisado cuadrilátero de boxeo fue un estudio de televisión, durante la grabación del programa Negro sobre blanco, dirigido y presentado por Fernando Sánchez Dragó; el director de La fiera literaria demostró muy a las claras su desapego por la persona y el trabajo de Molina Foix, quien acabó llamándole «fascista» y asegurando que poseía fotos suyas con el brazo en alto.

Dejo para el final el incidente más conocido, uno que involucró a dos premios Nobel. Sucedió el 12 de febrero de 1976, en Ciudad de México, Gabriel García Márquez se disponía a saludar a su amigo Mario Vargas Llosa después de un largo tiempo sin verse, pero la respuesta del peruano fue un puñetazo en el ojo. Vargas Llosa exclamó que su puño se había cobrado venganza por algo que había sucedido entre su esposa, por aquel entonces Patricia Llosa, y el colombiano en Barcelona. Corramos de nuevo un tupido velo. En todo caso, la consecuencia del incidente es una de las fotos más conocidas de Gabo, un sonriente primer plano con un ojo morado.

Hay muchas más crónicas similares y, a buen seguro, las seguirá habiendo. Las bofetadas no van a desaparecer. Pero recuerden: si se ven tentados a recurrir a ellas, piensen antes si, tal vez, le acaben repercutiendo en favor del abofeteado.


LO

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