LibrosLivres

Versión original

Publicada en

LLUEVE. Nada extraño en una ciudad en la que el sol solamente brilla 70 días al año. Pero no logro acostumbrarme. La melancolía me invade. Necesito un compañero que me alivie esa sensación de añoranza y me ayude a sumergirme en un mundo que me acerque a lo míos. Voy a mi biblioteca.

Repaso los tomos allí colocados sin ningún orden establecido. De repente siento un pequeño sobresalto. Entre estante y estante no encuentro lo que busco. La melancolía muta en inquietud. ¿Dónde podré encontrar, en esta ciudad extranjera, uno de los últimos lanzamientos editoriales en mi lengua materna? Pienso que no soy el primer expatriado que se topa con esta situación. Me lo tomo como una tarea sencilla, una simple anécdota en mi vida de emigrante. En una ciudad como París no me costará mucho encontrar un ejemplar en una lengua tan universal como el español, hablada por más de 450 millones de personas. Tiro de algunas direcciones de librerías especializadas en español de mi época de estudiante y me lanzo a la calle, paraguas en mano.

«¿Dónde podré encontrar uno de los últimos lanzamientos editoriales en mi lengua materna? Pienso que no soy el primer expatriado que se topa con esta situación y que no debería costarme mucho con una lengua tan universal en esta gran ciudad cultural y lectora pero lo cierto es que París está perdiendo también librerías emblemáticas»

Me dirijo a la calle Santeuil, en el quinto arrondissement parisino, barrio de artistas, de escritores y, sobre todo, de universitarios. Al llegar allí me encuentro con algo que no esperaba: unas vitrinas empapeladas y un cartel de cerrado. ¿La habrán cambiado de sitio? Durante un corto periodo de tiempo, apenas algunos segundos, me quedo inmóvil delante de la puerta. Cualquier transeúnte, si se hubiera fijado, habría visto la decepción en mis ojos. Enfrente de mí, en la puerta de la Universidad, veo a un grupo de chavales fumando. Deben de ser universitarios. Me acerco a ellos. Necesito información. Una de las chicas, Maeva, me pone al día. “Cerraron definitivamente la librería Palpimpseste este verano”, me dice. “Hasta hicieron una campaña de crowdfunding en redes, pero no la pudieron salvar. Es una pena, allí encontrabas de todo”, apunta su compañero. Colgado en la puerta, un cartel testimoniaba este cierre forzoso: “Última librería universitaria independiente”. París también pierde sus librerías más emblemáticas. La melancolía vuelve a invadirme sin poder evitarlo.

No está todo perdido. Intento animarme. En pleno Barrio Latino, uno de los barrios más culturales de la ciudad, no será difícil encontrar una librería donde vendan libros en español. Primera parada: rue des écoles. Nada más entrar en la librería Compagnie, en un lugar privilegiado, veo un libro de Arturo Pérez Reverte, Falcó. El corazón me da un vuelco. ¿Encontré mi librería? Al acercarme veo que es una edición en francés, algo que me llena de orgullo. Pregunto y me indican la estantería de “Literatura Extranjera”. Me acerco y allí están Pérez Reverte, Víctor del Árbol, Almudena Grandes, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mendoza que comparten espacio con Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Goytisolo o Carlos Fuentes. Pero todos traducidos a la lengua de Molière. Siento gran satisfacción al comprobar que los lectores franceses pueden descubrir y disfrutar tanto de las novedades literarias como de los clásicos contemporáneos de las letras hispanas.

Sigo caminando por las calles parisinas, explorando pequeñas librerías con un encanto especial, impregnadas de olores a papel, café y tinta. Estanterías repletas de libros donde la literatura en español ocupa un espacio algo residual: un puñado de ejemplares de Cervantes, Lope de Vega y Borges. Lo que parecía una tarea sencilla se convierte en una peregrinación ardua y fatigosa, una búsqueda del Santo Grial. La suerte no está siendo mi aliada, pero todavía me falta jugar una última carta: una gran librería en el Bulevar de Saint Michel. A pesar de que no soy demasiado entusiasta de lo que me gusta denominar como “centros comerciales de libros y cosas”, decidí darle una oportunidad. Así que me dirijo hacia ese edificio de escaleras mecánicas, ya fuese por desesperación o simplemente por curiosidad.

Nada más traspasar la puerta, mi castillo de ideas preconcebidas se derrumba. El interior carece del glamour de otras librerías parisinas, pero desprende un halo decadente de bouquinerie. Me dejo arrastrar hacia las escaleras y subo por las diferentes plantas de esta torre de babel donde libros, de todas formas y tamaños, se apiñan en las estanterías. Siento un pálpito. Ahí están. Centenares de libros de las letras hispanas en versión original. Encontré mi santuario: la librería Gibert Joseph.

Satisfecho con mi hallazgo, vuelvo a sumergirme en las calles parisinas. En el camino de regreso, una idea no deja de dar vueltas en mi cabeza. Cómo, en un mundo globalizado, donde creemos que todo está al alcance de nuestras manos, el acceso a la literatura en lengua extranjera resulta algo tan restringido.

Quizá editoriales, distribuidoras y librerías tengan alguna respuesta.

Héctor Luesma- @heztor

Corresponsal en París de @literocio

LOmío

Lo que me quede contigo, Madrid

Publicada en

Por la puerta de Valnadú entro a verte en esta ocasión y, sin demora, bien aprendida la lección, coloco mis dedos sobre la piedra con las cinco huellas del diablo, y, sin la más mínima pericia y con todo el disimulo, escupo como pide la costumbre, no vaya a ser que negar la superstición me traiga mala suerte.

Lo fundamental, en cualquier caso, es que haya pulso, sea cual sea la energía que alimente el corazón. Mientras este se empeñe en su labor, no hay nada que temer. Y esta piedra late.

Separar mis dedos de su desgastada superficie es lo que me incita a comenzar nuestra aventura. Caminar en tu busca es para mí tan manía como costumbre; al igual que insistir en escribir a mano o leer libros de papel. Estos empeños tienen mucho que ver con el tiempo; el que se dosifica en mí. Ese tiempo que pretendo dominar letra a letra, paso a paso. No sé qué me diste la primera vez ni qué esperar de la que pueda ser la última, pero en cada uno de mis pasos las letras inundan, a borbotones, tus arterias. Crepitan en mí los torrentes de palabras, me ahoga la adjetivación excesiva y caprichosa de todo primer amante. Y sigo caminando, como quien escribe porque no puede no hacerlo.

Y desde aquel día, si ya antes te leía, te leí mucho más; y desde aquel día, si ya te escribía… desde entonces, ya te puedes imaginar

Algo tienes, Madrid; algo que se queda prendido en la retina de quien te contempla. Un recuerdo indeleble, permanente, más bien insistente. No es tu belleza, ni tu fealdad. No es tu cielo azul ni el gris de tu pavimento. No es tu frío ni tu calor; ni tu día ni tu noche. Eres el contraste de todo ello cuando juega a la contradicción. Eres a la vez la delicia del cielo y el tormento del infierno; te abres a cuantos te visitan, te ofreces a tantos como te necesitan y te entregas sin reservas a cuantos te aman. Y, sin embargo, a veces puedes resultar tan cruel…

Yo, que ya no estoy para desperdiciar amores, hoy, tengo la intención de perderme del todo contigo, en el espacio y, si es menester, también en el tiempo.

Recuerdo un día de mayo, aunque no puedo precisar el año. Un día de esos en los que tu brillo está por encima de toda lógica, cuando ya San Isidro se adivinaba en el horizonte de tus días. Desde un escaparate, llamaste mi atención, envuelta en un volumen de Mesonero Romanos, cuyo precio no me resistí a preguntar, por más que sabía que jamás sería mío.

Y desde aquel día, si ya antes te leía, te leí mucho más; y desde aquel día, si ya te escribía… desde entonces, ya te puedes imaginar.

Camino por Arenal, donde un librero se funde con los vetustos muros de San Ginés. Me miras a los ojos y te reconozco en todos y cada uno de los trazos y colores de las láminas que jalonan el homónimo pasaje. Junto a ellas, los libros se muestran, dóciles, a quien los abre, los hojea y ojea. Algunos los huelen, incluso, mientras los acarician, libidinosos. Sonrío y pongo rumbo al sol que nunca se pone, a tu Sol, al corazón del que nacen todos los caminos. No puedo dejar de sonreír cuando estoy contigo, por más que a veces mis labios se empeñen en no demostrarlo. Y hay en ti, cosas de la vida, que despiertan mi instinto de escritora insaciable, de amante de las letras que sueña con plasmarte en un lienzo de palabras.

Sin apenas percibir que el tiempo pasa, pues pasear es como leer y escribir, es decir, jugar a dominar el tiempo, he llegado a la calle de Atocha, junto a la iglesia de San Sebastián. Allí no queda nada de lo que Galdós describió de sus puertas plagadas de pedigüeños; unas placas en el atrio nos recuerdan que, a pesar de que la guerra cambiara su exterior, en el interior el tiempo se ha detenido grabado en mármol. Leo, con curiosidad, y trato de memorizar cada nombre con el que siento esa indefinible relación de compartir el oficio de las letras. De entre los bautizados allí encuentro a Tirso de Molina y Fernández de Moratín; de los que celebraron su matrimonio, cómo no, me asaltan Larra, Zorrilla y Bécquer, aunque también Valle-Inclán y Buero Vallejo; finalmente, en las defunciones, Cervantes, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Espronceda y Benavente. Cuando salgo hacia la calle, me prometo que pronto buscaré en ti las huellas de uno de los que allí fueron bautizados, el que acelera mi corazón. Me conozco y no descansaré hasta que no busque su cueva, las huellas de sus hazañas, la leyenda de su persona: Luis Candelas, el bandolero más famoso de Madrid.

Aunque en San Isidro no esté contigo, no creas que te soy infiel, puesto que te buscaré en Santa Ana, a los pies de Calderón o en un suspiro de Lorca

Como desembocando en una dársena, mi camino me lleva a la estación de Atocha. Dos criaturas aladas contemplan la glorieta, encaramadas a la nave central, testigos de muchos intentos y también de muchas rendiciones. Me acodo en la barandilla y, por un momento, veo a un joven con una pequeña maleta. Viene aterido de frío, envuelto en un abrigo. Lleva el pelo muy corto y parece contar unas monedas en el hueco desnudo de su mano. No sé cuál es su destino, ni si tendrá dinero para pasar el día. Parece como si para él, quizás también para mí, fueran las 8:30 de un día de comienzos de diciembre. En una de estas ensoñaciones que a veces me asaltan, el joven se ha desvanecido, no sé qué rumbo ha tomado, sin embargo, no puedo sino desearle que la vida le sea leve, que la tierra lo sea mucho más y, mientras susurro sus versos inundados de escarcha y cebolla, reprimo el impulso de seguirle. Miro a mis pies y olvido quién soy, cuándo estoy; te miro como al paisaje de otro tiempo y te muestras ante mí como mi musa milenaria.

¿Ha salido de mi mente la palabra musa? Se me ha subido el amor a la cabeza y comienzo a desvariar, puesto que, tenerte por musa, es creerme artista, es creerme digna de ti, como una plumilla más en la caterva de hambrientos aspirantes a literatos que soñaron alcanzar tu gloria; un alma más vagando de café en café: la Montaña, el Levante, el Imperial, el Comercial o el del Gato Negro, vecino del Teatro de la Comedia

Te seguiré buscando, puesto que así es amarte. Aunque en San Isidro no esté contigo, no creas que te soy infiel, puesto te buscaré en Santa Ana, a los pies de Calderón o en un suspiro de Lorca. Correré hacia ti, sin aliento, si es menester, para hallarte en una taberna, entre los versos satíricos del caballero de bigote y anteojos; compartiré las desventuras del anciano herido en Lepanto y adivinaré el puzle de estancias de tus casas a la malicia junto al clérigo que es un fénix de plumas maravillosas…

No queda mucho para que los libros tomen el Retiro y se me viene todo el amor de golpe, me falta la respiración, expectante como estoy

Allí hay unos árboles, a lo lejos, quizás al joven del abrigo le ha dado un brote de nostalgia y busca el verdor para seguir susurrando versos. Camino hacia allí. La centenaria cuesta de Moyano me anima con una pequeña chispa de vanidad; en los libros siempre estarán las respuestas mientras sepa hacer las preguntas. En las casetas de rostros grises azulados, bajo sus toldos amarillos, miles de ojos me miran mientras camino y me recuerdan que, eso que busco, dominar el tiempo, es posible leyendo, escribiendo y, ante todo, por tus calles, paseando.

No queda mucho para que los libros tomen el Retiro y se me viene todo el amor de golpe, me falta la respiración, expectante como estoy. De momento, viviré San Isidro, porque da igual lo lejos que esté, que siempre lo vivo contigo. Siempre he opinado que lo tuyo con las letras es un amor que roza el idilio y ahora sé que es así, pues hasta una letra te han dedicado. Una tipografía, bien llamada “Chulapa”, con la que escribirte, ya no a mano (qué le vamos a hacer) todo lo que me quede contigo este siglo XXI.

Anamaría Trillo, periodista y escritora (Amaneció de nuevo Madrid )

LibrosLivres

Un Sant Jordi a la francesa

Publicada en

UN LIBRO Y UNA ROSA. Esto es con lo que obsequian los libreros galos a todas las personas que se acercan a sus librerías para celebrar el Día del Libro y de los Derechos de Autor. Se trata de la Fiesta de las librerías, una jornada festiva que pretende reivindicar el valor que librerías y libreros aportan a la creación y difusión de los libros y la cultura.

DETALLE FLORIDO DE LA LIBRERÍA DES ABESSES

Este año, más de 450 librerías repartidas por toda Francia han participado en esta cita que tuvo lugar el pasado sábado 27 de abril. Los creadores de esta iniciativa se inspiraron en nuestra fiesta de Sant Jordi para poner de relieve la importancia de librerías y libreros en la difusión de la cultura del libro y el placer por la lectura. “Conocí el día de Sant Jordi gracias al compositor catalán Étienne Roda-Gil, y me pareció algo fascinante que los libreros salieran a la calle con libros y rosas para celebrar la libertad de publicación.

Sentí que era una fiesta ancestral”, afirma Marie-Rose Guarnièri, propietaria de la librería des Abbesses de Paris y organizadora de la Fiesta de las librerías. “Me di cuenta que el Día del Libro y de Derechos de Autor se celebraba el 23 de abril en 85 países, y que, entre ellos, no estaba Francia. Así que decidí adoptar esta idea en mi país y poner en marcha una fiesta en la que la librería fuera el centro de todas las actividades, para dotar a los libreros de un espacio maravilloso como el Día de Sant Jordi, de una fiesta con alma”. Ya han pasado 21 años desde que se celebrara por primera vez este Día del Libro en Francia, y durante todo este tiempo se ha mantenido el mismo objetivo: transmitir al público la cultura y la Historia del libro. “Cada vez hay más personas, sobre todo jóvenes, que se concentran en las nuevas tecnologías, en los móviles, en las tabletas, y que se alejan del libro y ya no buscan llenar ese espacio intelectual. No saben cómo funciona una librería, no conocen los pasos que sigue un libro desde su creación hasta que llega a sus manos, ignoran cuál es la verdadera labor de un librero”, explica Guarnièri. “Lo que pretendemos con este día es reencontrarnos con nuestros clientes en un ambiente más festivo, mostrarles lo que somos, lo que hacemos, la importancia que tienen los libros, y animarles a desconectar un poco y disfrutar de un buen libro tranquilamente”.

Marie-Rose Guarnièri: “El Día del Libro y de Derechos de Autor se celebraba en 85 países entre los que no se encontraba Francia. Así que decidí adoptar esta idea y poner en marcha una fiesta con la librería en el centro de todas las actividades, dotar a los libreros de un espacio maravilloso como el Día de Sant Jordi, de una fiesta con alma”

EDICIÓN ORIGINAL DE ‘ELLE SE FIT ÉLEVER UN PALAIS…’

Cada año, además de hacerlo con una rosa, los libreros obsequian a sus clientes con un libro que “muestra siempre un aspecto particular de la Historia libresca, que permite al lector comprender qué es realmente un libro, no solamente un objeto sino algo más”. Y en esta ocasión, el libro elegido es “una verdadera joya editorial”, afirma Marie-Rose. Se trata de la reedición del poema de Paul Éluard titulado Elle se fit élever un palais… ilustrado con 11 grabados de Serge Rezvani, compositor, pintor y artista multidisciplinar francés. Esta reedición, realizada en colaboración con la editorial Gallimard, cuenta con 28.500 ejemplares que tienen un valor casi igual que el libro original, publicado en 1947, del que solamente se editaron 16 ejemplares.

“Es un pequeño tesoro de la edición francesa hasta ahora sólo en manos de bibliófilosgaleristas de arte”, asegura Guarnièri. Con esta reedición, «hemos querido poner también en manos del público un libro de artista donde arte y poesía se fusionan dando lugar a una obra maestra que explica por sí sola la idea que queremos transmitir sin necesidad de añadir comentarios”.

En este día festivo, las librerías se convierten en el centro de la vida cultural. Talleres de promoción de la lectura, de expresión artística, encuentros con escritores y editores, firmas de libros… son algunas de las actividades que organizan los libreros bajo el paraguas de la Fiesta de las librerías. Como novedad este año, se ha puesto en marcha el proyecto Una librería, un profesor, una clase, que consiste en acercar el mundo de las librerías a los niños dentro del ámbito escolar. “Los niños se alejan mucho de las librerías, algunos no han entrado nunca en una”, dice Guarnièri. “Para regenerar esos lazos perdidos, decidimos que cada librero contactase con un profesor de literatura de su entorno y que se acercase a la librería con sus alumnos para poder ofrecerles esa iniciación a la cultura y a la Historia del libro que no aparece en ningún punto de los programas educativos oficiales”.

«Las librerías se convirtieron un año más en el centro de la vida cultural durante la jornada de la Fiesta de las Librerías con la novedad en esta edición del proyecto Una librería, un profesor, una clase que consiste en acercar el mundo de las librerías a los niños dentro del ámbito escolar»

Para Marie-Rose Guarnièri, la idea es que “los chavales, desde pequeños, sepan cómo se hace un libro, que conozcan una editorial por dentro, que tengan contacto con escritores y creadores, que lean en clase con su profesor… En definitiva, que en los colegios se promueva, de una forma interactiva, el contacto con los libros”. Centenares de escolares han participado este año en este proyecto que espera seguir creciendo en las próximas ediciones de la Fiesta de las libreríasPorque, como bien asegura Marie-Rose Guarnièri, para que las librerías puedan sobrevivir “tenemos que conseguir que los jóvenes vuelvan a nuestras librerías”.

Héctor Luesma- @heztor

Corresponsal en París de @literocio

LOcontamos

Lovecraft por Óscar Mariscal

Publicada en

NUESTRA RECOMENDACIÓN especial para el Día del Libro 2019: Confesiones de un incrédulo y otros ensayos escogidos (El Paseo Editorial). La trae su prologuista y traductor Óscar Mariscal para dejarnos con tan valiosa antología de los ensayos periodísticos de H. P. Lovecraft que conforma genuino y «sintomático autorretrato de uno de los escritores más influyentes de la reciente cultura popular moderna» que fue presentado en el Café Ajenjo el pasado otoño para dejarnos misterios y revelaciones que germinan así esta primavera. 

FRANK G. RUBIO: Háblenos de su último y ambicioso libro Confesiones de un incrédulo (El Paseo Editorial), donde selecciona, presenta y traduce material ensayístico del más destacado cultivador del “cuento materialista de terror”, como le calificase Rafael Llopis.

ÓSCAR MARISCAL: En Confesiones de un incrédulo he tratado de ofrecer una muestra lo más amplia posible del pensamiento de Lovecraft en varias materias de su interés, con la idea de profundizar más en cada una de ellas. Luis Alberto de Cuenca  ha destacado el apartado literario, y otras críticas han visto en los artículos políticos la parte más jugosa del volumen. Para mí, lo más gratificante ha sido poder incluir descubrimientos “recientes” entre sus papeles, como la colección de argumentos de historias de terror, gracias a la colaboración del “State of Lovecraft”.

F.G.R.: Perdone mi ignorancia ¿qué es eso del «State of Lovecraft«? Me pasa como a San Agustín: si no me lo dice lo sé pero no lo sé cuando se lo escucho…

O.M.: No me extraña, es un tema complejo por demás. Hay un conjunto de obras de HPL (parte de su poesía, algunos artículos, fragmentos, correspondencia) que han sido publicadas póstumamente (algunas, incluso, muy recientemente) y por lo tanto no son de dominio público; la gestión y administración de este corpus la realiza el doctor Robert C. Harrall desde 1974. En el canon lovecraftiano establecido por S. T Joshi desde la década de 1980 en Arkham House hasta ahora en “Hippocampus Press”se reconoce esta situación.

Óscar Mariscal en la librería Opar de Madrid

F.G.R.: Vivimos un interés vertiginoso por la obra de no ficción del Maestro de Providence. Francisco Arellano y usted han sido aguerridos pioneros en entregar a los lectores en lengua española muestras bien seleccionadas y traducidas de una obra vastísima enterrada entre miles de cartas…

O.M.: Para “La Biblioteca del Laberinto” hice una antología de revisiones y colaboraciones menores de HPL (Sueños de Yith) y otra, bastante exhaustiva, de la obra de Duane W. Rimel (Las brujerías de Aphlar), que contiene la última revisión que hizo Lovecraft; pero las aportaciones lovecraftianas de Francisco Arellano vienen de muy lejos, de su revista Marginalia. También ha publicado el ensayo de Lin Carter sobre Lovecraft; para mí, la bibliografía que incluye Carter es el canon de los Mitos, lo demás son apócrifos más o menos bienintencionados. Ahora caigo en que mi primera aportación apareció en el fanzine Sueño del Fevre de Carlos Maroto (1990); se trataba de una selección de anotaciones del Commonplace Book de HPL, traducidas por Rafael Llopis, con quien mantuve una interesantísima correspondencia desde 1988 (yo tenía entonces 16 años).

«Hay un artículo muy largo en el que Lovecraft intenta establecer un canon de la literatura universal, y en el que además da consejos de lectura, compra y almacenamiento de libros. Resulta curioso porque se descubren muchos hábitos y manías con los que muchos amantes de los libros nos identificamos»

F.G.R.: Lovecraft escribió mucho sobre literatura y bien, como ha destacado Luis Alberto de Cuenca. Estoy pensando en algunos ensayos suyos sobre la literatura clásica o fantástica que ha publicado La Biblioteca del Laberinto, o en esta interesantísima colección de argumentos que encontramos en Confesiones de un incrédulo ¿Cuándo tendremos un volumen que recopile materiales de este tipo de nuestro héroe? Por qué haberlos, haylos, ¿no?

O.M.: S.T. Joshi dedicó un volumen completo de su titánica recopilación de la ensayística de Lovecraft a artículos relacionados con la literatura; esta es la principal fuente que tenemos (además, excelentemente anotada), pero entre la correspondencia publicada hay también mucho material interesante al respecto. En Confesiones hay un artículo muy largo en el que HPL intenta establecer un canon de la literatura universal, y en el que además da consejos de lectura, compra y almacenamiento de libros. Resulta curioso porque se descubren muchos hábitos y manías con los que muchos amantes de los libros nos identificamos.

F.G.R.: Muy interesantes los dos artículos sobre las actitudes políticas de Lovecraft al final de su vida, impulsadas por las circunstancias de la crisis del 29 y el New Deal. Háblenos de esto. Veo inquietantes similitudes con circunstancias actuales…

O.M.: Se conservan tres grandes artículos políticos de HPL, los dos que aparecen en el volumen, y otro más escrito un año o así más tarde; podría decirse que estos textos constituyen la “suma política” de Lovecraft. Lo curioso es que ninguno de estos artículos fue escrito pensando en su publicación; al parecer el autor, en su modestia, solo pretendía ordenar sus ideas económico-político-sociales, que luego exponía en sus cartas a los corresponsales que le pedían su opinión sobre la difícil situación que vivían. Era, como bien dice, la época del New Deal de Roosevelt (a quien Lovecraft tenía en un pedestal).

Sobre su contenido no me considero autorizado a hablar in extenso; en ocasiones me parece oír ecos de esa tradición de “izquierda antipositivista” a la que aportaron pensadores como Proudhon o Sorel y que, según el propio Mussolini, acabó afluyendo al “gran río del fascismo”. Pero puede que esto no sea más que un espejismo.

«Dos de sus tres grandes artículos políticos se recogen en este volumen, ninguno fue escrito pensando en su publicación: el autor, en su modestia, solo pretendía ordenar sus ideas económico-político-sociales, que luego exponía en sus cartas a los corresponsales que le pedían opinión sobre la difícil situación que vivían en la época del New Deal de Roosevelt (a quien Lovecraft tenía en un pedestal). Tal vez sea un espejismo, pero me parece oír ecos de esa tradición de izquierda antipositivista a la que aportaron pensadores como Proudhon o Sorel y que, según el propio Mussolini, acabó afluyendo al gran río del fascismo»

F.G.R.: Con ocasión de sucesos luctuosos y penosos, S.T.Joshi ha devuelto sus galardones del Premio Mundial de Fantasía y la estatuilla del trofeo, inspirada en una caricatura de HPL realizada por Gahan Wilson, ha pasado a mejor vida. ¿Como ve esta fantochada?

O.M.: “Fantochada” es la palabra perfecta para calificar este espectáculo.

También hay un premio Edgar Allan Poe al que, aplicando los mismos criterios, habría que cambiar de nombre (¡Poe defendía la esclavitud!). Por otra parte, creo que el género necesita más trabajo de gabinete y menos trabajo de pasarela; en los congresos científicos se hace balance del periodo previo de investigación, se exponen los avances y los problemas en la misma, y se plantean metas para el siguiente periodo, pero en nuestras “Cons” solo hay presentaciones de libros, paseos triunfales y baños de masas.

Por cierto, que yo adoro el trabajo de Gahan Wilson

F.G.R.: Aquí hay gente, una minoría poco selecta pero obtusa, que propone escribir fantasía lovecraftiana suprimiendo a Lovecraft. Este tipo de sectarismo está haciendo mucho daño al género fantástico y modalidades literarias similares como la ciencia ficción o el terror, tanto en el mundo anglosajón como en España. ¿Su opinión? ¿Cree que hay que escribir o traducir siguiendo un guión ideológico «correcto»?

O.M.: Apenas sigo lo que se hace actualmente en el campo de la fantasía. Pero sí tengo la impresión de que hay cierto sentimiento de culpa entre los cultivadores del género: “¿Género, yo?, ¡lo mío es literatura con mayúsculas!”, “No son vampiros, son figuras retóricas”.

Esa supresión (ocultación, menosprecio…) de Lovecraft podría deberse más al deseo de ciertos creadores de distanciarse de todo lo que huela a “literatura popular” que a cuestiones ideológicas o estéticas. El caso de Colin Wilson en la década de 1960 es un ejemplo de libro: tras despellejar públicamente a Lovecraft en su obra El poder de soñar (por otra parte un libro muy interesante), se dedicó a “pastichearlo” con cierto éxito editorial.

Respecto a los guiones (ideológicos o de cualquier otro tipo) ya dijo Juan Ramón Jiménez: “Si te dan papel rayado, escribe de través; si atravesado, del derecho”. La llamada “incorrección” no es garantía de independencia o cordura ideológica —es, de hecho, un negocio para un buen número autores, editoriales y medios—, y su influencia sobre las diversas expresiones artísticas es tan nefasta como la de la llamada “corrección”. En Estados Unidos, en el siglo XIX, existía la figura del “orador de esquina”, el que quería exponer su sistema e ideas se plantaba en una esquina y peroraba a placer, y el que quería oírlo, se acercaba y se unía al corro (en las actuales redes sociales, cada perfil es una esquina). Ahora, además, “se da silvestre” un autor proselitista que considera preciso iluminarnos desde tal o cual posición (que naturalmente es la correcta), y nos administran su credo más o menos disimuladamente en sus escritos. Pero no perdamos el tiempo ni se lo hagamos perder a los demás.

«El género necesita más trabajo de gabinete y menos pasarela. En los congresos científicos se hace balance del periodo previo de investigación, se exponen los avances y los problemas en la misma, y se plantean metas para el siguiente periodo, pero en nuestras Cons solo hay presentaciones de libros, paseos triunfales y baños de masas»

F.G.R.: ¿Cómo ve la deriva del género fantástico literario tanto en España como en otros países?

O.M.: Prefiero no pronunciarme al respecto. El panorama es lo bastante amplio (para mí, de hecho, inabarcable) como para cuidarse bien de generalizar. En España sigo con mucha atención el trabajo de colegas como Alberto López Aroca y Alberto Ávila, y proyectos como El Transbordador y Barsoom. En el mundo anglosajón, PS Publishing hace una labor encomiable, y de su catálogo salió Wylding Hall de Elizabeth Hand (Editorial Berenice), una novela que adoro y que disfruté mucho traduciendo.

F.G.R.: ¿En qué anda metido ahora?

O.M.: Trabajo en una antología de M. R. James, pero no centrada en su conocida labor como escritor de cuentos de fantasmas (en realidad, un entretenimiento para él), sino como estudioso de la literatura bíblica apócrifa —de la que surgen los demonios de sus relatos— y buscador de libros semimíticos como el Libro de Og el gigante. Todo es material raro procedente de mi colección jamesiana, tengo una página en Facebook dedicada a mis tesoros, llamada The M. R. James Collector.

Frank G. Rubio @FranKGRubio

Foto: @maica_rivera

LOcontamos

¿Vivimos una nueva era de la melancolía?

Publicada en

DE LA MELANCOLÍA a la nostalgia, pasando por el desencanto en la cultura occidental hasta alcanzar la gran epidemia del siglo XXI, la depresión. Tras la presentación de Radiografías de la melancolía y la nostalgia (ediciones El Transbordador) en el Museo Interactivo de la Música de Málaga el pasado otoño, José Manuel Bielsa-Gibaja prolonga para Literocio sus reflexiones sobre  «el motor en la sombra de innumerables fenómenos sociales, culturales e incluso políticos en nuestro mundo, desde la moda vintage, hasta la estética hípster, pasando por el estallido multitudinario del selfi, las corrientes tecnopesimistas y escépticas ante el progreso o aspectos de la alimentación ecológica y lo ecosostenible, además de algunas singulares estrategias de marketing«.

FRANK G. RUBIO: ‘Radiografías de la melancolía y la nostalgia’ es un ensayo muy estimulante sobre los estados de ánimo, en concreto el presidido por Saturno: Cronos artero. ¿Lo ha escrito como poeta?

JOSÉ MANUEL BIELSA-GIBAJA: No sé si soy un poeta que escribe ensayos o un ensayista que escribe poemas, en cualquier caso eso no me parece importante. Ya me colocará cada uno donde le parezca. La poesía tiene una ventaja: te permite acertar, de una manera muy sintética, con claves que la realidad nos ofrece aquí y allá de una manera anárquica complicando nuestra interpretación de las cosas, muchas veces más sencillas que todo eso. No descarto haber caído en la tentación de escribir el ensayo como poeta, de hecho la melancolía y la nostalgia son motores de lo poético de primerísimo orden, razón por la que en algún momento he dejado que el ensayo se deslice en esa dirección, pero creo que más bien he buscado conscientemente servirme de las herramientas con las que lo poético facilita el desvelamiento. Por lo demás, creo que una buena metáfora no sólo puede ser tan descriptiva como un teorema a muchos niveles, sino que además propicia una cognición más inmediata. Lo hace todo más fácil y en ese sentido es más amable. Las ciencias formales siempre me han parecido un poco antipáticas y, ahora que el discurso científico parece ir adquiriendo cierto tono gerencial, todavía más.

F.G.R.: Melancolía, nostalgia y depresión… ¿para un mismo Hombre?

J.M.B.G.: Sí y no. La condición humana es la que es desde los tiempos de Altamira, por decir algo. Lo que cambia es todo lo que la reviste. Lo cultural, que es producto de un devenir histórico. Al vacío que el hombre sospecha al fondo de todas sus empresas, a sus anhelos de permanencia, a su temor a la muerte, a su vértigo ante la contemplación de la fugacidad del tiempo, se le han puesto muchos nombres que en cada época han hecho referencia a diferentes cosas. Si bien todas venían a gravitar en torno a lo mismo, lo hacían con diferentes intensidades y eran interpretadas de maneras distintas. En el caso de la melancolía, llama la atención que durante siglos fue un cajón de sastre en el que cabía prácticamente todo, incluido el monstruo, por lo que tiene de inaprehensible. Eso empieza a terminarse en el XVIII con el invento de la nostalgia, un modo de estar triste que tiene un tono gentil e instaura una especie de mística amable del perdedor que yo encuentro muy dieciochesca. La depresión, como fenómeno masivo, es un fantasma sintomático muy de las sociedades industriales y deshumanizadas que vinieron después. De las tres, es la que tiene peor cara.

F.G.R.: Entre “el desencanto” de la película sobre los Panero, con la que inflamos el bote de goma del imaginario de la Transición, y el del “sabio de los Sakias”, hay un abismo…

J.M.B.G.: Está claro. No todo desenmascaramiento conduce inmediatamente a la iluminación, primero hay que atravesar un valle de las sombras, que es lo que verdaderamente retrata esa película.

Respecto a la Transición, quienes la protagonizaron no tuvieron margen para ir más lejos e hicieron lo que buenamente pudieron, de lo que se deduce que, por más que el relato oficial se empeñe, no hay épica posible.

Hubo mucha transacción, mucho trabajo de oficina, lo cual está bien porque parece que a los españoles la épica nos confunde y acabamos como el Rosario de la Aurora, por eso es interesante que la democracia en España, todo lo mejorable que se quiera y más, sea siempre una cosa desapasionada y como funcionarial que mantenga dormidos a nuestros demonios.

Vista con la perspectiva que da pertenecer a una generación que vino después, da la sensación de que en la Transición hubo muchas renuncias y muchos miedos que parecen comprensibles. No hay necesidad de ser desagradable con las personas que hicieron aquel esfuerzo por entenderse sobre la base de unos mínimos. La verdad sobre la Transición es que la diseñaron y dirigieron los tecnócratas católicos del tardofranquismo y que su desarrollo estuvo controlado muy de cerca por el Ejército, que no estuvo por la labor, dio algún susto y la hizo siempre a regañadientes. Por lo que respecta al relato, muchas veces se hizo de la necesidad, virtud. Sobre todo por parte de las izquierdas que eran conscientes de que, o eso, o nada.

No obstante, hay episodios que no se han explicado debidamente: No creo que nadie con dos dedos de frente piense hoy que las Cortes franquistas se hicieron el harakiri gratis total. En fin, teniendo en cuenta la política que viene,  la vamos a echar de menos, quién lo diría. Sospecho que pronto va a haber mucho nostálgico de la Transición.

F.G.R.: España es diferente, nuestro Siglo de Oro, ¿fue un siglo de plomo?

J.M.B.G.: En absoluto. Yo prefiero la España del Renacimiento, a la que le encuentro cierto encanto y que me parece más dinámica, más moderna y hasta más feliz, dicho con todas las salvedades, que la de la Contrarreforma que vino después, en ocasiones de un tono sombrío y regresivo, pero eso es una cuestión de gustos y el gigantismo del imperio tiene mucho tirón, ya se sabe: Mula grande, ande o no ande. Como verás, no somos tan diferentes de nuestros vecinos. Lo de la diferencia es otro tópico más de los muchos que sobre nosotros hemos asumido. Funciona porque nos produce la sensación de que explica cosas cuando en realidad no explica nada. Hoy, en política, está de moda hacer apelaciones al sentido común y pasa algo parecido: En un discurso sin mayores enunciaciones, virtualmente vacío, cabe todo y en consecuencia, es el recurso capaz de justificar cualquier cosa. ¿Quién va a ir en contra del sentido común? Hombre, por Dios.

F.G.R.: De Hipócrates a Avicena, pero no el eléboro, hasta las “neuronecias”; las consideraciones médicas o terapéuticas. Se percibe poco diván psicoanalítico…

J.M.B.G.: Eso es porque no he tenido la menor pretensión psicoanalítica. Me alegra que lo haya visto. Me he puesto en el lugar del lector y he huido del lenguaje psicoanalítico de un modo premeditado. Primero porque mi intención ha sido acercarme a la melancolía y la nostalgia sobre todo como fenómenos socio-históricos o culturales, y segundo porque mi ensayo pretende ser claro, sencillo y directo, donde la literatura del psicoanálisis, por más lucidez que contenga, no la negaré, es abstrusa muchas veces hasta límites inimaginables, dicho con toda la humildad. Quizá el problema soy yo, que como lector, tengo mis límites. Con todo, sospecho que el psicoanálisis, aunque bien pudiera no parecerlo, también los tiene. Por eso se enrisca en cosas incomprensibles a veces, para disimularlos.

«Durante siglos, la melancolía fue un cajón de sastre en el que cabía prácticamente todo, incluido el monstruo. Eso empieza a terminarse en el XVIII con el invento de la nostalgia, un modo de estar triste que tiene un tono gentil e instaura una mística amable del perdedor muy dieciochesca. La depresión, como fenómeno masivo, es un fantasma sintomático muy de las sociedades industriales y deshumanizadas que vinieron después. De las tres, es la que tiene peor cara»

F.G.R.: ¿En qué cree que difieren momentos históricos tan separados del tiempo, y, sin embargo, tan conectados? Como la crisis de civilización que dio origen a la llamada Era Axial, hace más de 2500 años, con el advenimiento de la crisis que experimentamos en las últimas décadas dependiente en gran medida de “la apercepción planetaria” y el acceso de las IA a la toma de decisiones…

J.M.B.G.: El software de la tribu es otro. Los 2.500 años de los que habla nos han dado tiempo para aprender a manejarnos con nuestras viejas aplicaciones en forma de herramientas para la supervivencia. A controlar sus alcances y a ser conscientes de ellos. El problema que tenemos con las nuevas es que, más bien, nos controlan ellas a nosotros y que producen unos efectos menos obvios, más sutiles, que no siempre son fáciles de percibir. Además, nuestros interlocutores adquieren un tono cada vez más difuso. No sabemos exactamente quienes son, donde están, ni qué lenguaje sirve con ellos. Pienso en el contestador automático que salta cuando llamas a tu proveedor de telefonía móvil para hacer una reclamación, o en el banco que gestiona la ridiculez de tu economía. La metáfora es que ni los dioses más esquivos de la antigüedad tuvieron jamás un corazón tan ultracongelado como el de un cajero automático. Sin enredarnos en la maraña de los resultados (que decía René Char) lo cierto es que antes, para conseguir que lloviera y salvar la cosecha se podía sacar a un santo en procesión. Eso no se puede hacer con una fórmula matemática. ¿Cómo se propicia el favor de los algoritmos? Algún sumo sacerdote de esas cosas habrá que lo sepa en el Valle del Silicio, pero a lo que voy es a que nuestras deidades del pasado eran más humanas. Eso no quiere decir que fueran menos crueles pero, desde luego, nos eran más próximas. Por lo pronto, hablaban el mismo idioma que nosotros. Cada vez hay más gente que parece rechazar los fenómenos de la religiosidad popular, y lo entiendo. Yo siento simpatía por los dioses antiguos. No puedo evitar acercarme a ellos con ternura. Me producen cierta melancolía, ya que estamos.

F.G.R.: Interesantes las ideas que destaca de Ficino, quien veía en la melancolía un componente positivo de matiz, podríamos decir, “heroico” mientras Teresa de Ávila la detestaba y trataba de disociarla del misticismo. Aquí hay un choque de imaginarios del que dio cuenta Culianu en su Eros y Renacimiento

J.M.B.G.: El problema es que la visión que la Iglesia tuvo de la melancolía vino muy mediatizada por la doctrina. Hubo un choque, sí, pero fue relativo. Yo diría que incluso algo calculado y que terminó en tablas. De hecho, la iconografía de la divinidad acabó asumiendo ciertos rasgos melancólicos, y, si bien se ocupó de conjurar todos los riesgos que veía, una vez entendió que lo había hecho, no tuvo ningún rubor a la hora de producir cierta imaginería casi como una estrategia de comunicación acorde con los tiempos que corrían que fuera capaz de acercar el producto (la deidad) a sus clientes potenciales (los creyentes). El problema que tuvo la Iglesia con la melancolía tuvo que ver, sobre todo, con su carácter ambivalente. El melancólico tanto podía ser un brujo, como un santo. En esa tesitura la Iglesia obró con mucho recelo. No es extraño que melancólicos como San Juan de la Cruz o fray Luis de León pasaran largas temporadas encerrados, si bien para explicar plenamente sus encarcelamientos hay que pensar en ciertas inquinas personales más relacionadas con la construcción de la ortodoxia y los equilibrios de poder dentro de la propia Iglesia Católica española de la época, que con la experiencia religiosa rigurosamente hablando. Con todo, el estamento siempre fue muy refractario a formas de religiosidad tan estrictamente personales como las que se derivaban de la mística o de ciertos ascetismos, e hizo todo lo que pudo para mediatizar el culto, por decirlo de alguna manera. Para controlarlo. Por más que pueda parecer un lugar común, en la comunicación del hombre con el dios católico, apostólico y romano, la Iglesia tuvo el monopolio del cableado. No lo soltó jamás.

F.G.R.: La incorporación del “baño del demonio”, como la calificaba a Robert Burton, a la cultura moderna parece que sufre en la actualidad profundas modificaciones. ¿Hacia una medicalización generalizada de las pasiones y los sentimientos? ¿En qué quedarán las nostalgias, cuando los nanobots swingeen en nuestra sangre?

J.M.B.G.: Más que ir hacia una sociedad medicalizada, vamos hacia una sociedad medicamentosa: Hipermedicada. Ya estamos ahí. En esa medida, la melancolía adquirirá con el tiempo el tono del síndrome de abstinencia que tiene lugar una vez se retira el principio adictivo al paciente o al yonqui, que son cara y cruz del mismo individuo. Ese matiz, ese “mono”, no le es extraño a la melancolía y, de hecho, está presente en la fenomenología del desamor, a la que cada vez más se atribuye un origen relacionado con déficits bioquímicos de feromonas y glucocorticoides. Sospecho que cada vez habrá más miradas melancólicas contemplando eso que llamamos el progreso. Especialmente si sigue en la línea que se ha trazado, consistente en tirar cada vez a más gente a la basura. Podemos pensar en la aparición de una industria que se vertebrará en torno a las sensaciones de soledad y de fracaso. No sólo a base de pastillas (o de los nanobots de los que habla) sino también mediante la aparición de aplicaciones y dispositivos que las mitiguen. No sólo hablo de muñecas (o de muñecos) robóticos con los que podamos compartir una nueva variedad de intimidad sexual que, por otra parte, ya están en el mercado, sino de experiencias de vida virtual, del estilo de Second Life que, en la medida de lo posible, nos rediman de todas nuestras frustraciones. Un segmento de negocio que vaya en una línea similar a la de los videojuegos que, cada vez más violentos, explotan ya, y con no poca habilidad, nuestras necesidades de transgresión y de venganza. Por lo que respecta a la nostalgia, si es básicamente la añoranza de un marco de referencia extinto, cabe pensar que con los avances en materia de realidad virtual y computación afectiva, quizá en algún momento del futuro será posible reencontrarse con nuestros seres queridos (los que se fueron), o al menos charlar un rato con ellos en el río aquel en que íbamos a pasar los veranos de nuestra adolescencia, por poner un ejemplo de escenario entrañable de la memoria. En esa tesitura, se puede pensar que la muerte parecerá más relativa de lo que es hoy y que nuestras nostalgias adquirirán un tono…¿Cómo diría?… Solaris.

«Cada vez habrá más miradas melancólicas contemplando eso que llamamos el progreso. Especialmente si sigue en la línea que se ha trazado, consistente en tirar cada vez a más gente a la basura. Podemos pensar en la aparición de una industria que se vertebrará en torno a las sensaciones de soledad y de fracaso. No sólo a base de pastillas sino también mediante la aparición de aplicaciones y dispositivos que las mitiguen. No sólo hablo de muñecos robóticos con los que podamos compartir una nueva variedad de intimidad sexual que ya están en el mercado sino de experiencias de vida virtual, del estilo de Second Life, que nos rediman de todas nuestras frustraciones»

F.G.R.: La crisis de la conciencia europea no afecta a los chinos, que parecen haber recogido la antorcha faústica, que diría Spengler, de los occidentales… ¿Como se deprimirán los futuros selenitas de ojos oblicuos?

J.M.B.G.: No me lo imagino, pero sospecho que la luna vista desde su superficie pierde toda la magia que le concede la poesía. Es lo que nos pasa cuando nos aproximamos al objeto del deseo. Una vez cumplido, su encanto retrocede al mismo ritmo al que genera en su entorno un nuevo vacío con su aura de melancolía correspondiente. En cualquier caso, la luna, así a bote pronto, como lugar de residencia me parece un poco deprimente. No hay una triste taberna en que tomar contacto con el paisanaje.

F.G.R.: Habla de la influencia del fiasco de la Revolución Francesa, curiosamente precedida y en gran medida conformada por un Gran Miedo, como motor del hundimiento de una generación de europeos en la melancolía. Sin embargo no menciona el fiasco del socialismo real que en Rusia se vivió en sus inicios como reedición de la Revolución.

J.M.B.G.: La izquierda europea es más o menos consciente de la brutalidad y los atropellos que encubrió el socialismo real, otra cosa es que lo diga en público. La cuestión, más allá, es que su desaparición desactivó la amenaza que pendía sobre el capitalismo, que ahora no tiene rival y hace y deshace totalmente fuera de control sin oposición real y casi ni aparente. Quizá la izquierda eche algo de menos el carácter disuasorio que la Unión Soviética tuvo sobre el imaginario capitalista y sienta nostalgia secretamente de esa polaridad que se ha roto, más que del régimen en sí, aunque de todo hay. En cualquier caso, eso sería paradójico ya que las izquierdas clásicas siempre son nostálgicas de una revolución, eternamente pendiente, mientras que las derechas, lo son de un régimen, entendido como un estado de cosas, de un statu quo anterior que merece la pena recuperarse. Esa es otra de las razones por las que me cuesta mucho creerme lo del “nacionalismo de izquierda”, que me parece un oxímoron, un rollo infumable de obrero acomodado del primer mundo, que no resiste un análisis de fondo.

Por lo que respecta al caso ruso, no deja de ser muy singular porque el régimen de Putin, a pesar de haber crecido sobre las cenizas del mundo soviético y de negarlo sobre la base de los hechos cada dos por tres, explota la nostalgia de lo soviético a través de sus escenificaciones y mucha de su parafernalia en su propio beneficio. Sobre todo en términos de discurso patriotero y en materia de política exterior, reeditando modos de hacer propios de la Guerra Fría. Por lo demás, los ciudadanos postsoviéticos que conozco no parecen sentir nostalgia del régimen salvo en lo que respecta sobre todo a seguridad y servicios públicos, porque creen que funcionaban bastante mejor entonces. Con todo, siempre que hablamos del tema acabo con la sensación de que ni al ciudadano que de repente amaneció soviético una mañana de noviembre del 1917, ni al que vino después del derrumbamiento del régimen setenta y tantos años después, se le dio la oportunidad ni el tiempo para ser melancólico. Tenía que ocuparse de cosas más importantes, como sobrevivir, por ejemplo.

«Por lo que respecta a la nostalgia, si es básicamente la añoranza de un marco de referencia extinto, cabe pensar que con los avances en materia de realidad virtual y computación afectiva, quizá en algún momento del futuro será posible reencontrarse con nuestros seres queridos (los que se fueron), o al menos charlar un rato con ellos en el río aquel en que íbamos a pasar los veranos de nuestra adolescencia, por poner un ejemplo de escenario entrañable de la memoria. Se puede pensar que la muerte parecerá más relativa de lo que es hoy y que nuestras nostalgias adquirirán un tono… ¿Cómo diría?… Solaris»

F.G.R.: Hombres lobos, “hombres huecos” y Nueva Mujer… El sueño de la Razón produce selfis.

J.M.B.G.: Entre otras cosas. El selfi, desde luego, es la creación hiperreal más acabada, su enésima consagración y, a la espera de lo próximo, constituye su más notable ascenso a los cielos. Sin embargo, es un monstruo. Básicamente, porque acaba devorando a su protagonista por la vía de la sobreexposición. Porque el individuo que aparece en la foto acaba por ser más importante que él mismo que, paradójicamente desaparece transformado en su reflejo, objeto de una campaña de imagen que gira en torno a él. El yo real queda eclipsado por el yo virtual. Esta y otras tonterías de la transmodernidad que hasta ahora tenían el simpático encanto de lo novedoso han empezado a mostrarnos que pueden ser una cosa muy seria. Hay gente que se suicida si fracasa en las redes sociales y se autoelimina, como si fuera un producto defectuoso que no se vende. Parafraseando a Ortega y Gasset, si el hombre de principios del siglo XX era él y sus circunstancias, el de principios del XXI, a bordo del selfie, es él y sus simulacros.

El selfi proyecta una imagen paradójica de cada cual que viene condicionada por la influencia que sobre nuestros registros comunicativos tiene el lenguaje de los mass media. Igual que ellos, más que comunicarnos, hacemos comunicación, que es una cosa muy diferente. Nos hacemos propaganda, aunque paradójicamente, el auditorio es lo de menos, ya que a lo que realmente aspiramos es a acreditar una narrativa determinada acerca de nosotros mismos. Resumiendo, es el autohechizo, lo que se busca. El problema, alguno tenía que tener, es que ahora que todos nos dedicamos al marketing en comunicación, no ignoramos que nuestro prestigio ya sólo se mide por el grado de atención, por el número de adhesiones que somos capaces de suscitar, por nuestra capacidad de seducir a otros con nuestras pócimas cognitivas en las redes a base de likes. En el terreno de la publicidad del “yo”, por extensión, del “nosotros”, como si fuera un concurso de lanzamiento de huesos de aceituna, el que gana es el que escupe más lejos. El individuo que aparece retratado en el selfi, como tal, no sólo es secundario, sino que también es, virtualmente, un recurso, un consumible y, en consecuencia, puede ser modificado y, como se ha dicho, hasta eliminado si no da el resultado que se esperaba. Quizá melancólicamente esté en otra parte. En lo que no se cuenta. En lo que no aparece. En la frustración de sus tentativas y en la melancolía que las seguirá. Alguien dijo que necesitamos la ficción para poder explicar la realidad y quizá sea bien cierto. El problema en el mundo de la posverdad en que vivimos es que hemos acabado por confundir una con otra, al fenómeno, con la teoría que lo explica. A la encuesta poblacional, con los habitantes, al mapa con el territorio. La representación ha devenido más importante que lo representado. En esas circunstancias, nuestros presentes se convierten en rehenes y en víctimas de esa construcción tanto individual como colectiva. El reino de la posverdad no está edificado únicamente a base de noticias falsas puras y duras. Es mucho más diverso y poliédrico. Un auténtico Freak Show. Ando escribiendo sobre ello.

«El individuo que aparece retratado en el selfi es un recurso, un consumible y, en consecuencia, puede ser modificado y asta eliminado si no da el resultado que se esperaba. Quizá melancólicamente esté en otra parte. En lo que no se cuenta. En lo que no aparece. En la frustración de sus tentativas y en la melancolía que las seguirá. Alguien dijo que necesitamos la ficción para poder explicar la realidad y quizá sea bien cierto. El problema en el mundo de la posverdad en que vivimos es que hemos acabado por confundir una con otra, al fenómeno, con la teoría que lo explica»

F.G.R.: La tecnología y la percepción del tiempo. De la torre y sus relojes a la “academia del espanto: la ubicuidad en red”…

J.M.B.G.: El tiempo es una cosa tan subjetiva que si no hubiera relojes, su transcurrir sería distinto para cada uno de nosotros y quedar con un amigo dentro de media hora se convertiría poco menos que en un imposible metafísico. Personalmente, me llama mucho la atención que gente tan inteligente como los físicos cuánticos se plantee (al menos a nivel teórico) si transcurría el tiempo antes de que se inventaran los relojes y cómo lo hacía exactamente. Si era lineal o fluctuante. Si una hora duraba lo mismo en el Precámbrico que en el Cretáceo. No tengo la menor idea. Lo que sí creo es que el estallido global de la nostalgia sería impensable sin la revolución de las dimensiones que tuvo lugar al principio de la Modernidad y tiene mucho que ver con el ensanchamiento del mundo, por un lado, y por otro con una especie de objetivación de la experiencia temporal, que pasó a tener un valor determinado, público, a pesar de que hasta entonces había sido una cosa más o menos íntima, privada. La aparición de lo virtual ha hecho que vivamos un momento en cierto modo parecido a aquel. Nuestra relación con las nuevas tecnologías (desde ese punto de vista neomoderno) probablemente ya ha tenido consecuencias sobre nuestra noción de espacio-tiempo, distorsionando el conjunto, comprimiendo la primera parte del binomio y acelerando la segunda.

«El estallido global de la nostalgia sería impensable sin la revolución de las dimensiones que tuvo lugar al principio de la Modernidad y tiene mucho que ver con el ensanchamiento del mundo y con una especie de objetivación de la experiencia temporal, que pasó a tener un valor determinado, público, a pesar de que hasta entonces había sido una cosa más o menos íntima. La aparición de lo virtual ha hecho que vivamos un momento en cierto modo parecido a aquel»

El ciberespacio ha supuesto una nueva revolución de las dimensiones y ha permitido que nuestro yo sea capaz de cierta ubicuidad, como bien dice, para superarlos y colocarse al margen de esas coordenadas, de esos marcadores de la existencia, a través de nuestro yo virtual, que opera en nuevos planos experienciales, de nuevos modos. Es evidente que esto ha roto con nuestra idea tradicional de identidad, que ahora se proyecta en muchas otras direcciones, a nuevos niveles y genera luces y zonas de sombra para las que no estamos todavía preparados. Tendremos que estar atentos, apenas estamos empezando a conocer las primeras consecuencias que eso tiene y que vamos a ver pronto un incidente crítico que va a cambiar ya del todo, de manera quizá irreversible, nuestra forma de ver el mundo, de narrarlo y, sobre todo, de estar en él. Con todo, tiene gracia tanto debate acerca de la identidad, especialmente teniendo en cuenta que la gente va abandonando trazas de ella en Internet todos los días, en forma de metadatos, como si tal cosa.

Frank G. Rubio @FranKGRubio

Foto: @maica_rivera

On the road

Literocio arranca motores

Publicada en

Veinte años no son nada. A toda una generación nos lo canta un coro de tragedia griega que nos acompaña desde que tenemos memoria profesional. Somos una generación perdida en España, los que desde algún punto de los noventa y entrado el nuevo milenio venimos peleando profesionalmente por la cultura en este país. Somos el relevo generacional que no se está produciendo, no por falta de voluntades, que las hay y las conocemos, ni de voces o buena mano de obra en los aledaños, que proliferan, ni por falta de espíritu, que damos fe de que es incombustible el ánimo del personal, sino por una carencia de recursos agravada por una mala gestión desde esferas a las que no alcanzamos y, sobre todo, por la lacra de unas bases educativas empobrecidas con unas Humanidades en retroceso.

De todo esto damos testimonio en primera persona. De ahí venimos, ahí seguimos y por eso emprendemos esta nueva aventura profesional. Para seguir luchándolo, para continuar construyendo puentes hacia el universo del libro después de que los últimos tres años hayan sido para nosotros clave de aprendizaje sobre el terreno. El equipo de Literocio llega curtido en el barro. Cámara en ristre y libreta en mano, nos hemos dado cuenta de que lo fácil es echarle la culpa de todas las calamidades al desafío digital mientras que, según nuestra experiencia, de lo que no existe tanta conciencia es de que ha emergido en paralelo un suelo fértil, legítimo pero sin colonizar, no necesariamente reñido con lo virtual, al que vincularnos, donde urge empezar a echar raíces, hacer circular savia nueva y crecer al unísono: un territorio físico de interacción humana donde hacer tejido y reconectarnos en lo real. Es en esos puntos de encuentro genuinos entre los distintos agentes del sector, autores, editores, libreros y gestores culturales, entre otros, donde encontramos una piedra angular de evolución sectorial por la que queremos y creemos que debemos apostar. Vamos a trabajar sobre una cultura viva, una cultura en movimiento. Ese es el reto de Literocio. Estar donde de verdad se gesta y se hace la cultura, en el corazón de la creación y el diálogo, y participar activamente de ello. Festivales, coloquios, presentaciones, congresos y ferias del libro a pie de caseta. Iremos, estaremos y aportaremos nuestro granito de arena. De ahí volveremos para contarlo. Es la nuestra una apuesta por la calidad informativa, la cobertura profesional del hecho cultural y el papel como soporte ideal para la crónica sin renunciar en ningún momento a divertirnos por el camino, en la carretera. Hoy, 1 de marzo de 2018, tenemos muy claros los objetivos, por qué y por quiénes nace Literocio. Ejerceremos de embajadores de la cultura, daremos notoriedad y visibilidad a proyectos escogidos, nos esforzaremos por crear una comunidad de afines y animaremos todas las fiestas posibles en honor del libro desde nuestro ámbito de la gestión, la dinamización, el asesoramiento y la comunicación.

Veinte años no son nada. Cierto. No lo son cuando miramos hacia adelante y nos proyectamos, con el viento a favor, como colaboradores en la construcción de una auténtica cultura humanista que merece el ciudadano del siglo XXI. Dice nuestro padrino Charles Baudelaire que «una sucesión de pequeñas voluntades consigue un gran resultado«.

¡Comenzamos! 

Maica Rivera, Directora de Proyectos

@maica_rivera