El actor francés ofrece su mejor interpretación en esta película (estreno 20 de marzo) profundamente intimista sobre un padre que jamás deja de buscar a su hija por la ciudad. Dirigida por Guillaume Senez.
Por Maica Rivera
19 marzo, 2026
El físico de Romain Duris (París, 1974), dureza prístina que traspasa el barniz de la apariencia frágil, acompaña a la interpretación magnética que hace de su papel de Jérôme, un francés de mirada triste y profunda que es puro sentimiento contenido, proyectado sobre un paisaje tokiota lleno de melancolía por el que le vemos deambular. Se trata de un padre, que es un gaijin en Japón, desesperado por encontrar a su hija Lily de la que le han separado. Nueve años después de romper con la madre de la niña, hace girar toda su vida en torno a este hecho familiar dramático: se ha visto privado de la custodia y del derecho a mantener la relación paterno-filial a raíz de una mala relación con su expareja y la familia política japonesa, y desconoce el paradero de todos ellos. Poco a poco, iremos teniendo toda la información y el contexto, los detalles de la situación personal y legal, la suya y la de otros como él, pero, en su caso, arrastrada durante demasiado tiempo, ya que incluso ha decidido dejar aparcada temporalmente su carrera de cocinero profesional para poder dedicarse a tiempo completo a buscar a su hija al volante.
Ulises en Tokio
Una hija en Tokio es un diario íntimo de este chef reconvertido en taxista que cada noche sale a las calles buscando el regreso, como Ulises, a lo que queda, o más bien a quien queda para él, de ese hogar que ya no existe, porque está destruido, y del que apenas queda una habitación infantil desierta.
Jay es desarraigo pero, sobre todo, es puro estoicismo, la resiliencia firme y serena. Cuando esté a punto de rendirse para regresar a su Francia natal, por azar, al límite de la maravilla, ocurrirá la casualidad de que Lily subirá a su taxi. Se le abrirá entonces, de repente, todo un mundo de esperanzas, volátiles, eso sí, ya que se convertirá eventualmente en el chófer de su hija mientras que ella es una preadolescente que no le recuerda.
“No me enamoré primero de Japón, sino de una historia que tenía lugar allí. Durante un viaje con Romain Duris conocimos a padres que, tras separarse, no podían volver a ver a sus hijos. Esas historias me conmovieron y dieron origen a la película. Quise hablar de un extranjero enfrentado a otra cultura y a su propia soledad. No busco explicar ni juzgar, sino provocar una emoción. Si el espectador se conmueve, el film ya habrá cumplido su sentido”, explica Guillaume Senez. El filme, que tuvo su estreno mundial en el Festival de Toronto y posteriormente formó parte de la Sección Oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla, está inspirado en esos testimonios reales recogidos por el propio director, Guillaume Senez.
Lo extraño, lo azul, lo contemplativo
Destaca del filme la silenciosa belleza atmosférica, de matices azules sumamente envolventes y casi metafísicos. Del espíritu nipón toma el tono contemplativo, cierto minimalismo en la desnudez de su narrativa. Sobre todo, hay un deleite en las poéticas urbanas, cuya intensidad a veces nos hace recordar las sensaciones de extrañamiento y soledades compartidas que una vez vivimos con las alma perdidas de Lost in translation de Sofia Coppola y que pensamos que jamás podríamos volver a recuperar.
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