Es exactamente la adaptación cinematográfica que estábamos esperando para dar el pistoletazo de salida al centenario de Richard Matheson y celebrar el 70 aniversario de la novela, clásico de la ciencia ficción (solo queda que el mundo editorial esté a la altura y deje de encontrarse descatalogada).
Por Maica Rivera.
16 enero, 2026
Pocos acontecimientos podríamos celebrar con mayor alborozo este invierno: el cineasta holandés Jan Kounen hace suyo el espíritu de Matheson para nuestro tiempo, con sensibilidad, inteligencia y mesura. Toma la novela de culto homónima con respeto, la ajusta a un metraje bien medido, le sabe imprimir la gravedad adecuada desde la primera secuencia y desarrolla actualizado su potencial dramático sin ninguna estridencia. Consigue lo impensable, que no echemos de menos la adaptación de Jack Arnold de los años 50, es decir, que la cinta se ha ganado su lugar propio. Otro puntal es el actor Jean Dujardin, que defiende una interpretación de alta intensidad y fuerzas contenidas, y dota al protagonista de todo el peso existencial del filme que sabe canalizar en miradas cargadas de significados. Asume de principio a fin este papel introspectivo de Paul, dueño de una empresa de construcción naval que, durante uno de sus habituales baños en el mar, es testigo de un extraño suceso meteorológico, y, a partir de ahí, empieza a encoger sin explicación científica posible.
Simplificar para ganar
Respecto a la novela, es buena la simplificación que el filme acomete, con estrategias como condensar la acción en un paisaje agreste y aislado del que no se saldrá: desde el principio, el viaje es desde dentro hacia adentro, sin tregua, con la naturaleza silvestre de fondo. Es decir, se eliminan ese otro tipo de amenazas externas, por llamarlas de algún modo, que sí están presentes en el libro, como la prensa sensacionalista o los delincuentes juveniles de barrio: todas llegarán exclusivamente del entorno más cercano, íntimo, (incluido el gato, claro), devenido en hostil a medida que Paul va disminuyendo su tamaño. Sí que se toma muy bien el concepto de cuenta atrás explícita, calibrada en centímetros de altura. Si bien en la novela, este es un recurso que marca los flashbacks y, con ellos, los saltos constantes entre la aventura de supervivencia y el relato de los conflictos familiares, derivados de la anomalía; mientras que en la película, la cuenta atrás funciona de válvula de presión sobre una sola línea temporal, hacia adelante, y al drama familiar le sucede naturalmente el cine de aventuras sin apenas tocarse. Otra diferencia es que el personaje de Paul sostiene un perfil ejemplar que no contempla el libro (donde responde al nombre de Scott Carey). Tal vez como consecuencia de ello, el proceso de la pérdida de identidad como marido y como padre en la película carece del carácter convulso que reviste en la novela, y domina el estupor, la tristeza y la angustia vital en líneas esenciales.
A grandes rasgos, se agradece muchísimo el minimalismo. La amenaza de la araña, tan esperada por los lectores (y también por los fans del clásico de Arnold), está muy bien llevada. No se trata de un acecho tan constante ni omnipresente, pero su intervención para darnos una buena dosis de cine de terror es absolutamente decente y satisfactoria. Las reflexiones sobre lo monstruoso resultan estimulantes, más allá del relativismo, y se suman a las más importantes, las metafísicas, que trufan directa o indirectamente la historia, los diálogos y también los silencios. La belleza, sencilla y, a la vez, simbólica, de la interacción con el pez del sótano, merece mención aparte.
Se mantiene fresco de Matheson el relato darwinista, es lo que cuenta. También la apertura final a la esperanza contra todo pronóstico. Todo sería perfecto si, para acompañar la experiencia en la sala de cine, hubiera sucedido el correspondiente lanzamiento editorial para la ocasión y no tuviéramos que desempolvar el libro publicado por La Factoría de Ideas, de título El increíble menguante, que cumple la friolera de veinte años.
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