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LLUEVE. Nada extraño en una ciudad en la que el sol solamente brilla 70 días al año. Pero no logro acostumbrarme. La melancolía me invade. Necesito un compañero que me alivie esa sensación de añoranza y me ayude a sumergirme en un mundo que me acerque a lo míos. Voy a mi biblioteca.

Repaso los tomos allí colocados sin ningún orden establecido. De repente siento un pequeño sobresalto. Entre estante y estante no encuentro lo que busco. La melancolía muta en inquietud. ¿Dónde podré encontrar, en esta ciudad extranjera, uno de los últimos lanzamientos editoriales en mi lengua materna? Pienso que no soy el primer expatriado que se topa con esta situación. Me lo tomo como una tarea sencilla, una simple anécdota en mi vida de emigrante. En una ciudad como París no me costará mucho encontrar un ejemplar en una lengua tan universal como el español, hablada por más de 450 millones de personas. Tiro de algunas direcciones de librerías especializadas en español de mi época de estudiante y me lanzo a la calle, paraguas en mano.

«¿Dónde podré encontrar uno de los últimos lanzamientos editoriales en mi lengua materna? Pienso que no soy el primer expatriado que se topa con esta situación y que no debería costarme mucho con una lengua tan universal en esta gran ciudad cultural y lectora pero lo cierto es que París está perdiendo también librerías emblemáticas»

Me dirijo a la calle Santeuil, en el quinto arrondissement parisino, barrio de artistas, de escritores y, sobre todo, de universitarios. Al llegar allí me encuentro con algo que no esperaba: unas vitrinas empapeladas y un cartel de cerrado. ¿La habrán cambiado de sitio? Durante un corto periodo de tiempo, apenas algunos segundos, me quedo inmóvil delante de la puerta. Cualquier transeúnte, si se hubiera fijado, habría visto la decepción en mis ojos. Enfrente de mí, en la puerta de la Universidad, veo a un grupo de chavales fumando. Deben de ser universitarios. Me acerco a ellos. Necesito información. Una de las chicas, Maeva, me pone al día. “Cerraron definitivamente la librería Palpimpseste este verano”, me dice. “Hasta hicieron una campaña de crowdfunding en redes, pero no la pudieron salvar. Es una pena, allí encontrabas de todo”, apunta su compañero. Colgado en la puerta, un cartel testimoniaba este cierre forzoso: “Última librería universitaria independiente”. París también pierde sus librerías más emblemáticas. La melancolía vuelve a invadirme sin poder evitarlo.

No está todo perdido. Intento animarme. En pleno Barrio Latino, uno de los barrios más culturales de la ciudad, no será difícil encontrar una librería donde vendan libros en español. Primera parada: rue des écoles. Nada más entrar en la librería Compagnie, en un lugar privilegiado, veo un libro de Arturo Pérez Reverte, Falcó. El corazón me da un vuelco. ¿Encontré mi librería? Al acercarme veo que es una edición en francés, algo que me llena de orgullo. Pregunto y me indican la estantería de “Literatura Extranjera”. Me acerco y allí están Pérez Reverte, Víctor del Árbol, Almudena Grandes, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Mendoza que comparten espacio con Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Goytisolo o Carlos Fuentes. Pero todos traducidos a la lengua de Molière. Siento gran satisfacción al comprobar que los lectores franceses pueden descubrir y disfrutar tanto de las novedades literarias como de los clásicos contemporáneos de las letras hispanas.

Sigo caminando por las calles parisinas, explorando pequeñas librerías con un encanto especial, impregnadas de olores a papel, café y tinta. Estanterías repletas de libros donde la literatura en español ocupa un espacio algo residual: un puñado de ejemplares de Cervantes, Lope de Vega y Borges. Lo que parecía una tarea sencilla se convierte en una peregrinación ardua y fatigosa, una búsqueda del Santo Grial. La suerte no está siendo mi aliada, pero todavía me falta jugar una última carta: una gran librería en el Bulevar de Saint Michel. A pesar de que no soy demasiado entusiasta de lo que me gusta denominar como “centros comerciales de libros y cosas”, decidí darle una oportunidad. Así que me dirijo hacia ese edificio de escaleras mecánicas, ya fuese por desesperación o simplemente por curiosidad.

Nada más traspasar la puerta, mi castillo de ideas preconcebidas se derrumba. El interior carece del glamour de otras librerías parisinas, pero desprende un halo decadente de bouquinerie. Me dejo arrastrar hacia las escaleras y subo por las diferentes plantas de esta torre de babel donde libros, de todas formas y tamaños, se apiñan en las estanterías. Siento un pálpito. Ahí están. Centenares de libros de las letras hispanas en versión original. Encontré mi santuario: la librería Gibert Joseph.

Satisfecho con mi hallazgo, vuelvo a sumergirme en las calles parisinas. En el camino de regreso, una idea no deja de dar vueltas en mi cabeza. Cómo, en un mundo globalizado, donde creemos que todo está al alcance de nuestras manos, el acceso a la literatura en lengua extranjera resulta algo tan restringido.

Quizá editoriales, distribuidoras y librerías tengan alguna respuesta.

Héctor Luesma- @heztor

Corresponsal en París de @literocio

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