LOmío

Lo que me quede contigo, Madrid

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Por la puerta de Valnadú entro a verte en esta ocasión y, sin demora, bien aprendida la lección, coloco mis dedos sobre la piedra con las cinco huellas del diablo, y, sin la más mínima pericia y con todo el disimulo, escupo como pide la costumbre, no vaya a ser que negar la superstición me traiga mala suerte.

Lo fundamental, en cualquier caso, es que haya pulso, sea cual sea la energía que alimente el corazón. Mientras este se empeñe en su labor, no hay nada que temer. Y esta piedra late.

Separar mis dedos de su desgastada superficie es lo que me incita a comenzar nuestra aventura. Caminar en tu busca es para mí tan manía como costumbre; al igual que insistir en escribir a mano o leer libros de papel. Estos empeños tienen mucho que ver con el tiempo; el que se dosifica en mí. Ese tiempo que pretendo dominar letra a letra, paso a paso. No sé qué me diste la primera vez ni qué esperar de la que pueda ser la última, pero en cada uno de mis pasos las letras inundan, a borbotones, tus arterias. Crepitan en mí los torrentes de palabras, me ahoga la adjetivación excesiva y caprichosa de todo primer amante. Y sigo caminando, como quien escribe porque no puede no hacerlo.

Y desde aquel día, si ya antes te leía, te leí mucho más; y desde aquel día, si ya te escribía… desde entonces, ya te puedes imaginar

Algo tienes, Madrid; algo que se queda prendido en la retina de quien te contempla. Un recuerdo indeleble, permanente, más bien insistente. No es tu belleza, ni tu fealdad. No es tu cielo azul ni el gris de tu pavimento. No es tu frío ni tu calor; ni tu día ni tu noche. Eres el contraste de todo ello cuando juega a la contradicción. Eres a la vez la delicia del cielo y el tormento del infierno; te abres a cuantos te visitan, te ofreces a tantos como te necesitan y te entregas sin reservas a cuantos te aman. Y, sin embargo, a veces puedes resultar tan cruel…

Yo, que ya no estoy para desperdiciar amores, hoy, tengo la intención de perderme del todo contigo, en el espacio y, si es menester, también en el tiempo.

Recuerdo un día de mayo, aunque no puedo precisar el año. Un día de esos en los que tu brillo está por encima de toda lógica, cuando ya San Isidro se adivinaba en el horizonte de tus días. Desde un escaparate, llamaste mi atención, envuelta en un volumen de Mesonero Romanos, cuyo precio no me resistí a preguntar, por más que sabía que jamás sería mío.

Y desde aquel día, si ya antes te leía, te leí mucho más; y desde aquel día, si ya te escribía… desde entonces, ya te puedes imaginar.

Camino por Arenal, donde un librero se funde con los vetustos muros de San Ginés. Me miras a los ojos y te reconozco en todos y cada uno de los trazos y colores de las láminas que jalonan el homónimo pasaje. Junto a ellas, los libros se muestran, dóciles, a quien los abre, los hojea y ojea. Algunos los huelen, incluso, mientras los acarician, libidinosos. Sonrío y pongo rumbo al sol que nunca se pone, a tu Sol, al corazón del que nacen todos los caminos. No puedo dejar de sonreír cuando estoy contigo, por más que a veces mis labios se empeñen en no demostrarlo. Y hay en ti, cosas de la vida, que despiertan mi instinto de escritora insaciable, de amante de las letras que sueña con plasmarte en un lienzo de palabras.

Sin apenas percibir que el tiempo pasa, pues pasear es como leer y escribir, es decir, jugar a dominar el tiempo, he llegado a la calle de Atocha, junto a la iglesia de San Sebastián. Allí no queda nada de lo que Galdós describió de sus puertas plagadas de pedigüeños; unas placas en el atrio nos recuerdan que, a pesar de que la guerra cambiara su exterior, en el interior el tiempo se ha detenido grabado en mármol. Leo, con curiosidad, y trato de memorizar cada nombre con el que siento esa indefinible relación de compartir el oficio de las letras. De entre los bautizados allí encuentro a Tirso de Molina y Fernández de Moratín; de los que celebraron su matrimonio, cómo no, me asaltan Larra, Zorrilla y Bécquer, aunque también Valle-Inclán y Buero Vallejo; finalmente, en las defunciones, Cervantes, Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Espronceda y Benavente. Cuando salgo hacia la calle, me prometo que pronto buscaré en ti las huellas de uno de los que allí fueron bautizados, el que acelera mi corazón. Me conozco y no descansaré hasta que no busque su cueva, las huellas de sus hazañas, la leyenda de su persona: Luis Candelas, el bandolero más famoso de Madrid.

Aunque en San Isidro no esté contigo, no creas que te soy infiel, puesto que te buscaré en Santa Ana, a los pies de Calderón o en un suspiro de Lorca

Como desembocando en una dársena, mi camino me lleva a la estación de Atocha. Dos criaturas aladas contemplan la glorieta, encaramadas a la nave central, testigos de muchos intentos y también de muchas rendiciones. Me acodo en la barandilla y, por un momento, veo a un joven con una pequeña maleta. Viene aterido de frío, envuelto en un abrigo. Lleva el pelo muy corto y parece contar unas monedas en el hueco desnudo de su mano. No sé cuál es su destino, ni si tendrá dinero para pasar el día. Parece como si para él, quizás también para mí, fueran las 8:30 de un día de comienzos de diciembre. En una de estas ensoñaciones que a veces me asaltan, el joven se ha desvanecido, no sé qué rumbo ha tomado, sin embargo, no puedo sino desearle que la vida le sea leve, que la tierra lo sea mucho más y, mientras susurro sus versos inundados de escarcha y cebolla, reprimo el impulso de seguirle. Miro a mis pies y olvido quién soy, cuándo estoy; te miro como al paisaje de otro tiempo y te muestras ante mí como mi musa milenaria.

¿Ha salido de mi mente la palabra musa? Se me ha subido el amor a la cabeza y comienzo a desvariar, puesto que, tenerte por musa, es creerme artista, es creerme digna de ti, como una plumilla más en la caterva de hambrientos aspirantes a literatos que soñaron alcanzar tu gloria; un alma más vagando de café en café: la Montaña, el Levante, el Imperial, el Comercial o el del Gato Negro, vecino del Teatro de la Comedia

Te seguiré buscando, puesto que así es amarte. Aunque en San Isidro no esté contigo, no creas que te soy infiel, puesto te buscaré en Santa Ana, a los pies de Calderón o en un suspiro de Lorca. Correré hacia ti, sin aliento, si es menester, para hallarte en una taberna, entre los versos satíricos del caballero de bigote y anteojos; compartiré las desventuras del anciano herido en Lepanto y adivinaré el puzle de estancias de tus casas a la malicia junto al clérigo que es un fénix de plumas maravillosas…

No queda mucho para que los libros tomen el Retiro y se me viene todo el amor de golpe, me falta la respiración, expectante como estoy

Allí hay unos árboles, a lo lejos, quizás al joven del abrigo le ha dado un brote de nostalgia y busca el verdor para seguir susurrando versos. Camino hacia allí. La centenaria cuesta de Moyano me anima con una pequeña chispa de vanidad; en los libros siempre estarán las respuestas mientras sepa hacer las preguntas. En las casetas de rostros grises azulados, bajo sus toldos amarillos, miles de ojos me miran mientras camino y me recuerdan que, eso que busco, dominar el tiempo, es posible leyendo, escribiendo y, ante todo, por tus calles, paseando.

No queda mucho para que los libros tomen el Retiro y se me viene todo el amor de golpe, me falta la respiración, expectante como estoy. De momento, viviré San Isidro, porque da igual lo lejos que esté, que siempre lo vivo contigo. Siempre he opinado que lo tuyo con las letras es un amor que roza el idilio y ahora sé que es así, pues hasta una letra te han dedicado. Una tipografía, bien llamada “Chulapa”, con la que escribirte, ya no a mano (qué le vamos a hacer) todo lo que me quede contigo este siglo XXI.

Anamaría Trillo, periodista y escritora (Amaneció de nuevo Madrid )